El sueño de la razón produce monstruos — Francisco de Goya
Lo que hay que estudiar es el misterio. Todo aquello que hace que lo humano piense, elija, se sienta libre. Porque, en el fondo, se trata de encontrar algo que le dé sentido a la vida. Algo que justifique levantarse cada día, una y otra vez. Nietzsche lo tenía claro: quien tiene un porqué, puede enfrentar cualquier cómo. Durante un tiempo, eso bastó. Entendimos que el sentido no viene dado: hay que buscarlo, practicarlo. Y en ese ejercicio cotidiano de insistir, de hacer, acontece eso que llamamos vivir.
La humanidad ha atravesado momentos oscuros. En la Edad Media —la llamada “edad de las tinieblas”— había una única forma de vida posible. El relato era uno solo y se defendía con la palabra o con la espada. El sentido estaba cautivo: lo bueno y lo malo, lo virtuoso y lo decadente, estaban escritos en un libro sagrado. No había espacio para los grises.
Luego llegó el Renacimiento, y con él, la duda. No solo desde lo político: también desde el arte, la ciencia y la filosofía. El centro del mundo se movió. El hombre ocupó la escena. La razón se desperezó y, lentamente, comenzó a desarticular las atrocidades cometidas en nombre de una única forma de pensar.
Después irrumpió la modernidad, arrasando certezas y reorganizando la existencia desde cero. Esa sospecha permanente sobre lo heredado no se detuvo más. Vivimos desde entonces en una metamorfosis sin pausa, que encontró su clímax en la revolución tecnológica, aquí y ahora.
Y es importante pensar desde este umbral. Porque el paso de la fe a la razón no significó, como creímos, el fin del misterio. El nuevo misterio no es sobrenatural: es técnico. Y lo aceptamos no porque lo comprendamos, sino porque lo necesitamos. Ya no importa si algo es verdadero o falso, verificable o no: basta con que funcione. La fe se mudó de templo, pero no murió.
Vivimos inmersos en una ilusión de conocimiento. Creemos que sabemos lo que entendemos, pero solo entendemos lo que deseamos creer. Y lo hacemos no siempre con razón, sino con fe. En ese sentido, poco importa si se trata de una doctrina política o de una religión: habitamos estructuras que no podemos demostrar, pero a las que confiamos el alma.
El problema es que hemos naturalizado el misterio. Usamos tecnologías que comprendemos solo en su superficie. Sabemos qué hacen, pero no cómo lo hacen. Ese desconocimiento funcional no es casual: es parte de una lógica que nos encapsula. Nos acostumbramos a vivir sin saber, a aceptar sin preguntar.
El misterio volvió, pero esta vez no como lo sagrado, sino como lo operativo. No como revelación, sino como algoritmo.
Bajo una apariencia de racionalidad, nos gobierna lo desconocido.
Lo medieval no ha muerto: se ha adaptado. Ya no necesitamos inquisidores: nos alcanzan los términos y condiciones.
La libertad ya no se persigue con armas: se disuelve en la interfaz.
El misterio —ese viejo señor del castillo— ha vuelto, vestido de eficiencia.
