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Carlos Escudero, cineasta

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Por Fabian Soberón.

Cuando la película ya ha sido rodada del todo,

solo queda lista para el montaje. Y a nadie

se le ocurrirá decir que eso es literatura.

Se parece más bien a la narración de lo que

ha visto un ciego.

Andrei Tarkovski.

1

Carlos Escudero nació en el barrio de la Boca, cerca del museo Benito Quinquela Martín. Se crió al lado del río, con el penetrante olor a hierro oxidado. Por eso no le costó acostumbrarse a la atmósfera ferrosa y marítima del puerto de Mar del Plata. Carlos empezó el secundario en la ciudad del mar y pronto conoció a Edgardo y a Petrus Iriarte. Le decían Petrus y no Pedro porque se ufanaba de leer el latín de Horacio y Virgilio en los recreos del colegio. Entre los tres hicieron una bandita irreemplazable. A diferencia de Edgardo –que vivió su adolescencia pegado a la canchita de fútbol– Carlos veía películas como un maníaco. El cine lo atrapó en todas sus facetas: escribió un guión a partir de El eternauta que quedó sin filmar y en la época de la facultad creó un cineclub en La Perla en el que pasaba películas rusas y algunas perlitas francesas e italianas. Por esos años hizo su primer corto experimental.

Carlos formó parte del grupo que le dio vigor a la nueva etapa del Festival de Cine. Él fue quien le propuso a Edgardo escribir artículos sobre el Festival y fue el que le recomendó la obra de Béla Tarr.

Edgardo dice que era un loco de la guerra. Quería estar en Malvinas pero no pudo porque lo obligaron a quedarse en el continente por un problema en el corazón. Después de ese episodio frustrante se focalizó en la facultad. Carlos estudió arquitectura y en cuarto año tuvo un enfrentamiento con el hijo de un militante del peronismo católico. Carlos venía de la izquierda internacionalista y veía a los montoneros como los corruptos perros falderos del General Perón. 

2

Una tarde rara, con mucha neblina, Carlos salió de la facultad y empezó a caminar por la vereda de enfrente. De la patota salió un muchacho alto, musculoso, que le gritó basura comunista y lo trató como si fuera una escoria humana. Carlos, enfervorizado, le tiró la bronca. Pronto se trenzaron. Los de la patota vitorearon a su pollo y Carlos luchó como pudo. El peronista tenía un cuchillo y, en un ademan rápido, le hizo un tajo cerca de las costillas; Carlos se quejó y el otro aprovechó y le pegó una patada en la pierna. Carlos cayó y el muchacho musculoso se le tiró encima. Logró levantarse y salió corriendo. El resultado fue una internación breve en el hospital. En las semanas siguientes caminaba con miedo y abandonó las reuniones políticas. Entonces tomó una decisión que le cambiaría la vida. Se anotó en el club de box y asistió a clases con el viejo Brizuela, un afamado entrenador de la ciudad. El viejo había hecho campeón al Bicho Benítez, apoyaba las carreras deportivas de los hermanos Robles y el “Chino” Pareja. Todos eran muchachos pobres que venían de los suburbios y que habían encontrado en el boxeo una forma de ascenso social. Su caso era distinto. El box era solo un instrumento para la venganza.

Un año después, cuando estaba a punto de recibirse, se cruzó con el pibito musculoso que lo había pateado en la calle, a la salida de la facultad. Esta vez estaban solos. Carlos midió cada uno de los movimientos y lo destrozó en pocos minutos. El pibe terminó en la guardia y no se levantó por varias semanas. Desde ese momento, a Carlos le decían el Puño Escudero.

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Paralelamente a su formación como boxeador amateur, Carlos recibía, por intermediación del partido comunista argentino, una serie de cintas analógicas con bandas sonoras. Los cassettes llegaban al puerto de Mar del Plata gracias a un contacto secreto que los despachaba desde Moscú. Los audios contenían discursos de Lenin grabados en los años veinte. Habían sido conservados por una célula antistalinista en la URSS. Circulaba el rumor de que los audios originales habían sido conservados en bóvedas herméticas en un subsuelo antibombas. En plena Perestroika, algunos pensaban que el gobierno de Gorbachov quería aniquilar los cassettes porque destruían todo lo que oliera a comunismo.

Un equipo especial de la agencia soviética se ocupaba de doblar al español los discursos de Lenin. Sobre la voz gangosa del líder se escuchaba la voz estereotipada del traductor español. En ese tiempo no había Internet ni grandes equipos de sonido. Todo era más rústico. Los discursos eran largos y las sesiones de escucha eran encuentros interminables en el sótano de un hotel.

