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La música contra la maquina

Publicado el

por Rodrigo Fernando Soriano. 

Para que la experiencia de leer este artículo sea completa, me gustaría que te ponga auriculares, y escuches «Give Life To Music» de Daft Punk. Es que la música siempre me apasionó. Sin embargo, hace poco noté algo inquietante: hace tiempo que realmente no escucho música. ¿Hace cuánto no escuchas música? Porque escuchar música no es navegar los algoritmos de recomendación, esos que prometen—ilusoriamente—tenerlo todo. Escuchar música es colocarse unos auriculares, buscar refugio en una bebida que calme el alma, cerrar los ojos y ser parte de la banda.

Esa forma de vivir la música parece haberse perdido. Hoy ya no escuchamos; consumimos listas de reproducción perfectamente ensambladas para sostener nuestra atención en otras tareas: trabajar, cocinar, estudiar. La música ha dejado de ser experiencia para convertirse en sonido funcional. Y aquí surge el problema: la música algorítmica ha devorado nuestro deseo genuino de elegir, de descubrir, de aventurarnos más allá de lo previsible.

Hace semanas apareció una banda llamada «The Velvet Sundown» con un éxito notable en plataformas como Spotify. ¿El detalle inquietante? Esta banda no existe en carne y hueso; fue creada íntegramente por inteligencia artificial, entrenada para sonar como Greta Van Fleet o Rival Sons. Esto nos empuja inevitablemente a cuestionarnos hasta dónde permitiremos que una máquina decida qué es música.

Personalmente, uno de mis instrumentos favoritos es el sintetizador electrónico «Moog», emblemático por emular sonidos, inmortalizado por primera vez en los experimentos sonoros de los Beatles. Sin embargo, lo esencial de la música sigue siendo para mí algo profundamente humano: la emoción.

En el 2001, Daft Punk lanzó «Discovery», un álbum que anticipó magistralmente la era digital, revolucionando la música electrónica con el uso del sampleado, es decir, tomando fragmentos pregrabados para crear nuevas piezas. Las críticas llegaron inevitablemente, acusándolos de violar derechos de autor y desnaturalizar el instrumento humano. Fue entonces que Thomas Bangalter y Guy-Manuel de Homem-Christo optaron por disfrazarse de robots, militando así su obra y su visión.

Años después, lanzaron «Human After All» («Humanos después de todo»), reafirmando su postura humana frente a las críticas recibidas. Pero fue en 2013 cuando presentaron su obra cumbre: «Random Access Memories». Un álbum concebido bajo el principio del «muestreo humano», donde músicos tocaban sin partituras, guiados únicamente por sus emociones en sesiones improvisadas. Este disco exploraba profundamente la esencia creativa humana a través del lente robótico de Daft Punk, haciendo énfasis en la instrumentación real y la emoción, antes que en la perfección tecnológica.

Hoy, con la invasión silenciosa pero implacable de la Inteligencia Artificial, la línea entre lo humano y lo mecánico se desvanece, no por integración creativa, sino por resignación. Preferimos lo perfecto a lo emocionante. Rechazamos el error que humaniza y abrazamos la perfección artificial que esteriliza. En la canción «Touch» («Tocar»), claramente refleja ello: una máquina que se ve impotente en no poder hacer la acción de tocar, preguntando su esencia, y hasta diciendo que casi se siente real. Eso que lo hace real es justamente la necesidad que tenemos de humanizar todo, es decir, de asignar emoción a lo que no lo tiene. Queremos que tenga emoción para entenderlo. 

La paradoja, entonces, es clara: cuanto más impecable es el sonido generado por IA, más nos alejamos de lo que verdaderamente hacía única a la música: su error, su respiración, su imperfección. La música sin fragilidad, sin temblor, pierde la capacidad de conmovernos profundamente. La IA no solo compone, sino que estandariza; no sugiere, impone. Al cederle las riendas creativas, corremos el riesgo de olvidar lo que es realmente escuchar música: no como mero fondo, sino como una experiencia irrepetible y humana, donde cada nota errante encierra una verdad emocional única.

Esto no solo pone en peligro a los músicos. Paul McCartney lo advierte claramente: necesitamos reglas estrictas para proteger a los creadores. Si la IA puede tomar sus voces, sus melodías y combinarlas sin permiso ni consecuencias legales, la creatividad humana podría perder su sentido. Frente a una producción infinita y saturada, la originalidad se diluye inevitablemente.

Lo popular ha cedido ante lo «trendy», esa repetición constante del mismo patrón emocional, la fórmula segura del éxito inmediato y efímero. Así, el horizonte musical no se expande, se contrae peligrosamente.

Y no solo el músico está en peligro, sino también el oyente. Nuestra experiencia estética singular ha sido devorada por la lógica mercantilista que convierte la creación en mera mercancía de rápida obsolescencia.

La música creada por IA puede fascinar, pero carece de emoción genuina porque no posee el latido interno que nos hace humanos. Como bien dijo Thomas Bangalter: la esencia creativa siempre debe estar anclada en lo humano. Usar máquinas para expresar lo profundamente emotivo que ellas jamás podrán sentir, solo nosotros. La música debe seguir siendo humana, o corre el riesgo de convertirse simplemente en ruido perfectamente ordenado. Qué bueno que más que leer un artículo, hayas escuchado música. Hace tiempo no lo hacías. Esa es la Fuga que la música pretende.

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