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ENTRE LOS RELATOS, Y LOS ESTADIOS DE LA GRIETA

Publicado el

por Daniel Posse.

Te cuento, me cuentas. Te digo, me dices. Lo que creo es parte de mí, y debería ser también parte de ti. Pero hay algo más que emerge.

Un relato es una narración breve que cuenta una historia, a menudo centrándose en un evento o experiencia específica. Las frases sobre relatos pueden enfocarse en su poder para conectar con otros, explorar la condición humana, o simplemente como una forma de entretenimiento y disfrute. Pero también el relato es, en muchos casos, una suerte de sustentación de que lo que digo es lo correcto, lo necesario, lo justo, lo bueno. También debo aclarar que la brevedad del relato va a estar condicionada al tiempo que él mismo perdure, que se vuelva esencial para un grupo o sector, y que el mismo justifique acciones que impulsan qué pensar, qué creer y qué es lo que se debe hacer. Esa perdurabilidad también estará supeditada a la reproducción de ese relato, y a los sistemas de retroalimentación que el mismo posea.

Este mismo relato debe aceptar su cuerpo de sentido único, que no acepta la diversidad ni la posibilidad de esta existencia. Pero al mismo tiempo, ese otro relato —vestido de una clandestinidad necesaria—, porque al fin y al cabo, si el enemigo no existe, si no existe su cuerpo subversivo, deja de existir el relato hegemónico como verdad, como versión absoluta. En este vaivén y juego lúdico y perverso, la falta de espíritu crítico nos sumerge en ciertas formas de locura. Ambos son esenciales, se necesitan, se combaten, pero no pueden existir uno sin el otro. El problema es que en ese campo donde los dos confrontan, los individuos que navegan sumergidos en ambos lados pierden la noción de quiénes son, qué dicen de verdad. Niegan la posibilidad de que existan seres que puedan estar de los dos lados. O creen y sostienen un relato, o son parte de ese relato único y válido. De lo contrario, deberían los otros ser invisibles, aniquilados, o definitivamente creemos que están del lado oscuro.

El relato es una narración que construye una visión del mundo, mientras que el contrarrelato busca confrontar esa visión, ofreciendo una perspectiva alternativa y a menudo más compleja. Imaginemos un relato histórico sobre una guerra que presenta a un bando como los héroes y al otro como los villanos. Un contrarrelato podría ser una narración que cuestiona esta versión, mostrando los horrores cometidos por el bando «héroe», las motivaciones ocultas de sus líderes, o las experiencias de las víctimas del conflicto.

No con esto —lo aclaro— creo en la teoría de los dos demonios. Digo esto porque la racionalidad y la organización social nos han llevado a entender que el orden y la ley son las reglas necesarias para un estado de derecho. También es cierto que la búsqueda constante de la anomia en nuestro cuerpo social pareciera ser el camino que justifica la conceptualización de ideas y definiciones que nada tienen que ver con la noción de justicia, pero que sí tienen que ver con marcos ideológicos en los cuales, en el ahora, no podemos permitirnos caer. Como cuando se discute una y otra vez la cantidad exacta de víctimas del terrorismo de Estado. ¿De verdad importan cuántos? ¿O importa que lo fueron, por parte de un Estado que debía cuidar ese orden y esas reglas? Los otros ya habían elegido estar fuera del Estado de derecho. Las reglas imponían —desde la ética y la justicia— que el Estado debía obrar dentro del marco de la ley.

Esta aclaración me parece necesaria, porque si no da lugar a confusiones. Y en parte, en esas confusiones es que emergen relatos. Claro que este es un tema para tratar en otro momento.

