por Daniel Posse.
En términos generales, el poder se define como la capacidad de influir, controlar o dirigir el comportamiento de otros, mientras que la hegemonía se refiere a la supremacía o dominio de un grupo, estado o ideología sobre otros, a menudo a través de la influencia cultural, política o económica.
La principal diferencia entre poder y hegemonía radica en el alcance y la naturaleza del dominio. El poder puede ser una relación puntual y específica, mientras que la hegemonía implica un dominio más amplio y sostenido, a menudo acompañado de una aceptación generalizada de la visión del mundo del grupo hegemónico. Quizás a simple vista, estos territorios y definiciones parecen construir una simbiosis, y en ese proceso la percepción los vuelve analógicos, pero no lo son. Hace tiempo, que la crisis de la educación, la cual para mí consiste, no en la adquisición de conocimientos, si no en la mirada crítica a esos conocimientos ha fallado, entonces la percepción ha perdido su capacidad de permear solo la superficie y entonces la fragmentación todo lo domina, lo corroe y lo invade.
Bertrand Russell, conocido por su trabajo en lógica, filosofía y política, abordó la libertad desde diversas perspectivas, incluyendo la libertad de pensamiento y la libertad social. Argumentaba que la libertad es esencial para el desarrollo individual y la creatividad, y que la falta de libertad, especialmente en la forma de miedo y coerción, obstaculiza el progreso humano. Claro que esa libertad, cuando adquiere cuerpo y piel de coerción, termina siendo lo mismo que intenta combatir.
Russell consideraba que la libertad de pensamiento es fundamental para la verdad y el conocimiento. Sostenía que el pensamiento libre solo puede florecer en un ambiente donde las ideas puedan competir libremente, sin restricciones legales o económicas. Criticaba las formas de propaganda que distorsionan la evidencia o crean miedo, impidiendo así que las personas puedan acceder a la verdad y formar opiniones informadas. Para Russell, la libertad de expresión no solo es un derecho, sino también una necesidad para el avance social y científico. Russell veía la libertad social como un requisito para la felicidad individual y el desarrollo de relaciones auténticas. Creía que el miedo y la inseguridad, a menudo causados por la opresión o la falta de recursos, limitan la capacidad de las personas para conectarse con los demás y disfrutar de la vida. Afirmaba que la verdadera libertad implica liberarse de los temores y las restricciones autoimpuestas, permitiendo a las personas vivir de manera más expansiva y conectada con el mundo. Russell asociaba la libertad con la creatividad, el amor y el pensamiento, afirmando que estas cualidades florecen en un ambiente de libertad y ausencia de coerción.
Pero no es lo que sucede, al contrario, desde una resignificación violenta, se usan palabras y frases, que tuvieron en un tiempo pasado un significado amplio, a uno en el que las disidencias, parecen ser el enemigo, si bien estos sucede desde hace mucho tiempo, la realidad es que eso se expandió, ya no es un duelo entre discursos políticos e ideólogos, usados por algunos medios de comunicación, en los que las corporaciones, han ido cooptando los espacios solamente, sino que se han expandido reduciendo el espacio para la disidencia, entonces cada día son menos los medios independientes. No les ha bastado invisibilizarlos, al contrario, los han resignificado y han resignificado la percepción, lo que ha devenido en un discurso único y hegemónico, pero que se presenta como diverso, diferente, no solo en las palabras, también en sus actos y procedimientos. Todo parece responder a lo mismo. Esas respuestas han dejado la sutileza que poseían en general a una crudeza evidente, directa, virulenta y emocionalmente efectiva, porque hace tiempo que posee un territorio fértil, en el que pueden florecer. Campo que se fue preparando desde hace años. Entonces la percepción de que aquello, que en un tiempo parecía ser disruptivo y por eso era vanguardista o nuevo (porque lo era) ahora se forja como lo mejor, pero de nuevo no tiene nada, solo es una naturalización de la crueldad, en la que no importás si pensas diferente, lo que importa es que lo hagas igual al resto, si no lo hacés, debes ser invisible, desaparecer.
Al fin y la cabo una diatriba es simplemente un discurso, pero que se caracteriza por ser violento, y que desde su mismo cuerpo como discurso, termina justificando una hegemonía hambrienta y voraz. Las herramientas que los medios de comunicación y sus corporaciones han ido utilizando fueron cambiando, fueron sufriendo una metamorfosis, en las que sus destrezas fueron incorporando nuevas herramientas, a las que no percibimos en su verdadera dimensión, por el contrario, nos venden la ilusión de que son parte de una libertad y democratización, que en el fondo no es real.
