Por Rodrigo Fernando Soriano.
Nunca la humanidad había vivido tan rápido. Y, sin embargo, pocas épocas transmiten una sensación tan persistente de agotamiento espiritual. La paradoja resulta difícil de ignorar: mientras la tecnología reduce tiempos, automatiza tareas y elimina distancias, la experiencia subjetiva contemporánea parece atravesada por una ansiedad permanente, como si cada avance técnico hubiese traído consigo una nueva incapacidad para habitar el presente. Vivimos más conectados, más estimulados y más informados que cualquier generación anterior, pero también más dispersos, más fatigados y quizá más incapaces de sostener una relación profunda con el mundo que nos rodea.
Hace algunos años todavía existía la ilusión de que la aceleración tecnológica implicaría una liberación. Algunos osados decían que la IA era una “Ferrari”. Siguen facturando con esa mentira. Dijeron que las máquinas trabajarían por nosotros, la información circularía más rápido y finalmente dispondríamos de más tiempo para el ocio, la creatividad o el encuentro humano. Ocurrió exactamente lo contrario. De hecho, no conozco ni a un ser humano al que la IA le haya cambiado la vida. Al contrario: creo que la IA en un futuro meridiano será desechada como lo es el juego desmedido, el tabaquismo o la drogadicción.
La velocidad dejó de ser una herramienta para convertirse en una obligación cultural. Hoy no solamente debemos trabajar: debemos responder rápido, consumir rápido, opinar rápido, producir rápido y hasta descansar de manera eficiente. El tiempo dejó de percibirse como una experiencia para transformarse en un recurso que debe optimizarse constantemente.
La escena cotidiana ya naturalizó esa lógica hasta extremos casi absurdos. Personas escuchando podcasts en velocidad aumentada para “aprovechar mejor” el tiempo; jóvenes incapaces de mirar una película sin revisar simultáneamente otras pantallas; reuniones laborales donde nadie escucha del todo porque todos redactan mensajes mientras otro habla; vínculos afectivos reducidos a intercambios fragmentarios mediados por algoritmos que premian la inmediatez emocional y castigan cualquier demora. Incluso el silencio comenzó a percibirse como una anomalía incómoda. Pareciera que la civilización contemporánea desarrolló un miedo profundo frente a cualquier experiencia que no produzca estímulo inmediato.
Hartmut Rosa (sociólogo y filósofo alemán) sostiene que la aceleración tecnológica no constituye solamente un fenómeno económico o técnico, sino una mutación radical en nuestra relación con la realidad. La velocidad altera la forma en que percibimos el tiempo, construimos vínculos y elaboramos sentido. La tecnología ya no actúa únicamente sobre el entorno material, sino también sobre la estructura misma de nuestra conciencia.
Durante siglos, la experiencia humana estuvo organizada alrededor de ciertos ritmos relativamente estables. El tiempo de la lectura, el tiempo de la conversación, el tiempo del aprendizaje, el tiempo del duelo e incluso el tiempo del aburrimiento formaban parte de una ecología emocional relativamente comprensible. La aceleración contemporánea quebró buena parte de esos ritmos. Hoy la cultura digital produce una sensación extraña donde todo sucede simultáneamente y nada parece terminar de sedimentarse. Consumimos cantidades gigantescas de información que rara vez logramos transformar en conocimiento. Observamos tragedias globales entre memes, publicidades y videos breves. Nos emocionamos durante segundos antes de desplazarnos hacia el próximo estímulo. O peor: nos emocionamos con videos de cachorritos hechos con IA. Patético.
La señal que pasa desapercibida de esta transformación cultural es la crisis demográfica que atraviesan gran parte de las sociedades contemporáneas. Las tasas de natalidad caen de manera sostenida incluso en países desarrollados, estables y económicamente prósperos. Lo verdaderamente extraordinario del fenómeno es que ocurre sin guerras mundiales, sin pandemias devastadoras permanentes, sin hambrunas generalizadas ni catástrofes civilizatorias comparables con otros momentos de la historia. Nunca antes, sociedades materialmente tan desarrolladas habían mostrado semejante dificultad para proyectarse hacia el futuro a través de nuevas generaciones.