Apostados en sillones o recostados en colchones con olor a orina, Carlos y sus amigos cumplían con un ritual: llevaban litros de cerveza, una picada de queso y fiambre y unos kilos de pan. Terminaban borrachos. La luz fría y nítida del amanecer entraba por una ventanita que daba al sótano y les pegaba en la cara; exhaustos por las voces monótonas de Lenin y el traductor, los pibes estiraban las piernas hasta que se dormían. Un año consiguieron copiar el mismo discurso varias veces. Así que cuando llegaba al final empezaba de nuevo. Tenían un fervor especial por los monólogos. Aunque todos creían que era su voz, se la escuchaba perdida, de fondo, detrás del sonido grueso e imponente del traductor. Uno del grupo dijo que esa no era la voz de Lenin sino la de un imitador y que los discursos eran falsos. Nadie sabía ruso pero un amigo de Carlos se hacía el sabelotodo e inventaba palabras, repetía vocablos y les hacía creer que entendía.

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Edgardo dice que en los noventa Carlos se pasó muchas horas despotricando. Una noche le dijo que con la caída del muro todo cambió de sentido. Lo que antes estaba sujeto al enfrentamiento entre dos potencias se convirtió en un oleaje único, en una calle con sentido estático, fijo. El capitalismo se estableció como la religión oficial. “Piensen en esto”, dice Edgardo que dijo Carlos, “¿quién puede dudar del libre mercado? Los homeless, los ácratas, los campesinos, los que abandonan las ciudades son tratados y vistos como lunáticos o desquiciados. Ya nadie duda del éxito del sistema. Los que dudan son pocos, unos pobres tipos que luchan en soledad, raquíticos, como si fueran verdaderos enfermos. A veces los tratan como loquitos sueltos o como locos perdidos. Lo único que importa es el furor del dinero. Si no tenés guita te morís, literalmente. Y entonces salís a comprar, como si fuera una carrera de obstáculos. El poderoso señor don dinero, decía un español. Ese es nuestro Dios, el dinero. La mayor competencia de las iglesias no es el comunismo sino el dinero. Una chica de trece se vuelve loca por la ropa, un tipo de veinte quiere el auto que tiene el vecino, un viejo desea la casa que tiene el primo, y así sucesivamente, una mierda. Los locos no son los que quieren evadir el sistema sino los que viven furiosos por el consumo ilimitado. ¿Fueron alguna vez a un shopping yanqui? La gente hace cola para comprar”.

Edgardo sostiene que cada vez que se atoraba en estos monólogos, Carlos necesitaba mucha cerveza encima. Era su forma de tapar o negar la tragedia. No soportaba el ambiente en el que vivíamos. Después de la caída del muro, dice Edgardo, Carlos entró en una depresión muy fuerte. No se podía levantar de la cama. Una vez le dijo que durante la Guerra Fría las cosas eran más peligrosas y más divertidas. “Teníamos el riesgo de los misiles, de los ataques inminentes. Había dos bandos. Ahora, en cambio”, dice Edgardo que dijo Carlos, “solo existe una única realidad. No hay riesgos. Estamos en la dictadura del capitalismo. Si no estás dentro sos un lunático, un anacrónico, un viejo verde. ¿Y entonces? Nada. Por eso es comprensible que la gente se drogue, es la vía de escape de la única realidad. Se drogan para evadirse, para fugarse. Lo que nos toca es asfixiante, una verdadera locura. Antes de la caída del muro teníamos una utopía. Ya sé, era una utopía falsa, una fantochada, un fantasma triste pero al menos esa fantasmagoría, esa ilusión nos mantenía vivos. Hoy hay una tendencia fenomenal al suicidio”.

