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Disculpen las molestias

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Por Fabricio Falcucci.

¿es justa la justicia?

La tiza golpeó el pizarrón con un sonido seco. Eduardo Galeano escribió la pregunta sin mirar a nadie, como si ya supiera que lo que estaba por ocurrir no sería una clase común. El aula parecía más chica de lo habitual y las paredes, más atentas. Los cuatro hombres sentados frente a él —Kelsen, Hart, Dworkin y Cossio— ocupaban sus pupitres con una mezcla de solemnidad y desconcierto. No eran profesores ni conferencistas ese día. Galeano los había convertido en alumnos. Había algo deliberado en esa inversión de roles, como si necesitara que cada uno hablara desde una intemperie distinta, no desde la comodidad de sus bibliotecas. Cuando terminó de escribir, apoyó la tiza, se dio vuelta y dijo con suavidad: ¡cuando quieran, señores!

Hans Kelsen tomó la palabra con la seguridad de quien cree que el orden puede resistir cualquier tempestad. Expuso su teoría como quien levanta una pirámide de formas perfectas. Para él, el derecho solo podía sobrevivir si se mantenía puro, separado de la moral y de la política, sostenido por la firmeza de una estructura normativa que no se doblegara ante pasiones ni arbitrariedades. La justicia no era un atributo de la ley. Era un ideal incierto, irracional, demasiado movedizo para descansar sobre él. Kelsen necesitaba un derecho que no vacilara. La validez es lo que importa en el orden jurídico. El profesor Galeano escuchó en silencio, con una atención que parecía venir de otro lugar. Y mientras las palabras se ordenaban en el aire como ladrillos, una pregunta de sus viejos textos se colaba por la ventana abierta: ¿por qué la justicia es ciega de un solo ojo? Esa duda flotó un instante, invisible pero viva, como si midiera la distancia entre el edificio perfecto de Kelsen y las grietas del mundo real.

Herbert Hart continuó con un tono distinto, más pragmático, más atento a la textura concreta de las instituciones. Habló de reglas primarias y secundarias, de prácticas compartidas, de la estructura profunda que sostiene a una comunidad cuando acepta que ciertas conductas son obligatorias y otras no. Explicó la diferencia entre reglas que ordenan comportamientos y reglas que organizan cómo reconocemos y cambiamos el derecho. Admitió que el lenguaje es vago, que hay zonas donde las normas no alcanzan, pero confió en la prudencia de los intérpretes y en la capacidad del sistema para dar sus respuestas. Galeano tomó notas breves, como si cada palabra fuera un pequeño test para el mundo que lo esperaba afuera. En ese silencio volvió a asomar otra de sus preguntas, afilada como un cuchillo: ¿quiénes son los piratas? ¿Los muertos de hambre que asaltan barcos o quienes asaltan países enteros desde oficinas en las alturas? La pregunta no desmintió a Hart, pero insinuó que el equilibrio institucional no siempre alcanza para nombrar la injusticia.

Dworkin levantó la mano con una convicción distinta. El derecho no podía agotarse en reglas. Necesitaba de valores y fundamentalmente principios. No solo orden sino sentido. Propuso ver el sistema como un relato colectivo, una novela escrita por generaciones donde cada juez debía buscar la interpretación más coherente y más respetuosa de la dignidad humana. Habló del juez Hércules, ese lector incansable capaz de sostener el peso moral de las decisiones difíciles. No se trataba de aplicar reglas sino de honrar derechos. Galeano lo miró con algo parecido a una sonrisa tenue. Había una afinidad posible, un eco moral compartido. Y, sin embargo, volvió a aparecer una duda del propio Galeano, como un golpe en la mesa: si la justicia internacional existe, por qué nunca juzga a los poderosos; será que ellos tienen las llaves de las cárceles. La frase no anulaba a Dworkin, pero recordaba que aun la mejor novela jurídica debe enfrentarse a un reparto desigual del poder.

