Por Sergio Gabriel Lizárraga.
Abre el ataúd, se levanta y sale de él con el mayor de los esfuerzos, con el menor de los entusiasmos. Cada vez cuesta más.
Imita el mejor peinado de peluquería, se maquilla con colores tenues, se viste elegantemente, pero con sobriedad, con decencia.
Como cada mañana, el marido duerme, en su propio ataúd, murmurando un nombre que no es su nombre; los hijos la ignoran, el trabajo la abruma.
Sale a la calle, con los folletos y las revistas, a anunciar el fin, los juicios y los castigos, mientras convierte en sal a toda mujer que ríe.
Cuando tenía alas, ella soñaba con ser mujer y con reírse.
Publicado en la antología del microrrelato tucumano Fervor de Tucumán II, (La aguja de Buffon ediciones, 2024) compilada por Ana M. Mopty
