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La economía de la intemperie

Publicado el

Por León Rozanski.

«A largo plazo, todos estaremos muertos.»
— John Maynard Keynes

La estabilización de una economía y la estabilización de una sociedad no son necesariamente el mismo fenómeno. Confundirlas constituye uno de los problemas centrales del debate económico argentino actual.

La inflación descendió. El equilibrio fiscal dejó de ser una hipótesis. El sector externo presenta resultados favorables y las reservas comenzaron a recomponerse. En junio la actividad económica creció 2,7 por ciento respecto del año anterior y doce de los quince sectores relevados mostraron variaciones positivas. Negar estos resultados sería intelectualmente tan improductivo como atribuirles consecuencias que todavía no produjeron.

El problema comienza precisamente allí.

Una parte importante del discurso económico oficial ha construido una equivalencia entre estabilización macroeconómica y bienestar social. La primera puede demostrarse mediante indicadores. La segunda exige mirar cómo viven las personas.

Cuando se realiza ese desplazamiento, el paisaje cambia.

La tasa de desocupación alcanzó el 7,8 por ciento durante el primer trimestre de 2026. El consumo masivo cayó 2,6 por ciento interanual en julio y acumula una contracción del 2,9 por ciento durante los primeros siete meses del año. El dato probablemente más significativo aparece, sin embargo, en el sistema financiero: mientras el crédito al sector privado creció en términos reales, la mora de las familias llegó en junio al 12,8 por ciento. Un año antes se encontraba en 5,2.

El crédito crece y también crece la dificultad para pagarlo.

La aparente contradicción desaparece cuando dejamos de observar la economía como una serie de agregados y comenzamos a mirar las unidades que los componen.

Dos economías

Argentina parece estar ingresando en una etapa en la que dos economías pueden coexistir dentro del mismo territorio.

Una de ellas exporta. La minería crece. La energía modifica estructuralmente el balance externo. El complejo agropecuario conserva una enorme capacidad de generación de divisas. Determinados servicios asociados a la economía global encuentran oportunidades de expansión. Durante junio las exportaciones alcanzaron 9.055 millones de dólares y el saldo comercial fue positivo en 2.194 millones.

Esa economía existe.

Existe también otra.

Es la economía del salario, del comercio de proximidad, del supermercado, de la cuota de la tarjeta, del alquiler, de los medicamentos, del pequeño establecimiento productivo y de la familia que descubre que puede acceder al crédito pero comienza a tener dificultades para devolverlo.

El error consiste en pretender que una de ellas invalida a la otra.

La macroeconomía nunca prometió que todos sus indicadores debían moverse simultáneamente. Una economía puede acumular reservas mientras algunos hogares se endeudan. Puede crecer mientras determinadas ramas productivas retroceden. Puede reducir la inflación mientras aumenta el desempleo. Puede alcanzar superávit fiscal mientras disminuye el consumo. Puede incluso mejorar el salario promedio mientras determinados grupos pierden poder adquisitivo.

La política, en cambio, necesita contar una historia.

Y las historias económicas suelen construirse seleccionando indicadores.

El éxito estadístico

La inflación de julio fue del 2,1 por ciento. Después de décadas de inestabilidad y de haber atravesado niveles superiores al 200 por ciento anual, sería difícil exagerar la importancia de semejante transformación. La inflación elevada destruye contratos, dificulta el cálculo económico, penaliza el ahorro y funciona como un mecanismo regresivo de distribución del ingreso.

Reducirla importa.

Pero la reducción de la inflación significa que los precios aumentan más lentamente. No significa que regresen a los niveles anteriores, ni que los ingresos recuperen automáticamente todo el terreno perdido durante el proceso de estabilización.

Esta distinción elemental suele desaparecer del discurso público.

El éxito de una política antiinflacionaria puede medirse mediante la velocidad con la que aumentan los precios. El bienestar de una sociedad exige incorporar salarios, empleo, distribución, consumo, endeudamiento, acceso a servicios y expectativas.