Cossio cerró la ronda con calor humano. Soltó su teoría egológica con la naturalidad de quien habla desde la experiencia vivida. El derecho para él no era un edificio ni una novela. Era una comunión de conductas, una interacción humana cargada de significados, emociones y conflictos. La norma no existía sin el sujeto que la ejecutaba o la padecía. La justicia tampoco podía pensarse sin pisar la tierra donde esas vidas se entrelazan. Mientras hablaba, los otros tres guardaron un respeto extraño, como si reconocieran que allí había algo que no se podía atrapar en teoría pura. Galeano lo escuchó con la misma calma. Y apareció entonces otra de sus preguntas, sencilla y feroz: por qué la serpiente siempre pica a los descalzos. La imagen condensaba en una línea todo lo que Cossio señalaba: sin experiencia concreta, el derecho se vuelve un ejercicio estéril.

La clase quedó suspendida en un silencio espeso. Los cuatro esperaban la conclusión del docente, como si él pudiera hilvanar las piezas sueltas. Galeano se acercó al pizarrón, observó la pregunta que había escrito al comenzar y habló sin solemnidad. Dijo que todo lo dicho era valioso y a la vez insuficiente. No por errores conceptuales, sino porque la justicia se escurre entre los dedos cuando se intenta fijarla en una teoría. Es astuta. Se deja ver apenas. A veces solo muestra la sombra.

Miró hacia afuera del aula como quien mira el país entero comprimido en un resplandor. Dijo que en Argentina la justicia es el poder menos renovado de la democracia, el menos permeable al control ciudadano, el que decide sobre la vida, el patrimonio y la libertad y aun así permanece incólume desde hace décadas. Un Poder Judicial concebido para un país que ya no existe y que en muchos aspectos sigue funcionando con lógicas y beneficios para pocos. Hay zonas que permanecen blindadas al paso del tiempo, espacios donde casi nada cambia, aunque todo alrededor cambie. En ese inmovilismo, la desigualdad avanza y son, como siempre, los más vulnerables quienes terminan pagando el costo más alto.

Galeano subrayó la pregunta del pizarrón con un trazo firme. Dijo que quizás haya llegado el momento de replantear en serio el funcionamiento de nuestras instituciones, de revisarlas con la profundidad que el tiempo y la sociedad vienen reclamando. Tal vez de una reforma que devuelva la justicia a la sociedad y la torne más cercana a las vidas reales y menos a la inercia corporativa. Los cuatro “alumnos” guardaron silencio, como si entendieran que esa parte de la clase no les pertenecía. Galeano cerró el cuaderno y murmuró que solo cuando el sistema se atreva a cambiar podremos volver a preguntar si la justicia es justa sin obtener siempre la misma respuesta.

La clase terminó.

O empezó.

Eduardo Galeano. “¿Es justa la justicia?”. Texto publicado en diversos medios latinoamericanos y recopilado en obras del autor, entre ellas Patas arriba: la escuela del mundo al revés (edición ampliada, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2008).

 

3 COMENTARIOS

  1. «Me parece fascinante cómo Galeano logra trasladar la complejidad del concepto de justicia a un aula, convirtiendo a figuras clave del derecho en alumnos. Su análisis nos invita a cuestionar y reflexionar sobre las posturas de cada uno de ellos para desgranar el concepto polisemico de derecho y mira no solo la estructura del sistema judicial, sino también cómo se relaciona con la realidad de la vida cotidiana. Es muy importante que como estudiantes , hagamos analisis críticos del alcance de la justicia en todos sus aspectos y que las instituciones deben acercarse a las necesidades reales de la sociedad.

  2. Como estudiante de Derecho, y desde mi formación en la Diplomatura en Política y Gobierno de la UNT junto con la experiencia en la Generación Líderes 2030 de la Fundación Proponer, este texto me interpela profundamente. La escena que propone Galeano no solo revisita las grandes teorías del derecho, sino que las baja al terreno político e institucional, donde la justicia deja de ser un concepto abstracto y se convierte en una práctica concreta que impacta en la vida de las personas. Coincido en que no alcanzan sistemas jurídicos técnicamente correctos si no dialogan con la realidad social y con las desigualdades persistentes. Pensar la justicia hoy exige una mirada política responsable, capaz de revisar estructuras, renovar instituciones y acercarlas a la ciudadanía. Este tipo de reflexiones son indispensables para quienes creemos en una democracia más transparente, participativa y orientada al bien común, y refuerzan la necesidad de formar liderazgos con sensibilidad social y compromiso con el futuro.

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