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La hermosura indisciplinada de Tucumán

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Por Nicolás Salvi.

Trabajo en Tucumán, vivo en Termas de Río Hondo y nací en Las Grutas. Cada semana cruzo la frontera invisible entre Santiago y Tucumán, y en ese trayecto corto —menos de una hora— parece que se atravesaran ríos y montañas. Son señales la humedad que cambia y la densidad del tráfico que empieza a apretarse como una mano tensa apenas se cruzan las rotondas de la entrada de San Miguel. 

En Tucumán el tiempo tiene una textura distinta. Todo se acelera, mezcla y recalienta. Hay algo en el aire, y no sean malpensados, no me refiero a la contaminación. Es una mezcla de vértigo, ingenio y ruido que ningún tucumano parece notar del todo, como si vivieran dentro de una tormenta que ya dieron por natural.

Tucumán es más hermoso de lo que sus habitantes sospechan. Pero esa hermosura no es dócil. No está hecha para el turismo ni para el marketing institucional. Es una hermosura indisciplinada, con barro, bocinas y una insolencia vegetal que crece incluso en los lugares equivocados. El verde invade, insiste y se derrama por las paredes y los techos, como si el calor fuera una forma de voluntad. Hasta el caos florece en Tucumán. Sin embargo, los tucumanos lo miran con resignación, como si la belleza fuera una molestia y un obstáculo para la eficiencia.

La ciudad de San Miguel tiene esa arrogancia de los lugares que fueron centro de algo —de la historia, del poder, de la revolución y la independencia— y que ahora fingen no recordar. Todo está cargado de un pasado que se disimula con carteles publicitarios y fachadas decimonónicas destruidas por los brutales arquitectos del siglo pasado. Cada edificio antiguo que se derrumba lo hace con la dignidad de la que no gozan sus verdugos. Cada árbol de jacarandá que florece sobre un absurdo basural lo hace como un recordatorio de que la estética no necesita permiso. Tucumán es la provincia del azúcar y del exceso. Todo aquí ocurre con demasiada intensidad.

No obstante, el discurso cotidiano es el del lamento. “E’to tá’hecho aca”, dicen los tucumanos con puro desencanto. Se lo dicen entre ellos como quien comparte una verdad irrefutable. Un fatalismo que tiene algo de refugio. Sirve para no hacerse cargo de lo que brilla. Hablar mal de Tucumán es un modo de pertenecer. Es la contraseña que permite seguir circulando por su pequeño infierno luminoso sin tener que amarlo demasiado.

Lo entiendo. Tucumán puede ser insoportable. El calor no perdona, el tránsito es una guerra sin reglas, la violencia es cotidiana y la politiquería parece una parodia perpetua. Pero todo eso es parte del mismo tejido que produce su encanto. No es que lo malo sea bueno, sino que lo malo es relativo. Incluso en su peor versión, Tucumán sigue teniendo una vitalidad que otras provincias envidiarían. Lo sucio, lo violento y lo ruidoso son síntomas de una energía que no encuentra cauce, no de una carencia de “algo”.

Desde Termas miro Tucumán con cierta distancia, la que da el agua quieta. En Santiago del Estero, desde 1820, todo se mueve algo más lento; hay una resignación más antigua, casi geológica. Tucumán, en cambio, se devora a sí misma con un apetito adolescente. No hay equilibrio, pero hay movimiento. La vida cultural hierve en medio del desastre. En cualquier semana se puede asistir a un recital de jazz en un barcito improvisado, una muestra de arte en una casa prestada o una conferencia sobre la situación en Siria donde todos discuten como si el destino del país dependiera de esa noche. Esa efervescencia es el signo de una sociedad que, pese a su escepticismo, sigue creyendo que algo se puede hacer.

A veces pienso que el tucumano no soporta su propio potencial. Que su pesimismo es una forma de defensa contra la intensidad con la que vive. Lo veo en mis colegas, en los estudiantes y en los amigos de café. Hay una lucidez corrosiva, una inteligencia que se disfraza de ironía, una manera de hablar mal de todo con un talento que roza el arte. Pero detrás de esa crítica permanente hay una fe oculta en la posibilidad de algo mejor. Nadie se queja tanto de un lugar si no lo ama en secreto.

Tucumán es también profundamente político, en el mejor y en el peor sentido. Tiene una densidad de poder que asusta y fascina. Las roscas, los clanes, los pactos, los mini imperios locales. Todo eso que desde afuera parece patológico, aquí funciona como un sistema solar propio. Esa misma astucia que produce clientelismo también genera supervivencia, creatividad y adaptación. El tucumano puede hacer política con cualquier cosa: un mate, un rumor o una mirada. Y esa destreza —torcida o no— que sobresale en su furioso hablar que no necesita de tantas eses ni enes, es una forma de razón colectiva que merece más estudio y menos desprecio.

