Por Rodri Fers.
La literatura ya nos advirtió de los conflictos suscitados durante la semana pasada. En “Canción de Hielo y Fuego” (Game of Thrones), George R.R. Martin ya nos había contado un escenario donde el poder político se enfrenta al religioso. Cersei Lannister descubre lo que ningún manual de política lo explica: la fuerza no siempre domina el escenario. Frente a ella, los Gorriones no despliegan ejércitos ni acumulan riqueza; por lo contrario, su relato sostiene una autoridad distinta, austera, impenetrable a la lógica del cálculo político. La reina conserva el trono, conserva el aparato, conserva la capacidad de daño. Lo que pierde es el control del sentido. Ahí se produce la grieta. El poder sigue intacto en su dimensión material, mientras la legitimidad se desplaza hacia otro lugar. Luego termina con una gran masacre, que ojalá sólo sea reproducida en tinta sobre un papel y no trascienda a la realidad.
La historia también nos advierte sobre estos conflictos. Siglos antes, cuando Napoleón Bonaparte amenazó con destruir la Iglesia, el cardenal Ercole Consalvi respondió con una serenidad admirable. Dijo que, si dos mil años de errores internos no lograron derribar a la Iglesia, ninguna voluntad individual podría hacerlo en el transcurso de una vida. La historia siempre desactiva la soberbia inmediata.
En esa misma tensión entre poder y autoridad se inscribe el episodio reciente entre León XIV y Donald Trump. A comienzos de abril, el Papa calificó como “inaceptables” las amenazas militares contra Irán, habló de una “ilusión de omnipotencia” y denunció una diplomacia basada en la fuerza. La intervención no se limitó a un comentario coyuntural; introdujo un juicio moral sobre el modo en que se concibe el orden internacional. Trump respondió en su registro habitual, con acusaciones de debilidad, cuestionamientos a la legitimidad del pontífice y una provocación simbólica que incluyó la difusión de una imagen generada por inteligencia artificial en la que se representaba como figura mesiánica. La escena adquirió un tono que rozó lo grotesco, aunque su trasfondo resultó profundamente estructural.
Desde Argelia, en el inicio de su gira africana, León XIV eligió una forma distinta de intervención. “No soy un político, hablo del Evangelio. Basta ya de guerras”, dijo ante los periodistas que lo acompañaban. Frente a las críticas directas, evitó el intercambio y sostuvo: “No quiero entrar en un debate. Mi mensaje es el Evangelio y sigo alzando la voz contra la guerra”. La decisión de no aceptar el terreno propuesto por su adversario modificó la lógica del conflicto. El enfrentamiento dejó de ser simétrico. El poder que se expresa mediante la amenaza encontró un límite en una autoridad que no compite bajo esas reglas. La fuerza parece ceder ante la espiritualidad.
En estos casos, sostengo que la categoría del enemigo cumple, en este punto, una función decisiva. No todos los adversarios construyen legitimidad. Algunos la erosionan. Otros la proyectan. Trump pertenece a esta última clase. Su figura condensa una forma de ejercicio del poder que resulta inmediatamente reconocible en la escena global: unilateral, performativa, sostenida en la capacidad de imponer condiciones. Enfrentarlo sin adoptar su lenguaje no reduce a quien lo hace, más bien lo eleva. León XIV ingresa así en una dimensión distinta. No por el contenido del conflicto, sino por la forma en que lo atraviesa.
La historia del Vaticano permite comprender la densidad de este movimiento. La Santa Sede nunca operó como un actor estatal clásico. No dispone de fuerza coercitiva, no administra sanciones, no interviene mediante instrumentos materiales. Su poder se articula en torno a la legitimidad moral, la capacidad de mediación y la construcción de sentido. En la Segunda Guerra Mundial, bajo el papado de Pío XII, esa lógica adoptó la forma de una diplomacia de perfil bajo, que buscó preservar vidas en un contexto extremo. En el conflicto del Beagle, la mediación pontificia evitó una guerra entre Argentina y Chile. En el acercamiento entre Cuba y Estados Unidos, la intervención del Vaticano habilitó canales de diálogo donde la política había quedado bloqueada en 2014. El patrón se repite: la Santa Sede aparece cuando el lenguaje del poder pierde eficacia.
