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Calle, garúa, infinito

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Por Fabián Soberón.

Sobre “El aire es solo un momento contra el parabrisas”, de Carlos Nuñez

En el nuevo libro de Carlos Nuñez leemos el peso de las sombras, el cemento, el puente, percibimos el olor del riachuelo y sabemos que no se puede negar la pena, y en ese trance sentimos la negación del amor; vemos –como si fuera un relato en verso– a la señora que no tiene nombre y su soledad anónima, vemos a la chica que trabaja en el estacionamiento y escuchamos el río indiferente y el sonido profundo de los agujeros: vivimos en el humo que fabrica la existencia.

   En los poemas la noche no termina, el futuro es un enjambre, observamos la foto de una mujer semidesnuda pegada en la parada del ómnibus y nos invade la pena. 

   Los poemas proponen una cartografía de lo imperfecto. Los versos surgen en el seno de una percepción singular de la urbe. Nuñez nos ofrece poemas urbanos, anclados en la exploración de lo cotidiano y con una metafísica linterna encendida en los pliegues de lo real. Como dice uno de los poemas: «nos da cierta felicidad la lejanía» porque allí percibimos mejor nuestro páramo.

   Los versos exponen el malentendido –del amor y de la vida–, el sinsentido, el absurdo, pero lo hacen deletreando en el aire, en la elemental vida citadina. Solo nos queda el aire –sucio o irrespirable– y el futuro reaparece –varias veces– aunque sabemos que es solo ansiedad. El infinito se extiende frente a nuestros ojos y solo nos queda «la pureza de la lluvia» (otra forma del aire menos puro). ¿Acaso hay un parabrisas?

   El poeta sabe que es difícil encontrar un bálsamo al extendido páramo y los versos ensayan posibilidades a partir de la aridez de lo indecible. Los poemas nos asaltan en el vacío y nosotros percibimos el intento. Plazas, rutas, estacionamientos, calles, arena, una ventana: los escenarios insinúan que «nada o casi nada importa». La realidad es una equis. Somos un animal en el estanque de la nada.

   Entre el nihilismo y el balbuceo del futuro, Carlos Nuñez dice lo que apenas se puede insinuar y sus versos hacen lo que Kant no podía: indagan, en la «jungla mecánica», en los dilemas metafísicos de la existencia. Casi como si fuera un tango o un rock tanguero del siglo XXI, Nuñez canta la desdicha metida en la garúa de la ciudad.

 

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