A nivel estético, Tucumán debería ser declarado laboratorio de contrastes. La luz es brutal, parte en dos las cosas. El mismo rayo que ilumina un convento barroco se refleja en un charco de aceite y los dos brillan igual. Hay belleza en los detalles que nadie fotografía. El humo de los colectivos mezclado con el perfume de los lapachos, el canto de los vendedores ambulantes que parece una letanía urbana o los mil paisajes que rodean la metrópolis capital que se cree pueblo. Es una belleza que se impone, incluso cuando molesta.

Lo místico de Tucumán no está en sus iglesias ni en su cabildo que perdió. Está en la densidad del aire. En esa humedad que no deja respirar pero hace que todo crezca. Hay una espiritualidad pegajosa, una presencia que se mete en la piel. En ocasiones pienso que vivir aquí es como habitar el pulmón del país: se siente todo, lo bueno y lo malo. Quizá por eso los tucumanos están cansados de sentir.

A los que venimos de otros lugares, esa mezcla nos descoloca. En Las Grutas, el viento indómito te enseña a mirar lejos. En Termas, la brisa lenta te enseña a esperar. En Tucumán, el calor te enseña a arder. Son tres lecciones del mismo cuerpo: distancia, paciencia e intensidad. Quizás por eso me resulta tan difícil explicarle a los tucumanos por qué su provincia me parece hermosa. No es un elogio turístico. Es que en Tucson aquí hay algo vivo, rebelde, que no se deja reducir a estadísticas ni diagnósticos.

Caminar por San Miguel un lunes a la tarde es una experiencia a ser vivida. Todo parece desbordado y, sin embargo, todo funciona. Los colectivos pasan cuando quieren, los autos se cruzan sin mirarse, los vendedores ofrecen achilata como bien comestible con una fe inquebrantable. Hay música en el desastre. Si uno logra dejar de resistirse, entiende que la ciudad no es desorganizada, es orgánica. Tiene su propio pulso, su propia lógica de exceso. Tucumán no busca ser Buenos Aires ni Madrid, mucho menos Filadelfia. Busca ser Tucumán, aunque no lo sepa.

La vida cotidiana aquí tiene la dimensión heroica de la persistencia. El tucumano se levanta, se queja, trabaja, ríe, discute, se ofende, y vuelve a reír. Todo en la misma jornada. Hay una elasticidad emocional que ya querrían las sociedades más “civilizadas”. Esa plasticidad es su mayor fuerza y su mayor castigo. Porque quien puede adaptarse a todo termina creyendo que nada puede cambiar.

Por momentos me pregunto si Tucumán se reconoce a sí misma. Si su historia de luchas, su peso político, su cultura de ingenio no están esperando una narrativa nueva. Tal vez lo que falta, más que infraestructura, sea verdadera imaginación. Una manera distinta de mirarse, sin la autocompasión del que se sabe víctima ni la soberbia del que se cree centro. Algo más humilde y más potente. La conciencia de ser un lugar donde la vida todavía pulsa con intensidad.

No quiero idealizar. Tucumán puede ser dura, fea e injusta. Pero incluso en su aspereza hay una temperatura humana que no se encuentra en ningún otro lugar.

Desde las Termas, cuando el vapor sube del río Dulce al caer la noche, pienso en San Miguel como en un organismo inquieto, de esos que no pueden detenerse. Insoportable, pero vital. Tucumán no busca redención: exige atención. Basta con mirarla sin el hábito del desencanto.

Acaso mi optimismo sea una forma de provocación. Hoy la queja parece un signo de inteligencia, decir que Tucumán es hermosa suena casi estupido o en el mejor de los casos naif. Pero estoy convencido de que en esa hermosura indisciplinada, que no se deja domesticar ni vender, hay una lección sobre lo humano. Lo bello no siempre es limpio, ni lo sagrado está libre de mugre. Tucumán enseña eso todos los días, aunque nadie tome nota.

Sigo yendo y viniendo, cruzando del Dulce al Salí y aceptando la fábula de que son ríos distintos. Tal vez por venir del sur aprendí a mirar el norte sin miedo.

5 COMENTARIOS

  1. Adhiero a lo expresado. Es una belleza que nunca va a poder ser retratada en postales, por más duros intentos que hayan hecho desde gobernadores de facto hasta electos en embellecer parques, en organizar plazas o paseos. No nace ni se limita a la naturaleza hermosa que la rodea o a la arquitectura que bien describe. Es una belleza que se siente, es humana, es vegetal, cultural, es una mezcla de todo. Muy bonito texto, Calvi

  2. Como tucumana viviendo hace 20 años en caba, puedo decirte como has plasmado en palabras ese tucuman, ya que es todo eso que describes y mucho más!.
    Abrazo
    Claudia

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