León XIV recoge esa tradición, aunque introduce un desplazamiento significativo. Su primer viaje a África no constituye una elección protocolar. Configura una toma de posición. Argelia, Camerún, Angola, Guinea Ecuatorial: el recorrido dibuja un mapa distinto del centro. En Annaba, la antigua Hipona de San Agustín, el Papa afirma que el corazón de Dios se inclina hacia los pequeños y los humildes. La frase establece un criterio de lectura del mundo, que trasciende a cualquier consigna pastoral. El poder deja de ser el eje organizador. La dignidad ocupa ese lugar. La economía de mercado no es lo esencial, sino que es la persona humana la que debe colocarse como prioridad.
Ese movimiento produce, en paralelo, un desprendimiento simbólico respecto de Francisco. El pontificado anterior había sido interpretado con frecuencia en clave política, lo que generó adhesiones intensas y resistencias igualmente marcadas. León XIV altera esa dinámica sin necesidad de confrontarla. Cambia el registro. La referencia ya no se ubica en el campo de la política global, sino en una dimensión más primaria, más difícil de encasillar. El discurso se vuelve menos programático y más esencial. En ese corrimiento se consolida su figura. Señoras y señores, tenemos un nuevo Papa con un peso específico, un estilo diferenciado, y una aceptación mundial considerable.
Un dato adquiere relevancia en este contexto: el crecimiento sostenido del número de bautizados durante los pontificados recientes. La expansión cuantitativa, leída aisladamente, diría poco. Desde la perspectiva de Antonio Gramsci, el fenómeno adquiere otra densidad. La hegemonía no se define por la imposición directa, sino por la capacidad de organizar el sentido común de una época. Supone instalar categorías, lenguajes, criterios de interpretación que se vuelven disponibles incluso para quienes no comparten la fe. Cuando León XIV advierte sobre el riesgo de una “tiranía mayoritaria” o de una democracia vaciada de fundamento moral, no interviene únicamente en una discusión política, sino que más delimita el campo de lo pensable. Ese es el núcleo de la hegemonía.
La reacción global frente al episodio con Trump confirma esta dinámica. Sectores ideológicos diversos, creyentes y no creyentes, coinciden en reconocer la serenidad y la firmeza del Papa. Centran su aceptación en la valentía de enfrentarlo. Sienten el alivio en decir lo que todos queremos. No se trata de una adhesión doctrinal. Se trata de una valoración de la forma. La escena produce un capital político que no surge de una estrategia deliberada. Se origina en la coherencia entre palabra y posición. León XIV no busca ese capital. Lo genera precisamente porque no lo busca.
La tradición eclesial ofrece antecedentes que iluminan este momento. San Ambrosio negó la entrada al emperador Teodosio tras la masacre de Tesalónica, obligándolo a reconocer un límite que no podía transgredir. La escena condensa una constante histórica que se suscita cuando el poder temporal encuentra, en determinadas circunstancias, una instancia que no logra absorber. La fórmula latina lo expresa con contundencia: Non praevalebunt (o en nuestra jerga local “No pasarán”). Los imperios se suceden. La estructura simbólica permanece.
Cada vez que el Papa se pronuncia sobre la guerra o sobre decisiones de gobierno, reaparece una objeción recurrente: la Iglesia se involucra en política. Incluso más: la Iglesia debe involucrase ante los excesos de la política como guía de sentido, y en búsqueda del equilibrio que necesariamente debe establecerse para mantenernos en una razonable armonía. La doctrina social de la Iglesia (y por el cual Prevost eligió su nombre como Papa) establece otra cosa con claridad. La Iglesia no se identifica con ningún sistema político. La Iglesia emite juicios morales sobre el ejercicio del poder. La paz, la dignidad humana, la justicia forman parte de ese ámbito. El señalamiento no responde a una opción ideológica. Responde a una función constitutiva.
El episodio entre León XIV y Trump expone, en última instancia, una disputa por el modo de entender el orden mundial. Una concepción se apoya en la fuerza, en la capacidad de imponer condiciones, en la amenaza como herramienta. Otra se articula en torno a la legitimidad, al límite moral, a la posibilidad de interpelar sin dominar. León XIV no desplaza a su adversario en el terreno del poder material. Introduce un terreno distinto. En ese desplazamiento, la figura se redefine. La investidura deja de depender de un acto formal. Se consolida en la práctica.
Ese día, León XIV se convirtió en Papa.
