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LO JUSTO

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Por Daniel Posse.

El rabino se movía de un lado al otro de la cama. Gemía suavemente; por instantes, lanzaba un sollozo. El sueño no le permitía saber que dormía. En la realidad, todo estaba bien: la noche transcurría serena y fresca. Sin embargo, el miedo y la culpa lo sumergieron en aquel mundo de sufrimiento donde, tal vez, sus sentimientos tomaban la forma de aquello que más temía. Fueron tan grandes la angustia y su propio llanto que despertó con las manos sudorosas y el rostro pálido.

Se levantó y fue a la cocina. Se sirvió un poco de leche tibia y se sentó en una banqueta de madera. Inmerso en la memoria, trató de recuperar el hilo del sueño.

Estaba en medio de la plaza del mercado. Su prédica hablaba sobre el pecado y la tentación, sobre lo humano y lo divino, sobre la lujuria y la carne. En ese instante, un anciano mercader encontraba evidencias del adulterio de su esposa. El hombre se rasgaba las vestiduras y gritaba. La gente, iracunda, se acercaba y arrastraba a la mujer al centro de la plaza para lapidarla. Él se adelantaba e interponía su cuerpo entre la mujer y las manos cargadas de piedras. El gentío acallaba los insultos; se hizo el silencio. El rabino los miró fijo y dijo:

—¿No hay nadie aquí que haya deseado a la mujer del prójimo?

El silencio se rompió en un murmullo estridente e ininteligible, hasta que uno respondió con fuerza:

—Todos conocemos la tentación, maestro. Pero la tentación y el deseo no son el pecado; el pecado es caer en ellos.

—Entonces —replicó él— deben dar gracias al Señor por haberles dado las fuerzas necesarias para resistir.

El silencio se apoderó de la plaza. El rabino tomó del brazo a la mujer y la acompañó hasta salir del lugar. En ese momento, el esposo se acercó lleno de ira e intentó golpearla. El rabino lo sujetó y le dijo:

—¿No es pecado también codiciar la juventud ajena, cuando la vejez nos lleva a las puertas de la muerte?

El marido bajó la mano y, con la cabeza gacha, se retiró en silencio. El rabino miró a la mujer y le susurró:

—Ve y cuéntale al juez que yo te salvé. Dile que salvé a la amante de su señoría, el magistrado de este pueblo, quien por ahora no me debe nada; solo por ahora.

Todo volvió a empezar, pero esta vez, en el sueño, él la defendía con otra sentencia:

—Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra.

La multitud recordó sus propias faltas y, llena de vergüenza, bajó las manos dejando las piedras sembradas en la plaza. En medio del silencio, el rabino levantó una piedra, la arrojó contra la cabeza de la mujer y la mató. Entonces, otra mujer le dijo:

—No entiendo, no entiendo…

Él respondió:

—No hace falta entender. La ley se hizo para cumplirla. Si permitimos excepciones, la ley pierde su fuerza; si no tiene fuerza, está muerta. Y si ella muere, nosotros, nuestro ser como pueblo, también moriremos. La ley no se hizo para que la cumplan los perfectos, sino para intentar hacernos perfectos.

El rabino no dejaba de pensar en aquel sueño. No sabía si estaba despierto o si seguía soñando hasta que, en medio de la plaza, apareció una mujer perseguida por la multitud. Entonces comprendió. Se interpuso entre ellos; con una mano los detuvo y los hizo callar. Con la otra tomó una piedra y se golpeó el pecho diciendo:

—Por mi culpa, por mi culpa.

Lo hizo hasta sangrar. Entonces los miró fijamente y continuó:

—Dad al César lo que es del César, dad a Dios lo que es de Dios, y dejad que el equilibrio llegue con el corazón.

La multitud levantó las piedras y lo lapidó a él.

El rabino despertó. Ahora tenía la certeza de haber estado dormido y de haber soñado lo mismo que la noche anterior: una serie larga de visiones, siempre con variantes distintas. Un griterío le quitó la somnolencia. Se refregó los ojos y se incorporó en un portal de piedra. Vio irrumpir cerca de él a una mujer que huía de la multitud. El miedo y el llanto la ahogaban; quedó de espaldas contra una pared mientras la turba sostenía fragmentos de granito y piedras. El rabino se levantó y decidió, finalmente, hacer lo justo.