El Fondo Monetario Internacional, difícilmente sospechoso de hostilidad ideológica hacia el programa argentino, ofrece una descripción bastante más prudente que buena parte del discurso doméstico. Reconoce los avances fiscales y monetarios, la reducción de la inflación y la recuperación de reservas. También advierte sobre el incremento de la informalidad, la desaceleración del empleo, el menor dinamismo de los salarios reales y la necesidad de sostener apoyo social durante el proceso de reformas.

Las dos cosas pueden ser ciertas.

Ese es precisamente el punto.

La economía doméstica

Durante años los argentinos desarrollaron una sofisticación financiera cotidiana que resultaría llamativa en sociedades económicamente más estables.

Una persona llega a la caja de un supermercado y saca el teléfono. Comprueba qué tarjeta ofrece descuento, calcula el límite del reintegro, revisa el saldo de una billetera virtual, evalúa si conviene pagar en cuotas y finalmente decide cómo comprar alimentos.

No está realizando arbitraje financiero.

Está comprando comida.

La escena parece banal porque se ha vuelto habitual. Sin embargo, revela una transformación profunda. Millones de personas han debido convertirse en administradores financieros de su propia vida cotidiana.

Aprendieron a calcular tasas, cuotas, promociones, vencimientos y rendimientos. Saben qué día comprar determinados productos, cuándo cargar combustible, cuándo adelantar un consumo y cuándo postergarlo. Una parte creciente de la inteligencia doméstica se encuentra destinada a conseguir que los ingresos atraviesen el mes.

La estabilización monetaria debería comenzar a reducir esa necesidad.

Todavía no parece haberlo conseguido.

La mora de las familias constituye en este sentido un indicador especialmente incómodo. Que el crédito crezca es saludable después de años en los que Argentina tuvo niveles extraordinariamente bajos de intermediación financiera. Que simultáneamente aumenten las dificultades para pagarlo obliga a observar qué función está cumpliendo ese crédito.

No es lo mismo endeudarse para comprar una vivienda que hacerlo para completar gastos corrientes.

No es lo mismo financiar inversión que financiar supervivencia.

Administrar la incertidumbre

Georg Simmel comprendió tempranamente que el dinero modifica mucho más que los intercambios. Introduce una determinada racionalidad en nuestras relaciones con el mundo. Permite comparar, medir, abstraer y calcular.

Argentina llevó esa racionalidad hasta lugares inesperados.

La inestabilidad económica prolongada convirtió el cálculo en una forma de comportamiento social. Quien tiene poco calcula para llegar. Quien consiguió cierta estabilidad calcula para conservarla. El comerciante calcula cuánto podrá vender. El profesional calcula cuánto vale realmente su ingreso. El jubilado calcula medicamentos. La familia calcula la tarjeta.

La clase media calcula todo.

Cuando una sociedad calcula todo comienza lentamente a perder una capacidad fundamental: proyectar.

Planificar significa organizar el presente en función de un futuro imaginado. Administrar contingencias significa organizar el presente para evitar que el próximo acontecimiento destruya lo conseguido.

La diferencia parece pequeña.

Socialmente es enorme.

Después de la inflación

El Gobierno puede exhibir resultados macroeconómicos que merecen ser reconocidos. También deberá enfrentar una dificultad considerablemente más compleja: transformar estabilización en bienestar.

La primera etapa exigía ordenar determinadas variables. La siguiente requiere que ese orden llegue hasta la experiencia cotidiana.

Ahí comienza otra economía.

Una en la que disminuir la inflación ya no alcanza para explicar qué sucede con el ingreso. En la que crecer obliga a preguntarse qué sectores crecen. En la que aumentar el crédito exige saber para qué se utiliza y quién consigue devolverlo. En la que el equilibrio fiscal debe convivir con una discusión acerca de la calidad y distribución del gasto. En la que exportar más no responde por sí mismo qué ocurre con el mercado interno.

El desafío argentino comienza a desplazarse desde la estabilidad de los indicadores hacia la estabilidad de las vidas.

Porque una economía puede estar técnicamente ordenada y producir, al mismo tiempo, una sociedad que continúa sintiéndose a la intemperie.

Argentina puede ordenar sus cuentas mucho antes de conseguir que los argentinos vuelvan a sentir que tienen futuro.

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