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La victoria continental

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Por Fabricio Falcucci.

Una batalla decisiva para la Revolución que aún parece lejana en una historia contada desde el puerto.

A Tucumán suele reservarse un lugar preciso en la memoria argentina. Una casa, un congreso y una declaración. La imagen del 9 de julio de 1816 resulta tan poderosa que a veces deja en segundo plano las condiciones que hicieron posible aquel encuentro. Cuatro años antes, cuando la independencia todavía era un horizonte incierto, la ciudad había sido escenario de una victoria crucial para la supervivencia de la Revolución.

En septiembre de 1812 había pocos motivos para confiar en un desenlace favorable. La derrota de Huaqui había debilitado la posición revolucionaria en el Alto Perú. El ejército realista avanzaba desde el norte y Belgrano debía conducir una retirada que también arrastraba a la población civil. El Éxodo Jujeño permite imaginar algo de aquella experiencia. Abandonar las casas y los medios de subsistencia era el costo inmediato de una causa cuyo triunfo nadie podía garantizar. Desde Buenos Aires, el Primer Triunvirato ordenaba continuar hasta Córdoba.

La decisión de combatir en Tucumán alteró ese curso. Belgrano desobedeció una orden del gobierno y asumió un riesgo considerable. Pero la conocida evocación de su desobediencia puede dejar demasiado a oscuras lo que la hizo viable. Hubo representantes locales que reclamaron la defensa de la ciudad. Hubo hombres dispuestos a combatir y una población que aportó recursos para sostenerlos. La voluntad del general encontró apoyos concretos en el territorio que debía abandonar.

María Paula Parolo destaca la importancia de esa decisión para preservar la causa revolucionaria. Facundo Nanni señala que sus efectos también modificaron la posición política de Tucumán. El triunfo sobre las fuerzas de Pío Tristán permitió reorganizar el ejército y preparar el avance que culminaría en la victoria de Salta de febrero de 1813. La guerra continuó, aunque las posibilidades de la Revolución habían cambiado.

Quizás ahí se encuentre la medida de aquella batalla. No es necesario suponer que una derrota habría cancelado para siempre la emancipación americana. Alcanza con advertir cuánto podía perderse en ese momento. Territorio, recursos y apoyos políticos estaban comprometidos. Tucumán ayudó a conservarlos cuando el proceso revolucionario atravesaba una situación especialmente frágil.

Bartolomé Mitre reconoció esa trascendencia en su Historia de Belgrano y de la independencia argentina. Su interpretación vinculó el resultado de la batalla con las posibilidades de la emancipación sudamericana. Vicente Fidel López la describió como “la más criolla de todas cuantas batallas se han dado en el territorio argentino”. Resulta significativo que dos autores centrales de la historiografía tradicional le atribuyeran semejante importancia. La relegación de Tucumán difícilmente pueda explicarse por un desconocimiento absoluto de su papel.

El problema parece estar en la distancia entre reconocer un acontecimiento y darle un lugar proporcionado a sus consecuencias. Una batalla puede figurar en los manuales y recibir homenajes sin modificar demasiado la manera en que se cuenta la historia del país. Puede ser recordada como una victoria de Belgrano o una celebración tucumana sin que se examine cuánto dependió de ella el proyecto revolucionario.

Desde esa perspectiva, el ninguneo adquiere una forma menos evidente que el olvido. Consiste en volver provincial aquello que tuvo consecuencias generales. La memoria nacional admite el orgullo local, pero no siempre incorpora sus razones al relato compartido. Tucumán celebra y el resto del país acompaña a la distancia, como si se tratara de una conmemoración ajena.

Cabe pensar que esa distancia guarda relación con una mirada porteño céntrica más persistente que cualquier omisión particular. En su versión más simplificada, la Revolución nace en Buenos Aires y después se extiende hacia el interior. Las otras ciudades aparecen como receptoras de una iniciativa cuya dirección corresponde al puerto. Ese esquema facilita la narración, aunque vuelve menos visibles las decisiones y los conflictos que también dieron forma al proceso desde otros territorios.

Los trabajos de José Carlos Chiaramonte ayudan a revisar ese supuesto. En El mito de los orígenes en la historiografía latinoamericana cuestionó la idea de unas nacionalidades ya constituidas antes de las independencias. Su perspectiva permite recuperar la incertidumbre de aquellos años y el protagonismo de las comunidades políticas que participaron en ellos. La nación que hoy conocemos no puede proyectarse sobre 1810 como si sus actores ya supieran a qué país iban a pertenecer.

A partir de esa lectura, Tucumán deja de parecer una pieza secundaria dentro de un recorrido inevitable. Su intervención formó parte de las decisiones que contribuyeron a definir el rumbo revolucionario. El apoyo local a Belgrano tuvo una dimensión política además de militar. Defender la ciudad significaba comprometer recursos y vidas con una alternativa que el gobierno central consideraba necesario postergar mediante la retirada.

También Tulio Halperin Donghi ofrece una clave en Revolución y guerra. Su análisis muestra hasta qué punto el conflicto bélico transformó las relaciones sociales y las bases del poder. La guerra exigía recursos, movilizaba poblaciones y alteraba jerarquías. Desde esa perspectiva, quienes sostuvieron a los ejércitos merecen un lugar mayor que el de acompañantes anónimos de los grandes nombres.

La propia desobediencia de Belgrano introduce una dificultad para cualquier relato demasiado ordenado desde el centro. El gobierno tenía motivos para temer por la suerte del ejército. Tampoco sería razonable atribuir sus órdenes únicamente al desprecio por el Norte. Sin embargo, la experiencia mostró que la evaluación hecha sobre el terreno podía ofrecer una salida que las instrucciones de Buenos Aires no contemplaban. La Revolución pudo continuar, en parte, porque una de sus decisiones fundamentales se apartó de lo dispuesto por su conducción.

Nada de esto requiere convertir a los porteños en un adversario histórico uniforme. Belgrano era porteño. La cuestión pasa por la perspectiva desde la cual se interpreta una experiencia colectiva. El centralismo también puede reproducirse desde las provincias cuando sus aportes se presentan como curiosidades regionales y no como parte constitutiva de la historia común.

Sería excesivo afirmar que la batalla fue borrada. Existen investigaciones y conmemoraciones nacionales que reconocen su relevancia. La deuda parece encontrarse en otro plano. Todavía cuesta integrar ese reconocimiento a una memoria pública en la que el Norte tenga un papel acorde con las decisiones que tomó y los costos que afrontó durante la guerra.

Tal vez recordar el 24 de septiembre permita también mirar de otro modo el 9 de julio. Entre ambas fechas hubo años de guerra y un futuro que permaneció abierto. La declaración de 1816 pudo llegar porque antes hubo quienes sostuvieron la posibilidad de alcanzarla.

El reclamo tucumano merece ser leído desde esa relación. Más que una disputa por honores, propone revisar cómo se distribuye el protagonismo en nuestra memoria. Si la batalla contribuyó a preservar una revolución de alcance americano, cuesta comprender que su recuerdo quede tantas veces sujeto a los límites de una provincia.

 

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