Por Leonor Benedetto.
Nos encontramos, sin haberlo planeado, en una calle del centro de la ciudad. Caminábamos por la misma acera, pero en sentido contrario.
Él, teléfono en mano, intentaba una llamada, yo giré la cabeza hacia un abrigo adornado con vellones de fieltro gris que, desde un escaparate, se me insinuaba impudorosamente.
En el apogeo de mi monólogo interior lo miré fijo y exclamé: serás mío, con tal énfasis que me provocó risa.
Al dar el primer paso para entrar a la tienda nos chocamos. Cuando dije perdón todavía me reía, y en esa minúscula fracción de segundo, que sin embargo es vivida cómo eternidad, terminé de levantar la cabeza y supe que era él.
Su voz, al decir perdón, se superpuso con la mía y sonó algo más grave que la cadencia recordada. Hizo foco en la imagen que lo inexplicable le había puesto delante y dijo: “¿Café?”.
Decir café despliega un abanico de posibilidades en tiempo y espacio, en un cómo, en un dónde, y hasta contempla un cuándo, pero en ese momento sonó imperioso y claro un ahora quiero que nos quedemos juntos.
Contemplé ese punto de presente, pleno de instantes infinitos y contesté: “Café”. Esa tarde el tiempo pareció jugar con mi subjetividad haciéndose corto y angosto cuándo recordaba una tarea inconclusa, o ancho y lento al escucharlo hablar de su vida sin mí, (¿es que alguna vez su vida fue conmigo?
¿Hubo alguna vez espacio para una caótica, creativa y expansiva criatura que podía vivir sin certezas en esa rígida estructura que fue el diseño, ampliamente cumplido, de su vida?).
Era tal la fascinación sentida que me dediqué a escucharlo sin comprender en su totalidad esa confesión laica, ese desgarramiento, esa soledad del alma en compañía.
“¿Cómo era yo cuándo estábamos juntos?”, preguntó. Como un niño, dependiente, necesitado, y con frecuencia, como un niño, cruel, enredado en sus deseos y, como ahora, perdido en su propio laberinto, pensé. Pero no se lo dije.
¿Amé yo a ese hombre? Seguramente no. Fue, casi con certeza, obcecación, capricho, ego. Hoy, que sé que ir al encuentro del amor a todo lo que existe es el propósito de la vida humana, conozco la dificultad de la solidaridad y del cuidado, el peligro de las palabras y el olvido de la atención como la forma más alta de generosidad, es probable que todo lo vivido en el pasado, aún lo odiado y lo perdido, me haya traído hasta este momento en el que, a veces, percibo chispazos de ese amor al mundo, como rayo de luz en un cielo de tormenta.
Leonor Benedetto
P/D.1) “La muerte de la empatía humana es uno de los primeros signos de una cultura a punto de caer en la barbarie”. Hannah Arendt.
P/D.2) “La vida no es lo que uno vivió sino lo que uno recuerda para poder contarlo después”. Gabriel García Marquez.
P/D.3) “Amaba lo que tenía”. (Memorias de Adriano, siglo II D.C.) Marguerite Yourcenar.
P/D.4) Hoy, más que nunca, estar en el mundo pero no ser el mundo.
