Por Rodrigo Fernando Soriano.
Una de las obras literarias más importante de estos últimos veinte años es la “El señor de los Anillos” de J.R.R. Tolkien. Exquisita por donde se la analice. Pero en esta nota quiero traer la trama que protagoniza el personaje llamado “Gollum”. En él vive una relación de amor y posesión que comenzó de manera noble, casi heroica, pero que con los años se volvió obsesiva, temerosa, deformante. Gollum no podía vivir si su “tesoro”, pero tampoco podía vivir con él.
Tejiendo un paralelismo con esa obsesión exacerbada y tóxica, que obedece a razones nobles, podemos también analizar el pensamiento político argentino, y en especial el Derecho del Trabajo: lo protege tanto, que lo inmoviliza.
El peronismo, en su origen, erigió su bandera en pos de resguardar los derechos de los trabajadores como una epopeya de justicia social. Dio voz, visibilidad y dignidad a una clase trabajadora que era invisible. Fue un punto de inflexión que cambió el mapa moral del país: el trabajo dejó de ser un sacrificio y pasó a ser un derecho. Pero con el paso del tiempo, esa gesta se convirtió en culto. Y el culto, cuando olvida el contexto, se vuelve reliquia. Lo que alguna vez fue una conquista necesaria, empezó a ser tratado como un objeto sagrado, intocable, incluso cuando el mundo del trabajo cambió por completo.
En estas últimas elecciones, a pesar de verse seriamente amenzados los derechos laborales, con un triunfo aplastante ganó la opción que a viva voz decide abolir aquellos “derechos conquistados”. ¿Será que como sociedad renunciamos a aquellos?. Aquí es donde toma relevancia esa disonancia en la tragedia tolkieniana: el deseo de preservar lo que fue justo, se convierte en miedo a cualquier cambio, incluso a los cambios que podrían fortalecer aquello que se quiere proteger.
Con una baño de realidad, y a cuesta del dolor que me representa dejar de lado convicciones que en mi representaban contenidos pétreos, creo que es hora que de una vez por todas se redefina que es lo que la sociedad reclama por “derecho laboral”. En nuestro país el “trabajador” entendido como una persona en relación de dependencia dejó de ser el centro de debate. Hoy, ese “trabajador” se transformó en un “laburante”, que en la jerga se entiende aquel emprendedor, monotributista, que desafía los avatares diarios con su propia empresa, sin dirección técnica de nadie más que su propia conciencia. El cadete de pedidos ya es su propia empresa; la vecina que tiene su “showroom” de ropa es una laburante; la cosmetóloga que pudo poner su local también es una laburante; el uber es un laburante. Creo que es hora de abandonar la idea de ese empresario tenobroso que esclaviza al obrero. Hoy nos esclavizamos a nosotros mismos. A nuestra costa.
Es aquí entonces donde debe girar el debate, para preguntarnos porqué le interesaría a una persona monotributista, un laburante, extender una jornada laboral si en rigor trabaja todo el día. Porqué sería vital la indemnización en sustitutiva por despido sin causa, y con lo que cuesta llevar adelante un proceso judicial en el que no gana ni el empleador, ni el empleado. Porqué sería tan terrible ser despedido, si la mayoría de los argentinos prestan su servicio en el Estado o bien, se dedican a ser “servicio”. No es un debate fácil, lo reconozco. Pero tiene que existir una apertura a dicho debate.
También me sucede que quiero seguir creyendo que nadie contrata pensando en despedir. Se contrata por necesidad, por expectativa, por futuro. El Derecho del Trabajo, cuando funciona, no es un freno. Lo que sucede que una persona que da trabajo a otra, hoy como están dadas las cosas, no sabe a ciencia cierta cuanto deberá pagar por ello. Y no hay mayor costo que la incertidumbre.
Según los últimos resultados, creo que debemos concluir que no nos interesa “abaratar el despido”. Pero, lo que no negocio es todo aquello anterior a que suceda el distracto laboral. Veamos.
El trabajo no registrado es doloroso. Por un lado existe miedo a no llegar a cubrir los cotos, a que una inspección de Arca te tumbe, a que el contador llame porque los números no cierran. Pero a la vez jugamos con el futuro de quien pone el cuerpo para generar riquezas en una empresa. Por eso, las reformas laborales deben ser una puerta abierta de verdad para blanquear, que sea simple, a costo razonable, con consecuencias serias, y un sistema de sanciones proporcionado al tamaño y a la conducta. Premios claros para el que haga bien las cosas, castigos claros para el que haga trampa. Sin teatralidad moral. Sin cinismo.