Durante siglos, incluso en contextos infinitamente más hostiles, las comunidades continuaron teniendo hijos porque todavía existía una noción relativamente compartida de continuidad, pertenencia y esperanza. Hoy pareciera emerger algo distinto: una cultura agotada, hiperindividualizada y profundamente incierta respecto del futuro. Tener hijos comienza lentamente a percibirse no como una expansión de la vida, sino como una amenaza para la estabilidad emocional, económica o identitaria de individuos entrenados para optimizar permanentemente su autonomía personal. Los hijos no ayudan a la productividad. No rinden. Se agotan en la primera publicación en Instagram.
Quizá la caída de la natalidad no sea solamente un dato demográfico, sino también un síntoma filosófico. Una civilización que pierde lentamente la capacidad de imaginar el futuro también empieza a perder el deseo de transmitir el mundo a otros. El problema deja entonces de ser económico para volverse existencial. Porque ninguna sociedad sobrevive únicamente por su producto bruto, su innovación tecnológica o su eficiencia productiva. También necesita confianza en la continuidad de la vida común. Necesita humanidad.
Por eso la inteligencia artificial genera una fascinación tan profunda. No representa solamente un avance técnico. Representa la culminación lógica de una civilización obsesionada con la velocidad, la predicción y la eficiencia. La IA aparece como la promesa de eliminar la última gran lentitud del sistema: el propio ser humano. Pensar lleva tiempo. Deliberar lleva tiempo. Dudar lleva tiempo. Incluso la ética exige tiempo. Las máquinas, en cambio, prometen respuestas instantáneas.
Sin embargo, lo que realmente nos tenemos que cuestionar como sociedad es que nuestra lógica poco a poco cambió. Recuerdo que hace unos años decíamos que la IA emulaba el razonamiento. Hoy estoy seguro de que tal premisa se constituye en una falacia, ya que el ser humano piensa con la lógica de la IA. Los roles cambiaron.
La transformación cultural contemporánea ya ofrece algunos indicios preocupantes. Cada vez toleramos menos la incertidumbre, menos la espera y menos la complejidad. Los algoritmos nos acostumbraron a respuestas inmediatas, opiniones binarias y gratificaciones constantes. Dopamina y más dopamina. En ese contexto, la deliberación humana empieza a parecer ineficiente frente a sistemas capaces de procesar millones de datos en segundos.
Ese fenómeno adquiere una dimensión particularmente inquietante cuando abandona el terreno del entretenimiento o del consumo y penetra en ámbitos tradicionalmente reservados al juicio humano. Los Sistemas Autónomos de Armas Letales —los llamados LAWS— representan quizá el ejemplo más peligroso de esa transición cultural. Por primera vez en la historia, la humanidad discute seriamente la posibilidad de delegar decisiones letales a sistemas algorítmicos capaces de identificar objetivos, seleccionar amenazas y ejecutar acciones sin intervención humana significativa.
La gravedad filosófica de ese escenario no siempre se comprende del todo. Durante siglos, las sociedades construyeron sistemas jurídicos, éticos y políticos precisamente porque entendían que decidir sobre la vida y la muerte constituía uno de los actos más delicados que podía realizar un ser humano. La guerra, incluso en sus formas más atroces, conservaba todavía un elemento profundamente humano: alguien debía cargar con la responsabilidad moral de decidir. La automatización bélica amenaza con romper ese último límite. La muerte comienza a convertirse en un procedimiento técnico administrado por sistemas matemáticos entrenados sobre bases de datos. Un dron buscando soldados para aniquilarlos. Un dron destruyendo vida.
Hasta la justicia se convirtió en un proceso algoritmizado. Quizá el lector no esté familiarizado con los profundos cambios en el sistema judicial. Pues bien, los procesos judiciales estan siendo acelerados al máximo. Es como una máquina que gira y gira sin ningún tipo de sentido. No existe esa “sed de justicia”, sino la obsesión de “tener el trabajo al día”. Poco importa la calidad de la decisión, importa que sea ya.
