InicioCineNÁUFRAGOS (Parte II) — El nacimiento del capitán que nadie pidió

NÁUFRAGOS (Parte II) — El nacimiento del capitán que nadie pidió

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Por Aníbal D’Auria.

 Entrega 2 de 3

En el bote ya no falta gente, falta el sentido. La presencia del alemán empieza a torcer las conversaciones, los miedos y las decisiones. Los náufragos creen estar discutiendo qué hacer con un prisionero, pero en realidad están negociando algo mucho más profundo: la entrega de su voluntad.

III

Con el alemán a bordo se inicia una discusión acerca de qué hacer con él.  El problema adquiere intensidad dramática por contraste con la reciente muerte del bebé, víctima directa del naufragio causado por el submarino del cual proviene el extranjero.  

El alemán dice que lamenta haber torpedeado el barco de los náufragos.  Porter, que habla alemán, oficia de traductora.  Cuando le preguntan por qué atacaron un navío civil, el alemán responde que fueron órdenes de su capitán y que él ni siquiera es oficial.  Pero esta es una de las tantas mentiras del futuro líder gobernante, pues era él efectivamente quien capitaneaba el submarino.  Capitán o no, Kovak, que es comunista o socialista, quiere arrojar al alemán al mar.  Porter dice que el alemán no puede ser responsabilizado por cumplir órdenes.  Rittenhouse, que estará toda la película con un puro en la boca, dice que apoyará lo que decida la mayoría (pues ése es el modo americano) pero que su posición es que hay que tratarlo humanamente (pues ése es el modo cristiano que hace posible ganar a un adversario para la propia causa).  Es decir, Porter y Rittenhouse coinciden.  Kovak dice que él también es americano, pero que tiene bien presente lo que los alemanes hicieron en Francia y en Checoslovaquia.  Gus, que está muy mal herido, dice que también él es americano y que los alemanes hicieron que se avergonzara de su apellido alemán (debió cambiar Schmidt por Smith).  Es decir, Kovak y Gus coinciden en matar al alemán.  Interviene Stanley y lleva el problema al terreno jurídico: aunque sería grato matarlo, dice, se trata de un prisionero de guerra a quien deben custodiar hasta entregar a las autoridades aliadas.  McKenzie apoya a Stanley.  Luego Rittenhouse (que se hace llamar Ritt porque en esta situación somos todos iguales) y Kovak preguntan a Joe su opinión:

¿Yo también tengo voto? –pregunta Joe sorprendido.

Claro –le responden.

Prefiero no mezclarme en esto –responde Joe finalmente.

Como se ve, el camarero negro se mantiene al margen. 

También le preguntan a la mujer que tiene al bebé en sus brazos y que recién ahí se da cuenta de que está muerto.  Sin responder, ella la emprende a golpes contra el alemán y la separan.  Por el momento parece haberse impuesto de hecho la posición de Porter y Ritt, apoyada por Stanley y McKenzie. 

Esta primera noche a la deriva termina con un improvisado funeral para el bebé, quien es echado al mar mientras su madre duerme atada a una silla para evitar que se arroje al océano detrás de su hijito.  Luego el alemán bosteza y se duermen todos.

IV

Al otro día comienzan a organizarse.  Constatan que no tienen muchas provisiones y, lo peor, que carecen de brújula.  El alemán sí posee una, pero como era de esperar, la oculta a sus compañeros de bote.  Esta brújula oculta es acaso el símbolo más importante de toda la película, pues sugiere que el único que está orientado y que sabe adónde quiere ir desde el principio, aunque lo oculte, es el futuro líder, aún en ciernes, con su decidida voluntad de poder y dominio.

Pero por el momento es Ritt, capitalista acostumbrado a mandar, quien da por sentado que debe ser el capitán del bote.  Lo primero que hace es nombrar a todos como jefes de algo (de enfermería a McKenzie, del diario de a bordo a Porter, de provisiones a Stanley, etc.).  Por el momento le obedecen, pero cuando logran izar una vela todos se dan cuenta que Ritt no es un buen líder, pues no sabe hacia dónde dirigirse.  La idea es dirigirse hacia el oeste, es decir, hacia las Bermudas, bajo jurisdicción británica, pero no pueden saber cuál es el rumbo porque carecen de brújula.  Stanley cree que es para un lado, aunque no está seguro.  Porter pregunta al alemán, que responde con seguridad en una dirección opuesta.  Acá comienza una nueva discusión acerca de creerle o no al alemán, quien, por cierto, con un truco de Porter, ha quedado en descubierto como capitán del submarino que los ha hundido.  Ritt y Porter, coincidiendo una vez más, quieren seguir el rumbo que marca el alemán, proponiéndolo como capitán, dada su experiencia.  Kobak se opone tajantemente, pues se trata de un enemigo que puede llevarlos hacia algún buque de aprovisionamiento alemán que navegue por la zona.  Si siguen al alemán pueden terminar todos en un campo de concentración.  Gus, una vez más, coincide con Kovak, y esta vez Stanley, seguido por McKenzie, también lo apoyan.  Kovak asume entonces como capitán y establece el rumbo que señalaba Stanley.  Cuando gira la vela, la máquina de escribir de Porter cae al agua, y ella vuelve a enojarse por otro bien material que ha perdido.