La viveza criolla de las licencias médicas es algo que no acepto, pero tampoco la tiranía burocráctica del trabajador que realmente las necesita. El justo paga por el pecador. ¿De verdad no podemos unificar el proceso en una ventanilla sanitaria que pague, controle y deje traza, con derecho del empleador a verificar? Menos fricción, menos roces chicos que devoran confianza grande. Y pienso en el regreso de quien quedó con una incapacidad: si hay que reubicar, se reubica; si no hay tarea posible, que la salida sea clara y pareja, sin ficciones contables que terminan castigando a todos.
Hace cuatro décadas existe una ley para un Fondo de Garantía que proteja créditos laborales cuando la empresa se queda sin nafta. Dormida por falta de reglamentación. No es ideología; es sentido común. Protege a quien trabaja y evita que la pyme resuelva con despidos lo que podría resolverse con un puente de liquidez. En un país que se acostumbra a incendiar los muebles para calentarse, a veces alcanza con no trabar la canilla del agua.
Me importa, también, el tiempo humano. La jornada de ocho horas fue un gesto civilizatorio. Hoy el transporte le roba a muchos el ocio y el descanso que la ley prometió. Si pedimos flexibilidad, que sea a la luz y con precio justo: las horas extraordinarias son extraordinarias. Un “banco de horas” mal pensado es hacer deuda con el cuerpo. Y el cuerpo siempre factura.
Sobre lo sindical, menos grito y más regla. ¿Quién representa, cómo se elige, qué protección tiene? Blanco sobre negro. En las empresas gigantes puede tener sentido una representación propia; en las pymes, la delegación alcanza si no se transforma en escudo para cualquier conducta. La jurisprudencia ya marcó el rumbo: falta que la ley dibuje el contorno sin zonas grises.
Y la negociación, por favor, que vuelva a negociar. Descentralizar no es balcanizar: es acercar la mesa adonde hay paridad. Convenio de actividad cuando la pyme es un colibrí frente a un molino; convenio de empresa cuando hay espalda y responsabilidad compartida. Ultraactividad que sostenga lo salarial y las condiciones de trabajo, sin eternizar cláusulas institucionales por pura inercia. “Cuota de solidaridad” transparente, proporcionada, cobrada sin laberintos. Nadie se hace fuerte debilitando al otro.
En paralelo, tres asuntos que casi siempre pateamos: formación continua con fondos sectoriales para no perder gente por falta de proyecto; comités mixtos de salud y seguridad adaptados por tamaño, para que la prevención sea cultura y no trámite; y protocolos de huelga que respeten el derecho a parar y el derecho a trabajar, con conciliación a tiempo y anuncio razonable. Democracia industrial sin vivezas criollas.
No estoy pidiendo que la empresa se lleve todo. Pido que la ley no obligue a nadie a llevarse puesta la ley para sobrevivir. Hay una ética mínima de la producción: ganar sin humillar, cuidar sin ingenuidad, cumplir sin que el cumplimiento sea una carrera de obstáculos. Si las reglas son claras y estables, el resto es trabajo y suerte.
Si vamos a reformar entonces, primero hay que desterrarnos de pensamientos que nos impiden avanzar. Gran parte del fracaso del peronismo es no “abandonar su anillo”, siendo además que a lo largo de la historia el movimiento peronista fue dinámico. Hasta el mismo Perón era hijo de un padre aristócrata, y de una madre laburante oriunda de Lobos. Era mezcla de ambos.
Así, el peronismo, en su versión más cerrada, defiende los derechos laborales como si fuesen piezas de museo: perfectas, pero petrificadas. Y al hacerlo, pierde de vista lo que en el fondo los hacía valiosos: su capacidad de adaptarse, de responder a las transformaciones del trabajo, de proteger al débil en un contexto que siempre se mueve.
Porque los derechos no se honran repitiendo consignas; se honran manteniéndolos vivos. Y mantenerlos vivos implica discutirlos, revisarlos, actualizarlos. No hay nada más contrario al espíritu original de la justicia social que convertirla en dogma. En eso, Gollum también tenía razón sin saberlo: “Mi tesoro”, decía, pero el tesoro lo dominaba. Quizá, si el peronismo no suelta un poco ese anillo, corra el riesgo de quedarse solo, murmurando en la oscuridad, mientras el mundo del trabajo sigue su curso sin esperarlo.
No olvidemos, como dice Supiot, el Derecho Laboral ha sido, con la seguridad social, la gran invención (del Siglo XX) y sus planteamientos generales no han perdido ni un ápice de su vigencia; únicamente habrá que adaptarlos de manera continua al cambio socioeconómico, sin dejar de referirlos a los valores que constituyen sus cimiento.
