por Enrico Colombres.
El agua ya no es tuya, y así es cómo vendieron tu derecho más básico mientras aplaudías la motosierra.
“Ningún hombre es libre si no es dueño de sí mismo.”
— Epicteto, Discursos, Libro II, 10.
Esta semana se confirmó lo impensado, o, mejor dicho, lo que muchos eligieron no pensar. El agua en Argentina dejó de ser un derecho público y se convirtió, oficialmente, en una mercancía sujeta al interés y al lucro de manos privadas. Lo que hasta hace poco nos pertenecía a todos —esa sustancia vital sin la cual no hay vida, salud, ni dignidad— ahora será administrado por una empresa extranjera, estatal, pero no argentina, Mekorot, de Israel. La paradoja está servida, privatizaron una empresa estatal… para entregársela a otra empresa estatal. Solo que esta no es nuestra.
Y mientras tanto, ¿vos dónde estabas?
No se trata de una denuncia de izquierda o de derecha. Es una advertencia urgente. Lo que se privatiza hoy no es solo el agua, es la soberanía, es la capacidad de decisión democrática, es el control ciudadano sobre sus propios recursos. Y lo más grave, es la construcción meticulosa, estratégica, casi quirúrgica de un modelo de país sin pueblo. Un país entregado en cuotas, vendido a pedazos, desmantelado por dentro mientras los aplaudidores de siempre siguen viendo “la culpa en el pasado”, y no en sus propios actos de omisión.
El guion de siempre, la lógica es vieja, burda, pero efectiva. Se desfinancia a una empresa estatal. Se la hace ineficiente a propósito. Se la somete a una gestión torpe, sin inversión, sin visión estratégica. Después, se la exhibe como ejemplo de ineficiencia. Se culpa al Estado de los resultados buscados. Y, por último, se la vende al mejor postor con el pretexto de “ahorrar recursos”. Es la receta clásica del manual neoliberal, empobrecer lo común para justificar su entrega. Y en el caso del agua, el golpe es todavía más perverso.
Nos están robando lo esencial. Y no lo hacen escondidos. Lo hacen a la vista de todos, como si ya no tuviéramos capacidad de reacción, como si el cinismo fuera la única reacción posible. Pero no es solo el gobierno. El problema no es solamente el presidente, ni su desequilibrio evidente, ni sus delirios de libertad individual absoluta. El problema es estructural, cultural, histórico. El problema es la sociedad argentina que normalizó el saqueo, que miró para otro lado, que eligió memes en lugar de militancia, y resignación en lugar de resistencia.
¿Quién controla el agua?, el argumento oficialista se vende solo, “el Estado no puede, que lo haga alguien que sí sepa”. Pero ¿qué tipo de administración implica entregar el 90% de una empresa estratégica a una firma extranjera, y además pública? ¿Qué lógica es esa que convierte a un país en una franquicia?
La empresa que se hará cargo del agua en Argentina no es una inocente corporación neutral. Es una herramienta de guerra en Medio Oriente. Mekorot es responsable directa de las restricciones de agua en Palestina, donde el agua se corta para disciplinar y castigar. Allí, el control del recurso hídrico es parte del dispositivo de ocupación. Y ahora será esta misma empresa la que manejará el agua de millones de argentinos. ¿Pensás que no puede pasarte a vos? ¿Pensás que el poder que entregamos no se va a usar?
Esta no es una denuncia conspirativa. Es un llamado a la responsabilidad colectiva. Porque si algo ha demostrado esta gestión es que no tiene otro plan más que la venta total del Estado. Lo llaman “libertad”, pero es saqueo. Lo llaman “eficiencia”, pero es despojo. Lo llaman “reforma”, pero es destrucción sistemática del tejido nacional. Y lo peor de todo es que sucede sin resistencia efectiva. Con una ciudadanía anestesiada, dividida, mirando el rating del TikTok más reciente.