Como se ve, en este segundo debate vuelven a reproducirse las divisiones de clase que antes mencionamos: Porter y Ritt en un extremo (alta burguesía), y Gus y Kovak en el contrario (obreros); Stanley y McKenzie (símbolos de la clase media) vuelven a ser los árbitros de la decisión, y esta vez lo hacen en favor de la posición de los obreros.  Joe, como siempre, se mantiene al margen, como en otro mundo (recordemos que es profundamente religioso).

V

Una vez fijado un rumbo, cada cual se dedica a lo suyo.  Porter se lamenta porque poco a poco va perdiendo sus pertenencias: las medias, la manta, la cámara fotográfica, el tapado de piel, la máquina de escribir.  Ritt se regodea imaginando el boom de negocios que seguramente vendrá al terminar la guerra.  Stanley y McKenzie, cada vez más íntimos, conversan a solas en el timón.  Joe toca su flauta.  Kovak dibuja unas barajas a mano para jugar al póker.  Gus sueña con su novia y con el boogie-boogie.  El alemán mantiene distancia y observa todo desde la otra punta del bote.

De pronto McKenzie advierte que la pierna de Gus empeora aceleradamente: está gangrenada.  Hay que amputarla.  El único que puede hacerlo es el alemán, quien fue cirujano antes de comenzar la guerra.  Después que Porter logra convencer a Gus, el alemán lo opera con éxito y se gana la confianza del grupo.  Kovak sigue reticente ante el alemán (y Gus duerme borracho tras la amputación de su pierna), pero Stanley ahora ha cambiado de parecer y acepta cambiar el rumbo hacia dónde decía el extranjero.  Kovak, aunque sin convicción, acepta lo que dice la mayoría y ordena torcer nuevamente el rumbo.  

Pero durante la noche, mientras conversa con McKenzie, Stanley, que cuida el timón y la vela, descubre mirando las estrellas que el alemán los ha engañado alejándolos de las Bermudas.  Despierta al resto.  El alemán duerme.  Sospechan que tiene una brújula escondida y le piden a Joe que se la quite.

Cuando descubren que efectivamente el alemán tenía una brújula y que los había engañado al hacerles cambiar de rumbo, Kovak quiere matarlo.  Pero justo se desata una tormenta espantosa y Stanley cae al agua.  Mientras lo rescatan y ayudan también a Gus a sujetarse al mástil, el alemán, que ha tomado de facto el timón, parece ser el único que sabe qué hacer en medio de la tormenta marina.  Empieza a dar órdenes en inglés (ahí descubren todos que hablaba su idioma) y exclama: dejen de ayudar a los demás y piensen en el bote.  Gus lo mira con admiración y dice en voz baja y como con alivio: tenemos un Führer.   

Cuando la tormenta acaba, ya perdidas las últimas provisiones y la vela que los impulsaba, todos parecen entregados a la “superioridad” del alemán.  A pesar de que todas sus mentiras y ocultamientos se han revelado, todos comienzan a tratarlo con afecto y admiración.  Ahora le llaman Willy.  El conduce y rema cantando canciones tradicionales alemanas mientras Ritt (ya no Joe) toca la flauta haciéndole acompañamiento musical.  Los náufragos han asumido que no se dirigen hacia las Bermudas (la libertad), sino que Willy está buscando un buque de aprovisionamiento alemán que debe navegar en la zona, para ser llevados luego a un campo de concentración (la servidumbre).  Pero eso ya no les importa: todos se muestran entregados con gusto a su líder, quien se encarga ahora de todo.  Hasta Kovak se ríe de la irónica situación: son prisioneros de su prisionero.  Ritt incluso dice que está empezando a creer que Willy pertenece verdaderamente a una raza superior.

Cuando eventualmente surgen riñas por trivialidades privadas (el cigarro de Ritt, las cartas de Kovak o el despecho de Porter), son las directivas de Willy las que les ponen fin, unificando a todos bajo un objetivo común, “político” digamos (por ejemplo, recoger agua de lluvia con una lona de la vela rota).

Cierre de la entrega II

Una tormenta aclara más que cien discursos: cuando el mar se agita, cada uno revela lo que cree, lo que teme y lo que necesita.
En el próximo capítulo, el bote ya no estará dividido: estará hipnotizado.
El líder dejará de ser una sospecha para convertirse en un destino.
Y cuando todos reman en la misma dirección, es fácil olvidar quién sostiene la brújula.

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