En el medio quedó en el abandono la equidad. Solamente deben cumplirse protocolos tras protocolos, incluso por encima de lo que la Constitución misma establece. Deshumanización en su máxima expresión. Seguramente la sentencia judicial que decide sobre la adopción de un niño, la libertad de una persona, el patrimonio de otra, la orden de remate de una vivienda esté hecha con IA. Si, firmada por alguien, pero no razonada por ese sujeto.
Allí emerge una de las paradojas más oscuras de la inteligencia artificial contemporánea. La tecnología que prometía ampliar capacidades humanas comienza lentamente a desplazar atributos que históricamente considerábamos inseparables de nuestra humanidad. El problema ya no consiste solamente en automatizar tareas mecánicas. Comenzamos a automatizar interpretación, vigilancia, evaluación y juicio. La frontera entre herramienta y sustitución se vuelve cada vez más difusa.
Antonio Enrique Pérez Luño (jurista español) advierte que el posthumanismo contemporáneo no implica necesariamente una mejora del humanismo clásico, sino muchas veces su negación. Bajo ciertas formas de “dataísmo”, el individuo deja de ser percibido como sujeto dotado de dignidad intrínseca para transformarse en una acumulación de patrones analizables, predecibles y administrables. La reducción algorítmica de la experiencia humana produce entonces una mutación: comenzamos a valorar aquello que puede medirse y optimizarse, mientras todo lo ambiguo, lento o contradictorio pierde legitimidad cultural.
La verdadera crisis contemporánea es espiritual. Profundamente espiritual. La aceleración constante erosiona nuestra capacidad de atención y, con ello, también nuestra capacidad de contemplación. Ya no sabemos detenernos demasiado tiempo frente a nada. Ni frente a una idea, ni frente a una conversación, ni siquiera frente al sufrimiento ajeno. La saturación de estímulos termina generando una forma extraña de anestesia emocional donde todo impacta durante segundos antes de desaparecer absorbido por el flujo incesante de información.
Resulta significativo que, en medio de esta hiperaceleración global, hayan comenzado a surgir movimientos culturales que reivindican la lentitud casi como una forma de resistencia existencial. La filosofía slow ya no aparece simplemente como una recomendación de bienestar, sino como una crítica profunda al modo en que el capitalismo tecnológico reorganiza la experiencia humana. Carl Honoré (escritor divulgador canadiense) sostiene que los seres humanos son biológicamente lentos y que la obsesión contemporánea por la velocidad produce deterioro cognitivo, emocional y social.
Suecia, uno de los países más digitalizados del mundo comenzó a revisar críticamente el uso masivo de pantallas en las aulas y decidió recuperar prácticas aparentemente antiguas: lectura prolongada, escritura manual, concentración sostenida y diálogo presencial. La decisión resulta filosóficamente fascinante porque sugiere que incluso las sociedades tecnológicamente más avanzadas empiezan a sospechar que ciertos procesos humanos fundamentales no pueden acelerarse indefinidamente sin consecuencias profundas.
Lo verdaderamente humano nunca se desarrolló del todo bajo la lógica de la eficiencia. La amistad requiere tiempo improductivo. El amor requiere atención sostenida. La lectura profunda exige lentitud. La democracia necesita deliberación. Incluso la justicia depende de cierta resistencia frente a la velocidad. Un juez que decide instantáneamente puede ser eficiente, pero difícilmente prudente. La reflexión siempre introduce una pausa incómoda dentro de la lógica acelerada del rendimiento.
Tal vez por eso la discusión sobre el aceleracionismo no debería centrarse exclusivamente en lo que las máquinas serán capaces de hacer, sino también en aquello que nosotros podríamos dejar de hacer si continuamos adaptando toda nuestra vida a la lógica algorítmica. Porque las civilizaciones no suelen destruirse solamente por guerras o catástrofes. A veces también se transforman lentamente hasta olvidar cuáles eran las prácticas humanas que sostenían su mundo simbólico.