                                         

                                 

*Del Libro de Sueños y Azar – Crónicas Ciclicas -2004 – Editorial Nuestra América

 

38 COMENTARIOS

  1. Mientras el enfermo coma y haga sus necesidades el diablo que se la crea.
    Es un dicho de acá de México. Que quiero referenciar a propósito de las leyes actuales; los seres humanos todos son llenos de indignación y ninguna clase de arrepentimiento, porque es natural su necesidad de repetir siempre las acciones que le hacen daño a los demás y así mismo.

  2. Daniel, leí “Lo Justo” y realmente me gustó mucho. Me pareció un cuento muy humano y reflexivo, porque deja pensando sobre qué es realmente justo y cómo las decisiones pueden cargar culpa, emociones y contradicciones. También me gustó la manera en que manejaste la tensión y la atmósfera del relato. Felicitaciones por la publicación, y ojalá muchas personas lo lean y compartan. 👏

  3. Hermoso relato que nos muestra las diferentes dimensiones en que podemos racionalizar la realidad y la idea de justicia. El planteamiento de la duda.

  4. Daniel, tu cuento me pareció muy sólido en lo conceptual: la tensión entre la ley, la culpa y la justicia está muy bien construida y se sostiene hasta el final. Me gustó especialmente cómo trabajás las variaciones del sueño, generando un clima inquietante y casi circular. Además, la relectura del episodio del Evangelio de Juan le aporta una profundidad interesante. Felicitaciones.

  5. Un cuento que incomoda y obliga a pensar. Juega muy bien con la tensión entre la ley y la conciencia, y la moral con ese giro inesperado te deja dándole vueltas a qué es realmente “lo justo”. Muy lindo cuento 😀

  6. Aquí tens una versió en castellà, amb més to literari i una mica provocadora:

    Un relato inquietante sobre el vértigo entre la ley y la conciencia. El rabino transita de la compasión al cálculo y del dogma al sacrificio, hasta descubrir que el juicio más implacable no recae sobre la mujer, sino sobre sí mismo. Quizá la ley solo es legítima cuando quien la invoca está dispuesto a asumir su propia condena.
    Muchas felicidades, Daniel.

    • Este cuento nos invita a reflexionar, sobre lo justo, el bien y el mal, sobre situaciones que obligan a soportar ser maltratados, como Jesús enseña a poner la otra mejilla. Lo justo sería detenerlos, en caso de estar ante una injusticia, actuar, porque, que tire la primera piedra, el que esté libre de pecado. Felicitaciones Daniel!

  7. La multitud recordó sus propias faltas y, llena de vergüenza, bajó las manos dejando las piedras sembradas en la plaza.

    *Nos enseña que debemos recordar nuestras propias faltas primero, y no juzgar a los demás. De eso se encarga Dios.
    El maestro Jesús protegía a la mujer, eso muestra también amor, pese al pecado que cometió.
    Dios siempre nos perdona.
    Excelente Daniel. ✒️

  8. Excelente relato que moviliza reflexionar, sobre, ley, justicia, conciencia, juzgar y aceptar la propia culpa. Un placer, como siempre, leerte Dani!!!

  9. Senderos entre realidad y sueño que se bifurcan. Entre Juez, Dios, Sacerdote y Víctima. Entre tentación y pecado asentido. Sin escapatoria para las inquietudes de un lector desprevenido,
    Muchas aristas morales para lectura de domingo, mientras veía la Fórmula 1, así que lo releí hoy lunes, con la mente más comprometida.
    El oxímoron inicial, es hermoso en su sencillez, «económico» en palabras, un hallazgo, pero da el clima a todo el cuento.

  10. Tremendo relato. Hacer lo justo por encima de la esencia de SER HUMANO. El amor sin juicio de valor. Y…el de creer que nos es dada la AUTORIDAD MORAL Y ÉTICA. Me vino a la mente este dichi:» Hago lo que quiero con la esposa o hija del OTRO. PERI FIN LAS MÍAS NO TE METAD».

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