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La Profecía

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Por Daniel Posse.

Philipo Ángelo Lorandini llevaba cuatro semanas durmiendo mal; se despertaba hasta siete veces con el mismo sueño y un sabor agrio en la boca. Abría una ventana corrediza, como las del comedor, después de escuchar un golpe; cuando corría el postigo, caían flores blancas y rojas de pétalos pegajosos que se desarmaban. La primera vez, la pesadilla solo constó de un ruido seco; la siguiente semana sumó la apertura de la ventana; la tercera, la luz del día lo enceguecía mientras caían las flores. A la cuarta semana, una silueta sin rostro extendía las manos y él, con un impulso desesperado y el miedo martillándole los dientes, trataba de alcanzarlas. Siempre despertaba igual: con la angustia recorriéndole la garganta y la impotencia estrujándole el estómago. El cansancio anidaba en sus ojos hinchados y ojerosos, revelando un semblante duro que poco tenía que ver con la expresión tierna que lo identificaba en el pueblo desde que llegó de Italia.

Por las mañanas solía levantarse en silencio, un poco antes de que el sol apareciera en el horizonte, y se vestía para ir al trabajo sin emitir el menor ruido. Durante 25 años de matrimonio, jamás había tenido visiones que recordara, y mucho menos que se repitieran de esa forma, como una seguidilla de capítulos cada vez más extensos. Estaba tan nervioso que empezó a sufrir insomnio; no quería dormir por temor a que la pesadilla regresara con un nuevo fragmento. Nunca había estado en una situación así, ni siquiera cuando decidió quedarse en esta tierra junto con sus dos hermanos, ni cuando esperó el «sí» ante el altar, ni mucho menos cuando sus hijas rompieron en llanto al nacer. La ansiedad había sido frecuente en su vida, pero nunca como esta variante densa que lo ponía de mal humor y que no se parecía a ninguna otra. No se comparaba con aquella que le secaba la boca cuando creía que no pagaría las cuotas de su primer camión, ni con las falsas alarmas del embarazo de su primer nieto varón, quien arremetía en las madrugadas durante semanas para terminar naciendo tranquilo en medio de una siesta lluviosa.

Este tipo de angustia era diferente, elástica y densa; se volvía más intensa, como si le comiera las entrañas o fuera una alimaña rabiosa que en las noches le mordía hasta los huesos. Trataba de no dormir, y cuando lo hacía, recurría a brebajes e infusiones de hierbas recomendadas. Así se sumergía en un sueño fuerte y profundo, libre de imágenes, o bien soñaba con lo esperado para revivir todo lo perdido con el paso del tiempo. Pero ninguna fórmula dio resultado: Philipo siguió atrapado en esos relatos inconclusos y seriales. Su cara estaba lívida de espanto. Silenciaba sus miedos y callaba las pesadillas, convencido de que si no las contaba, desaparecerían y no habría posibilidad de que ocurrieran. Entendía que era una forma de espantar las premoniciones y su carga de oráculos certeros. Dejó de manejar y decidió tomarse unos días para descansar. Tal vez la cosecha de caña lo estaba trastornando. Si no hacía algo, quizás terminaría por atropellar a alguien, convirtiendo en realidad la angustia profética de aquellas noches.

Se sintió en la gloria después de cuatro jornadas sin que la pesadilla interrumpiera su descanso. Se levantó tarde, a eso de las diez, fue al club, tomó un café con Lucio y Adriano (sus hermanos) y, después de almorzar con su nieto, regresó a las tres de la tarde a su casa; era hora de su siesta.

Philipo despertó de manera brusca. El golpe en la pared pareció sacudir su cabeza. En los primeros instantes, pensó que el sueño se repetía, pero tardó unos segundos en darse cuenta de que estaba despierto: los alaridos lo impulsaron a moverse velozmente. Se paró, corrió hacia la ventana, la abrió y, desde la vereda, unos malvones entraron con una ráfaga de viento. Sacó la cabeza y vio a Sara, su esposa, desplomada contra la pared, cubierta de flores rojas y blancas, con el vestido empapado en sangre, los brazos extendidos hacia la ventana y la muerte dibujada en la cara.

 

5 COMENTARIOS

  1. Hola. La historia está buena
    Pero, con todo respeto, me parece que por ahí, contarla a una velocidad un poco más lenta, marcando un poco más las obsesiones, las costumbres y los afectos del protagonista, pondría en jaque al lector hasta el último minuto.

    • Muchas gracias por tus palabras y por estar y por tus criticas. Las acepto porque me hacen crecer. De todas formas en mi caso en particular, prefiero no ahondar en muchos detalles, prefiero ser contundente. Lo importante para mi es que un relato o cuento te deje con ganas de más. Muchas gracias por leerme

  2. Muy buen cuento. El lector es cómplice de la tensión que se va generando y en pocas palabras además, se nos narra parte de la historia del protagonista, hasta el imprevisto final.
    Exacto, ajustado, sin sobreabundar en palabras. Mis felicitaciones y admiración, por la forma y contundencia de tus cuentos. Nunca defraudas a quienes te seguimos en este sitio y sabemos de tu valía. Un abrazo.

  3. Daniel, Contundente relato, mágico y oscuro, transparente dando tiempo al tiempo una herida, y le da vida al espacio literario, hay ambulancia, y hay un teatro lirico muy marcado y muy eficiente.
    Sigue por ese camino. Felicidades!!✒️✨

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