Por Daniel Posse.
Se inclinó sobre sí mismo, luego se saturo en una piedra de formas casi rectangulares, levantó sus manos, las miró detenidamente y las descubrió llenas de ampollas y asperezas.
Respiró acelerado; estaba mareado y todo le daba vueltas. Escuchó el aullido de una gata en celo, se acercó al fuego donde calentaba las herramientas y un olor a especias invadió el taller. Venía de la cocina, donde su madre y sus hermanas estarían preparando la cena. La soledad del recinto lo sumergió en un laberinto de sensaciones y pensamientos en los que siempre desembocaba una ansiedad pesada, teñida de temor.
Recordó su última estancia en el templo. Esa vez sintió lo mismo: un miedo elástico, pegajoso, que le dejaba la boca seca y el pecho agitado. La memoria volvía fresca. Aquella vez entró y se detuvo de pie, solo en medio de la sala de los sacrificios. A pesar de la angustia que lo invadió, se sentía en su hogar; por primera vez poseía un sentimiento de pertenencia a un lugar, a algo. Rodeado de paredes grises y olores a incienso, no experimentó la opresión que lo ahogó durante su última visita al santuario. Recordó cómo había respondido en su primera infancia allí: emanaba una confianza que parecía nacer del mismo entorno, con una seguridad que venía desde muy adentro, de la profundidad de su corazón y de su alma. Ese recuerdo le aseguraba, en momentos de duda, que él era el elegido. Pero la última vez sintió que la sangre se le volvía hiel.
Después, como una avalancha, toda la memoria se volcó desbocada: Egipto, la soledad del desierto y las tentaciones. Creía en cada una con solo mirarlas; estaba expuesto al pecado. La culpa lo llevó a sudar su propia sangre. Cuando el cansancio del autoflagelo lo tomó por completo, entendió que el pecado no es la tentación, sino caer en ella. La ignorancia hace inocentes a los otros, pero ese no era su caso, porque él caía a sabiendas de que estaba pecando.
«Si el hombre no está expuesto a la iniquidad, no tendrá oportunidad de ser tentado, de luchar contra ella y así poder llegar a ser santo». Esta frase le golpeaba la mente con insistente frecuencia, agujerándole las sienes. Volvió a ese instante de primera soledad en la casa familiar, que se entremezcló con olores de la otra casa, la de su verdadero Padre. Siempre regresaba con la certeza de no saber exactamente dónde estaba su lugar. Con el tiempo, creyó que su sitio estaba en el trayecto, en la búsqueda.
Permaneció quieto, perdido en la nebulosa de sus temores y de impredecibles pensamientos. Todavía a su edad, a los treinta y cinco años, seguía sin saber si de verdad era quien decía ser, quien sentía ser, quien debía ser, quien todos esperaban que fuera. La carga era casi siempre demasiado pesada. Quería ser como cualquier hombre: poder seguir los impulsos de sus deseos, entregarse a la lujuria, a todos los pecados y, después, esperar que un cordero de Dios fuera sacrificado también por él. Después de todo, era un hombre de carne y hueso como cualquier otro.
Aquel día, el de la primera vez en el templo, cuando tenía doce años, se había sentado en medio de la sala de los sacrificios y se dejó llevar por la libertad de sus pensamientos. Al traer ese momento a la memoria, sonrió; pero repentinamente apareció la última visita, aquella en la que no había podido disipar la angustia con la que llegó, como tampoco podía hacerlo ahora. Ni siquiera había podido pensar con libertad.
Respiró suavemente, como el aleteo de una mariposa. Vino la paz y, en ella, pudo oler los aromas del paraíso. Volvieron las imágenes de los doce años: todos los sacerdotes en silencio lo rodeaban, absortos. La calma de ese niño poco a poco los llevó hacia una paz dulce y abrasadora. Después las preguntas llovieron y las respuestas salían naturalmente, como si siempre las hubiera sabido.
Esperó en vano, todas las noches durante los últimos veinte años, que alguien lo relevara de esa tarea. Pero no apareció nada ni nadie, ni siquiera una señal. Cuando decidió olvidar ese sueño, ese mandato; cuando decidió elegir una mujer, tener hijos, construir una casa y sus propios muebles —para eso se había convertido en carpintero, y no porque el esposo de su madre tuviera esa profesión—; cuando había dejado definitivamente el intento de ser pastor para ser cordero, aparecieron las primeras ovejas: Simón Pedro, Mateo, Juan y hasta Judas, entre otros. Desde el primer día supo que este último lo traicionaría. ¿Era un traidor? ¿O una herramienta de Dios para que se cumplieran los designios divinos?
Pensó en el sacrificio del cordero y en el pastor. En el fondo, ahora los veía con claridad: los dos eran uno.
La tarde moría con el día, arrastrada por el viento caliente que soplaba del oeste. La noche irrumpía con gritos de grillos y lechuzas. El taller apenas se iluminaba con el fuego de la fragua. Allí recordó que era hora de ir al huerto y recibir el beso en la frente.
- De Sueños y Azar — Crónicas Cíclicas – 2004 – Nuestra América.