El Paraíso de la Red Social
El paradigma de redes implica una nueva forma de entender la sociedad, donde las relaciones, la comunicación y la construcción de identidades están mediadas por las plataformas digitales, generando transformaciones en la forma en que vivimos, interactuamos y nos organizamos. Pero ese paradigma, como los algoritmos, poseen la capacidad de ser inducidos, en esa inducción, nos hacen creer, que somos escuchados, entendidos, amados. Entonces corremos a ellas, para buscar pareja, para amar, para pedir comidas, para comentar nuestra desolación, y nos llenamos de amigos, y el espejismo del deseo satisfecho de forma inmediata, nos hace creer que somos tenidos en cuenta de verdad. En ese pacto visceral es que estamos convencidos que el posteo, el comentario, la descalificación de otro que no conocemos, nos puede acorralar, destruir, y allí terminamos sometidos, porque el miedo nos habita, nos trepa. El castigo de un comentario de un ilustre desconocido, en la redes, parece hasta inducirnos a la angustia y al desamparo.
El paraíso de las redes, deja de ser paraíso, muchas veces, para ser purgatorio e infierno, y los ángeles dejan de ser seres de la luz, aunque los ángeles caídos, no dejan de ser ángeles.
Desconocemos que quizás ese otro, simplemente es un troll, inventado por ese poder hegemónico que poco a poco hasta nos hace desear lo que él desea, querer lo que él quiere, y así simplemente le creemos de forma ciega y votamos lo que nos dice, buscamos la justicia que nos propone, entonces no la buscamos en un tribunal, preferimos la falsa justicia de un escrache o una viralizacion. Comenzamos un profundo y a la vez superficial proceso, donde resignificamos palabras, estadios, conceptos, y la libertad significa; mi libertad sola y egoísta o la que me hacen creer que es, y la verdad es lo que me dicen que es la verdad. Los medios de comunicación no es que estén desapareciendo en sus formas, solo se están resignificados con nuevas herramientas. Pero el pavor y la destreza de una vocación de poder y hegemonía está allí, en sus nuevas formas, solo cambian de cáscara, pero no de esencia, porque la crueldad y su cuerpo viscoso nos atrapa, en un morbo colectivo, con su disfraz de supuesta verdad, porque se atrevió a decir, lo que queremos escuchar, hartos de tanta hipocresía, de tanta burocracia, nos dejamos llevar y seducir. Escondemos el dolor de no ser de verdad, en el duelo de lo que un sistema quiere que seamos.
Verba Sunt Res
La frase «verba sunt res» en latín significa «las palabras son cosas». Se interpreta como que las palabras tienen un poder y una influencia real, no son simplemente sonidos o símbolos vacíos. Pueden ser creativas, transformadoras y tener consecuencias en el mundo real. En otras palabras, la frase enfatiza la importancia y el impacto de las palabras. No se trata solo de lo que se dice, sino de la sustancia y el significado detrás de las palabras, que pueden tener un efecto tangible. La frase puede usarse para recordar a alguien que sus palabras son importantes y deben usarse con cuidado. «Verba sunt res» nos recuerda que las palabras no son solo palabras; son acciones en sí mismas. Esta frase a veces atribuida a Sir Francis Bacon, nos recuerda del poder inconmensurable de las palabras y sus significados y significantes. Quizá la mejor forma de combatir esa hegemonía del poder y sus diatribas, es dudar, la duda nos puede llevar por un camino, en el que las mentiras pueden parecer verdades, y las metonimias abundan, pero la búsqueda de la duda nos puede llevar a percibir lo más cercano a la verdad, buscar desde una mirada crítica y de poder, y tal vez allí dejar de sucumbir ante el dominio de un algoritmo, que no tiene nada de inocente.
Los cuerpos de la diatriba del poder, y sus formas, creen que anulando las resistencias y la diversidad, volviéndose hegemónicos de verdad pueden perdurar, pero hace tiempo que saben que solo las resistencias los legitiman, quizá por eso es que reinventan resistencias, pero que al final son parte de la misma hegemonía. Si entendemos que el poder es un mando fáctico. Que es una fuerza que se impone aun contra la voluntad de otro, sin importar la razón de aquella, podríamos entender la fuerza de su hegemonía y que la misma necesita de la dominación, y que en la dominación es indispensable un orden legal, un ordenamiento que la sostenga, tal vez, comprendiéramos allí, que no es inocente el barrido de leyes y de derechos, que el poder necesita hacerlo, para sostenerse y perdurar y retroalimentarse, y que ese orden no deja de ser en palabras, y que las diatribas usadas para llegar también lo son. En ese océano y espacio en que navega ese poder, también lo hacemos nosotros, y tomar conciencia de ello, quizá nos haga de verdad un poco más libre.