El precio de mirar para otro lado, hay momentos en la historia en que una sociedad debe decidir si sigue siendo pueblo o se convierte en mercado. Si quiere seguir teniendo derechos o se resigna a alquilar su existencia. Este es uno de esos momentos. Porque lo que está en juego no es un servicio más, sino la arquitectura misma de lo común, de aquello que nos iguala y nos permite pensar en una comunidad.
La pregunta que arde es, ¿por qué lo permitimos?
No es por ignorancia. Es por abandono. Porque es más fácil seguir echándole la culpa al otro, al anterior, al distinto. Porque es más cómodo refugiarse en la ironía, en el chiste cruel, en la épica vacía del outsider antisistema, que reconocer que nos están robando el país con nuestra propia firma.
Pero hay una salida. Y es política. Es legal. Es democrática. No será inmediata ni sencilla, pero es urgente. Necesitamos redactar y sancionar una ley de referéndum vinculante para que ningún gobierno pueda, por decreto o por capricho, privatizar bienes esenciales sin el consentimiento explícito del pueblo argentino. Que ninguna empresa pública, ningún recurso natural, ninguna infraestructura estratégica pueda ser entregada sin consulta directa. Que el agua, la energía, los ferrocarriles, el litio, el suelo, sigan siendo de todos, o al menos que seamos nosotros quienes decidamos qué hacer con ellos.
La colmena y la abeja, Marco Aurelio, emperador estoico y pensador lúcido, escribió hace casi dos mil años que “lo que no es bueno para la colmena, no es bueno para la abeja”. Suena simple, pero es profundamente subversivo frente al modelo que hoy se nos impone. Porque esta lógica neoliberal promueve lo contrario, romper la colmena, saquearla, incendiarla, y luego vender la miel al mejor postor.
¿Es bueno para la colmena entregar el agua? ¿Es bueno para la comunidad perder el control de sus bienes comunes? ¿Es bueno para vos, que pagás impuestos, vivís en este país, criás hijos acá, ver cómo se entrega la soberanía a cambio de nada?
Si la respuesta es no, entonces la pasividad ya no es una opción. El silencio es complicidad. El desencanto no puede seguir siendo el refugio. No alcanza con indignarse en redes. No alcanza con desear que todo pase rápido. Lo que está ocurriendo es grave, y no se va a detener solo. Hay que frenarlo. Y eso implica salir del cinismo y volver a la acción política.
El agua no es una mercancía, privatizar el agua no es un hecho administrativo. Es una declaración de guerra contra el pueblo. Es reconocer que el lucro vale más que la vida. Que el mercado vale más que la humanidad. Que la soberanía vale menos que una transferencia bancaria. Y si no hacemos nada, no será solo el agua. Vendrán por más. Ya vinieron. Y ya entraron.
Que no digan después que no lo sabíamos. Que no se repita la mentira piadosa del “yo no sabía”. Sabíamos. Lo vimos en tiempo real. Y muchos lo celebraron.
Pero tal vez todavía estemos a tiempo de evitar lo peor. Tal vez todavía podamos reescribir el final. Pero solo si recordamos que la democracia no se reduce al voto cada cuatro años. Democracia también es frenar al poder cuando se extralimita. Es poner límites. Es defender lo que es de todos.
Y eso, ahora mismo, empieza por defender el agua. Aunque incomode. Aunque duela. Aunque implique mirar de frente lo que dejamos pasar mientras creíamos que no nos iba a afectar.
El agua ya no es tuya. ¿Qué vas a hacer al respecto?

Excelente llamado a reflexión sobre una necesidad basica, que como dice el autor de la nota, no tiene tiene ideología política y partidaria. El agua es una necesidad básica, es nuestra y tiene que ser para nosotros como un derecho importante para vivir.
Saludos
….Próximos a ser la nueva franja de gaza!
No creo q acá Agan losismo q asen en gasa porque acá la gente se le vas encima seguro no creo q sean tan ipocrita
No puede ser que después de años de privatizaciones que resultaron en la destrucción de nuestras capacidades, hoy nuevamente concedan privatizaciones. Y no puedo creer que hayan privatizado Aysa en pos de una israelí como Mekorot. Que podemos hacer desde nuestros lugares?