Por Daniel Posse.
La polvareda gris de la llanura tucumana se colaba sin pedir permiso por las ventanillas de Ford Fairline, cubriendo con un esmeril implacable el tablero de maderas claras y los zapatos de cuero de Daniel Posse Giol. Era una tarde de calor sofocante; el aire traía consigo el aroma dulzón, denso y fermentado de la melaza que lo envolvía todo. Daniel manejaba con el ceño fruncido, sintiendo en el cuerpo el cimbronazo de un destino que jamás habría imaginado en sus años de juventud. Aunque pertenecía por herencia de sangre al tradicional tronco de los Posse tucumanos, había nacido bajo el sol ardiente de Santiago del Estero, un origen que le otorgaba una mirada distinta, ajena a la soberbia habitual de los salones de San Miguel. Los vaivenes de la fortuna lo habían empujado a regresar a la tierra de sus ancestros, convertido ahora en lo que sus parientes patricios llamarían un «aristócrata venido a menos». Con esa mezcla de linaje y desclasamiento, aceptó el puesto de administrador de la destilería de alcohol, justo cuando la firma Industrias Químicas Atanor firmaba el contrato de arriendo de esa sección estratégica del colosal Ingenio Santa Ana.
Al llegar a las afueras del predio, la magnitud del complejo azucarero lo obligó a detener el coche. Frente a él se erigía un monstruo de ladrillos vistos y chimeneas desafiantes que latía al ritmo de la molienda. No era solo una fábrica; era una herencia inmensa donde miles de almas dejaban la vida entre los surcos. Para Daniel, que traía arraigado el fervor del primer justicialismo, aquel paisaje no representaba la opulencia de una dinastía, sino el escenario de una redención necesaria. Él no venía a congraciarse con los dueños del capital; venía a gestionar la producción con la firme convicción de que la riqueza del cañaveral debía dignificar a quienes rompían la tierra. Su peronismo, que hasta entonces había sido una adhesión intelectual cultivada en su mediana edad, estaba a punto de anclarse para siempre en el barro y el vapor del Norte.
En la entrada de la administración general lo esperaba José María Andrada, el administrador general del coloso y, por los caprichos del destino, su concuñado. Ambos hombres compartían algo más que el peso de aquel imperio de acero: sus esposas eran hermanas alberdianas, dos mujeres criadas bajo el amparo de las plantaciones de Juan Bautista Alberdi, más al sur, que observaban con asombro y distancia el destino de sus maridos. Mientras José María residía en la suntuosidad de la casa patronal, Daniel habitaba desde hacía un tiempo en la cercana localidad de Aguilares, una base sureña que le servía de refugio cotidiano. José María, de impecable traje de hilo blanco a pesar del polvo, lo recibió con un abrazo contenido pero genuinamente cálido, una muestra del afecto sincero que compartían a pesar de habitar mundos mentales tan distintos. Se conocían desde la juventud y sabían que, más allá de los papeles y los cargos, los unía un respeto ciego por la palabra dada y una profunda lealtad familiar que ninguna marea política lograba resquebrajar.
José María Andrada representaba la vieja escuela del control de costos; para él, los obreros eran engranajes y la producción una fría columna de balances. Daniel Posse Giol, en cambio, traía bajo el brazo la mística de la productividad conservando la comunidad organizada. El abismo ideológico los separaba apenas cruzaban el umbral de las oficinas, pero en la mirada que cruzaron al saludarse había una complicidad silenciosa, el entendimiento mutuo de dos hombres íntegros que sabían cuidar las espaldas del otro en un territorio tan hostil como el azucarero.
El verdadero bautismo de fuego para Daniel Posse Giol ocurrió en los pasillos de la destilería del coloso. El calor allí dentro era un infierno alimentado por las calderas y el vaho asfixiante de las cubas de fermentación. En su primera semana de gestión, se negó a quedarse encerrado en el confort del despacho con ventilador de techo. Caminó las pasarelas metálicas, trepó a los tanques de destilación y conversó directamente con los obreros del alcohol, hombres de rostros curtidos por los vapores químicos y las jornadas interminables. Fue allí, observando las condiciones de salubridad y escuchando los reclamos sobre los turnos de trabajo y los salarios mínimos, donde su marco ideológico se selló con acero. Cada decreto peronista que sus parientes tildaban de «demagogia» cobró un sentido vivo frente a las bocas de expendio. Su peronismo dejó de ser una bandera abstracta para convertirse en una herramienta de justicia.
Las cenas familiares se transformaron pronto en un campo de batalla silencioso, matizado por la calidez del hogar. Mientras las hermanas evocaban con nostalgia las casonas de Alberdi, conversaban sobre los últimos vestidos de la capital o comentaban las carencias del pueblo de Santa Ana, los hombres se batían en un duelo de caballeros sobre el destino de la empresa.
—Estás aflojando la disciplina, Daniel —le recriminaba José María una noche, sirviendo el whisky con manos limpias y extendiéndole un vaso con un gesto fraterno—. Atanor alquiló la destilería para obtener rendimiento, no para que financies las licencias médicas y los comedores de los peones. Te lo digo como administrador y porque me preocupás: el aire de Aguilares te está ablandando y el Banco Nación ya nos observa de reojo. No quiero que te expongas políticamente por un impulso noble.
—El rendimiento no puede construirse sobre la tuberculosis de los obreros, José María —retrucó Daniel, recibiendo el vaso y sosteniéndole la mirada con una sonrisa afectuosa pero firme en su credo—. Sé que cuidás la fábrica y sé que me cuidás a mí, pero lo que vos llamás costo, la Nueva Argentina lo llama dignidad. Si Atanor quiere alcohol de primera, tiene que pagar el sudor a su justo precio. No es blandura, es el único camino justo que conozco.
José María suspiró, negando con la cabeza, pero apoyó una mano firme en el hombro de su concuñado antes de volver a sentarse. El abismo político era inmenso, pero el afecto mutuo y la nobleza de intenciones que reconocían en el otro tendían un puente inquebrantable sobre las diferencias.
El trabajo en la destilería continuó moldeando el alma de Daniel durante los años dorados de un peronismo, que por un tiempo que un tiempo después llegó a ser clandestino. El aristócrata refinado que alguna vez fue se diluyó bajo el mameluco gris de los técnicos y el respeto ciego que se ganó entre los trabajadores de la planta, alternando el calor de los trapiches con el regreso diario a la tranquilidad de su hogar en Aguilares. Aprendió que la verdadera alcurnia no la daban los apellidos patricios, sino la lealtad hacia aquellos que producían la riqueza de la patria con sus manos. Cuando caía la tarde y la chimenea de la fábrica recortaba su silueta negra contra el cielo de la llanura tucumana cortando la imagen de los cerros al fondo, Daniel Posse Giol contemplaba el ingenio con el orgullo del converso. Sabía que su lazo familiar con Andrade lo mantenía en un equilibrio delicado y vital, pero su verdadero compromiso ya no pertenecía a los salones de la oligarquía, sino al destino de acero, vapor y justicia social que latía en el corazón de Santa Ana.
