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La rebelión de las masas

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Por José Mariano. 

El hecho característico del momento es que las masas han ingresado a pleno en el escenario social.

José Ortega y Gasset.

Durante décadas, la maquinaria electoral peronista pareció invencible. Era una arquitectura simbólica que unía política, afecto y pertenencia. Supo convertir la necesidad en identidad, la emoción en dogma, el voto en fe. Nadie dudaba de su poder, movilizaba multitudes, moldeaba imaginarios, dictaba el pulso moral del país. Pero esa maquinaria, que durante tanto tiempo fue el corazón del relato argentino, hoy se resquebraja. No porque haya sido derrotada por un adversario, sino porque perdió su capacidad de representar.

Lo que se desmoronó no fue una estructura partidaria, sino un pacto simbólico. La masa —esa figura tantas veces tratada como materia maleable, como cuerpo obediente del poder— comenzó a rebelarse contra el relato que la contenía. Cansada de ser hablada, eligió hablar. Cansada de repetir una historia ajena, prefirió inventarse una, aun a riesgo de equivocarse. Esa decisión —votar distinto, descreer, desconectarse— es hoy una forma de emancipación silenciosa.

Las elecciones recientes no fueron un cambio de rumbo, fueron el síntoma visible de una mutación invisible. La masa ya no reacciona como antes. No cree en los salvadores ni en los discursos que prometen redención. En ese descreimiento colectivo emerge algo nuevo, una multitud que, aun sin mapa ni certezas, busca su propio camino fuera de los aparatos tradicionales del poder.

Ortega veía en ese fenómeno el peligro del “hombre-masa”: un individuo satisfecho, incapaz de salir de sí mismo, convencido de tener razón aunque haya dejado de pensar. Lo definía como alguien afectado por una hemiplejia moral, una parálisis de una mitad del alma, aquella que nos permite distinguir entre el saber y el deber, entre la técnica y la ética, entre el interés y el sentido. El hombre-masa —decía Ortega— podía manejar máquinas complejas, pero ya no sabía manejar su propia conciencia.

Esa parálisis no se manifiesta solo como falta de sensibilidad, sino como pérdida de perspectiva. Ser de izquierda o de derecha —advertía Ortega— es una de las dos formas que tiene el hombre de ser un perfecto imbécil, porque elegir un extremo es renunciar a comprender la totalidad. Esa es la esencia de la hemiplejia moral: ver solo la mitad del mundo y creer que se lo ha entendido entero.

Hoy esa enfermedad ya no pertenece a la masa, sino a las élites. Son ellas las que viven atrapadas en su propio dogma, enredadas en los rótulos que crearon para dividir lo que deberían comprender. Habitan una cultura del poder que premia la obediencia ideológica y castiga la duda, que confunde lealtad con lucidez. Repiten sus consignas no porque crean en ellas, sino porque ya no saben hablar de otra manera. La hemiplejia moral de nuestro tiempo no es la ignorancia del pueblo, sino la incapacidad del poder para mirar más allá de sus propios espejos.

La tecnología, mientras tanto, ha socializado el conocimiento. Lo que antes era patrimonio de unos pocos —el saber, la información, la capacidad de interpretar el mundo— hoy circula sin jerarquías. Cada individuo se convierte, sin saberlo, en un nodo del pensamiento colectivo. Esa democratización abrupta, desordenada, cambia la forma de comprender la realidad. La inteligencia ya no baja, sino que se distribuye. Y en esa dispersión, la masa aprende, compara, duda, interpreta.

Deleuze lo habría llamado rizoma, un sistema sin centro ni raíz, donde el conocimiento se propaga por conexiones imprevisibles, no por órdenes jerárquicos. Así funciona hoy la conciencia social, no crece hacia arriba, sino hacia los costados. Y esa horizontalidad erosiona los cimientos del poder que se sostenía en la distancia entre el que sabe y el que escucha.

Lo que parecía un instrumento de control —la hiperconectividad, los algoritmos, la inteligencia artificial— está generando una paradoja histórica, al mismo tiempo que vigila, emancipa. Expone el artificio del discurso político, desnuda la repetición, erosiona la autoridad del intérprete. La palabra ya no pertenece a los que se creían sus dueños. El monopolio del sentido se quebró.

Pero frente a ese nuevo escenario, las élites políticas y mediáticas reaccionan con una mezcla de desconcierto y cinismo. Como observó Sloterdijk, el cinismo moderno consiste en “saber lo que se hace, pero seguir haciéndolo igual”. Esa es hoy la enfermedad del sistema, dirigentes que conocen el agotamiento del relato, pero lo repiten por reflejo; voceros que saben que nadie los cree, pero siguen hablando. En ese gesto se revela el límite del poder, su incapacidad de callar cuando ya no tiene nada que decir.

El sistema no cae por una revolución, se desangra por saturación. Las estructuras que antes garantizaban orden —el partido, el medio, la autoridad— se vuelven obsoletas frente a una multitud que ya no necesita mediadores. En el fondo, esta es la verdadera rebelión, la del conocimiento que se socializa más rápido que el poder que intenta dirigirlo.

Ortega temía la uniformidad de las masas. No imaginó que un siglo después serían las masas las que se rebelarían contra quienes las subestimaron. La historia no siempre avanza por decisión, a veces lo hace por cansancio.

Y cuando la masa deja de creer, el poder deja de existir.

Todo lo demás —los discursos, los algoritmos, los gestos— es apenas la forma visible de una transformación más profunda.

Una que ya empezó, y que nadie dirige.

 

 

Bienvenidos a la Edición 35. 

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