Una “grieta” se refiere a una abertura o fisura en la superficie de un objeto o estructura, que puede ser causada por varios factores. Las partes de una grieta incluyen la longitud, el ancho y la profundidad de la abertura, así como cualquier daño o efecto que cause en el material circundante. Las grietas no siempre son peligrosas o significativas, pero pueden ser un indicador de problemas más graves si se acompañan de otros signos de daño estructural. Pero vivir y sobrevivir, habitar siempre en una grieta que se exacerba, que parece expandirse y profundizarse hasta la irracionalidad, puede ser mortal y demasiado peligroso. Una de las formas de evitar esto me parece que es aceptar nuestras limitaciones y volver a ejercer la tolerancia.

Entonces, cuando entendemos todo esto, nos damos cuenta de que, al final, es un cambio de escenario, en el que la hegemonía se vuelve contrahegemonía, y la contrahegemonía en hegemonía. Los relatos fluyen y contrafluyen. Entonces libertad es lo que considero libertad. Cada lado va construyendo su relato, lo va perfeccionando, mutando de tal forma que se vuelve dogma. Uno que aparenta ser inamovible, pero que en realidad —si uno lo analiza— se desplaza, porque necesita del movimiento para perdurar y sostenerse.

Antonio Gramsci decía que la contrahegemonía es una noción que define la forma en la que las personas desarrollan ideas y discursos para desafiar supuestos dominantes, creencias y patrones establecidos de comportamiento. Si lo entendemos bien, estas herramientas y métodos que son parte de la forma de actuar y ver los relatos, de imponerlos y volverlos hegemónicos, son casi idénticos. La descalificación, la normatización y la naturalización de la violencia y de la crueldad solo asustan cuando las usa el otro lado, porque se vuelven invisibles cuando se usan desde el lado en el que estoy.

Pero lo que no han notado de forma clara los que habitan los dos lados es que cada día hay más excluidos de los lados. Y esa exclusión, que se manifiesta en una aparente apatía, solo puede ser un estadio intermedio, en el que vive el germen de una búsqueda de algo más subversivo que lo establecido. Esa anestesia en la que se muestran, y que pocas veces se atreven a romper, solo es parte de una nueva forma de buscar su lugar. Porque, al fin y al cabo, ese grupo está entrando en una suerte de conciencia o variante, donde el sentido de pertenencia se mixtura, aceptando que la mirada y los paisajes están más llenos de grises. El blanco es uno, el negro también lo es. El otro es otro, pero en esa otredad quizá exista un territorio en el que el lenguaje —no todo, sino partes— se vuelva sinonimia de lo que pienso, padezco o creo.

Creo que el poder vive una instancia de profunda miopía. No solo hablo del supuesto poder político, hablo de todos los sectores fácticos. Si fueran conscientes de lo que está ocurriendo, buscarían navegar sumergidos en lo profundo de la grieta, y no solamente desde los dos lados. Es más: me permito ser un poco cínico cuando veo que el mercado, por el mercado en sí, lo está entendiendo. Y por su capacidad de adaptación y mutabilidad, está buscando las formas de acomodarse a un paradigma poco visible, pero que se está gestando. No es que lo tenga en claro o lo haya visto. Entre el blanco y el negro existen un sin número de grises. Seguro el paradigma debe ser gris. Lo interesante es que no sabemos de cuál gris se trata, ni su profundidad, ni las sutilezas del mismo.

Las voces comienzan a emitirse, apenas. El eco comienza a sonar. Todavía los cuerpos no son visibles, pero allí están. El cambio de modelo, el nuevo paradigma, todavía no tiene una forma real, pero sí logramos percibir. La paradoja grita, porque la misma —siempre, ya sea contraria o no— puede llegar a mostrarnos que en los estadios de una grieta se moldea el cuerpo, en ese tira y afloje de fuerzas. Pero que, al final, solo en el medio y en el fondo de la misma grieta puede que habite el nuevo camino.

Albert Camus decía: “Uno no puede ponerse del lado de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la padecen.”

Creo que por eso FUGA te dice, te habla como te habla, y si lo percibís, tal vez vislumbres lo que viene.

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