5

La mujer de Carlos era matemática y jugaba al ajedrez con una habilidad inusual. Al puerto de Mardel llegó un robot ajedrecista que habían traído de Japón. Los fanáticos del club estaban ansiosos por ver el encuentro entre Luciana y la máquina. Corrían los noventa y en Argentina no había muchos robots que compitieran con alto rendimiento. Luciana se preparó durante un mes y al final, después de dos días ininterrumpidos de juego, venció a la máquina japonesa. Pronto, Carlos y los amigos del club de ajedrez se enteraron que el robot era un espía encriptado y que el dueño no era el señor Hashimoto sino el Estado japonés. A través del ojo electrónico podían custodiar las acciones y los planes del gobierno argentino. La partida de ajedrez había sido un pretexto. El robot, llamado cariñosamente Serpico, pronto fue subido al barco de regreso y nadie pudo corroborar ni negar las versiones sobre el espionaje ilegal. Aunque Luciana, Carlos y los miembros del club se sintieron estafados ya no podían hacer nada. Algunos creen que este hecho fue el resorte interno que impulsó el fin de Luciana. Ella se mató en un accidente en la ruta y algunos piensan que el choque no fue casual sino el hecho perfecto para ocultar una acción política. Los más desconfiados sostienen que se trató de una venganza frente al espionaje japonés ya que se supo que en una célula peronista se rumoreaba que el robot había sido enviado por los soviéticos y que Carlos había sido cómplice de un complot ruso-japonés.

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Aunque después de la muerte de Luciana Carlos intentó con un par de chicas, nunca pudo superar la muerte de su único amor. La veía en los charcos de las calles grises y en las manchas de humedad de los hoteles del mundo. Carlos es muy viajero y estuvo en París varias veces siguiendo el rastro de sus cineastas faro. Devoto del cine que trabaja con una iluminación espectral, adora el choque de la luz en los cristales, los cuerpos y las plantas. En una de sus visitas a la ciudad caminó por los jardines de Luxemburgo buscando las formas de la vegetación y las esculturas según el choque de los rayos del sol otoñal. Se metió por el boulevard Saint Michel hasta alcanzar la vereda de una librería y compró un ejemplar de Una tirada de dados, en francés, y se lo regaló a Edgardo con una dedicatoria particular: Carlos cree que ese librito ligado al azar y al blanco de la página es el antecedente lejano del cine experimental. Con el libro en la mano, como si fuera un amuleto, deambuló solo por el boulevard, tímido, siguiendo los reflejos lumínicos en las ventanas irregulares de los edificios.

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Edgardo evoca quizás la escena más conmovedora en la vida de su amigo. Carlos Escudero tiene 30 años. Está en la terraza de su casa, un PH en un barrio de los suburbios. Saca la cámara VHS y dirige a dos actores. El muchacho y la chica miran al cielo. Filma con esa camarita la primera escena de su primer corto, el que ganó un concurso en un Festival de San Petersburgo.

“Nadie vio el corto aquí en Mardel”, dice Edgardo que dijo Carlos Escudero, “la gente tiene muchos prejuicios, todo lo que viene de Moscú, después de la caída del muro de Berlín, es visto como una basura comunista, una estupidez salida de la cabeza de un lunático. El corto triunfó donde debía triunfar. Pero aquí nadie le dio bolilla”.

En la escena previa al final, sobre el telón de fondo de un sol naranja, dos alienígenas caminan por el mar o en una superficie acuática. Edgardo explica que eso fue filmado en la zona de Cariló.

Vanguardista y elemental, el corto realizado con escaso presupuesto, narra la vida miserable de unos humanos después de la caída del comunismo soviético. Al principio, uno de los alienígenas vive una historia amorosa con una chica terrícola. En el entorno de la degradación ambiental, la chica rompe la relación con el alienígena; en los planos siguientes vemos que la nave huye de la Tierra.

Escudero filma una historia localizada en espacios abiertos –el mar de Cariló, que en ese tiempo era un desierto de gente– y en espacios cerrados para las escenas amorosas: la habitación con luces de colores y el sótano de un hotel. Probablemente ese sea el hotel en el que se reunían a escuchar la voz de Lenin, dice Edgardo. Todo se desvanece después de la caída del muro. Los alienígenas huyen despavoridos al ver que los árboles, la llanura, las plantas, los animales, el mar, los ríos se pudren, pierden oxigeno por la contaminación incontrolable.

En ese tiempo, dice Edgardo, nadie hablaba de contaminación y esas porquerías burguesas. Carlos fue un visionario, un tipo que iluminó el presente con una camarita comprada en Once y con cinco actores vestidos con la ropa prestada por un diseñador de ricos. Así es el cine, querido Soberón, dice Edgardo con énfasis, un invento sin futuro que habla del futuro. Admiro lo que hizo mi amigo porque va más allá de la literatura. El corto muestra el universo con los ojos de un lunático no vidente. Le muestra a alguien que no ve el tiempo cómo será el futuro. «Furia al amanecer» sigue una máxima del ruso Tarkovski: el cine esculpe el tiempo y muestra la narración de lo que ha visto un ciego.

 

 

Fragmento del libro Futuro Berg, Editorial La Papa, 2025.

 

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