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Cuando dejamos de reconocernos

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Por Marcelo Velasco. 

Hoy decidí recordar una de las obras más conocidas, reconocidas y extraña del maestro Franz Kafka e intentare llevarla a nuestra época actual. 

Esta magnífica obra empezaba: ¨Una mañana, Gregorio Samsa despertó convertido en un insecto¨. Así comienza La metamorfosis, la imagen es brutal, extraña y, al mismo tiempo, profundamente humana: alguien abre los ojos y descubre que ya no es el mismo. Su cuerpo cambió, su voz no se entiende, su familia lo mira con miedo y el mundo que antes parecía ordenado se vuelve ajeno…lejano.

Esa escena, aunque escrita hace más de un siglo, sigue golpeando con fuerza en la actualidad, no porque las personas se conviertan en insectos, sino porque muchas veces despertamos sintiéndonos extraños en nuestra propia vida. 

La metamorfosis de Kafka no solo se lee como una transformación física, sino también psicológica, porque el momento en que una persona deja de reconocerse a sí misma y comienza a ser mirada por los demás solo por lo que produce, por lo que sirve, por lo que aparenta o por lo que la sociedad espera de nosotros, es el punto de quiebre de cualquiera.

En ese sentido, nuestra época también vive una metamorfosis, vivimos rodeados de cambios rápidos: nuevas tecnologías, nuevas formas de trabajar, nuevas exigencias sociales, nuevos modos de comunicarnos, todo parece moverse a gran velocidad, todo parece reducirse a un solo contexto ¨el flujo del trabajo y de lo que produzco¨. Lo que ayer era suficiente, hoy parece viejo (todavía recuerdo cuando en casa no había mucho para comer y mi madre cedía su única comida a sus hijos). Lo que antes daba seguridad, ahora puede volverse incierto. En medio de ese movimiento, muchas personas sienten que deben adaptarse todo el tiempo, incluso aunque esa adaptación las desgaste…la limite.

En la actualidad, muchas personas atraviesan algo parecido, no se transforman físicamente, pero sienten que pierden su voz, su tiempo, su identidad. Trabajan demasiado, se comparan constantemente, viven pendientes de la aprobación ajena o quedan atrapadas en rutinas que le quitan sentido a su vida. 

La persona sigue cumpliendo sus obligaciones, responde mensajes, paga cuentas, sonríe en redes sociales, pero por dentro puede sentirse agotada o invisible…es la vida misma concluyen algunos.

La metamorfosis moderna no siempre se nota, puede tener la forma de cansancio permanente, de ansiedad, de aislamiento, de falta de deseo, de una vida vivida en automático. Puede aparecer cuando alguien siente que solo vale si rinde, si produce, si está disponible, si no molesta, entonces nos preguntamos ¿vivimos en una fantasía?  O solo nos miramos en un espejo.

Muchas veces la sociedad mide a las personas por su productividad, por su éxito visible, por su capacidad de consumo o por la imagen que proyectan y el que no puede seguir el ritmo queda apartado. El que se enferma, se cae, duda o necesita ayuda puede sentir vergüenza, culpa, miedo a ser juzgado… 

La obra también permite pensar en el lenguaje. Gregorio intenta hablar, pero su familia no lo entiende. Él conserva pensamientos humanos, sentimientos humanos, preocupaciones humanas, pero su voz se vuelve incomprensible para los demás. ¿Cuántas personas sienten hoy que no pueden explicar lo que les pasa? ¿Cuántas hablan y no son escuchadas? ¿Cuántas intentan decir “estoy mal”, pero reciben como respuesta indiferencia o frases vacías?

En tiempos de hipercomunicación, paradójicamente, escuchar se volvió difícil. Hay mensajes constantes, opiniones rápidas, pantallas encendidas, pero no siempre hay verdadera atención y volvemos a caer en el aforismo de que no es solamente que no se puede hablar sino también en que nadie quiera comprender.

En este presente hablar de salud mental, soledad, frustración o cansancio, injusticias, desigualdades ya no debería ser un tabú, sino una constante. Sin embargo, todavía muchas personas sienten que deben ocultar sus crisis para no ser vistas como débiles. La enseñanza de esta magnífica obra es clara: cuando una persona se siente monstruosa, aislada o inútil, necesita humanidad alrededor, no condena, porque es en  ese momento en donde uno deja de ser hijo, hermano, pareja, trabajador…persona reconocible y pasa a ser “eso” y es allí donde empieza la verdadera tragedia.

Sin embargo no todo es oscuro, pesado, porque ante la fragilidad humana de nuestra época, tenemos la capacidad de reinventarnos, de levantarnos de los golpes y de activar la fuerza interior para logar un cambio. No debemos normalizar una vida que nos vacía. No debemos mirar al otro solo por lo que puede darnos. La dignidad humana no depende del rendimiento, del éxito ni de la apariencia, depende de las ganas de evolucionar y permanecer vigente en el tiempo.

Reconocer que uno esta mal o desmotivado, es el primer paso, porque no debemos olvidar que somos los únicos animales racionales, con emociones y pensantes, la gran tarea no es solo adaptarnos, también es cuidarnos para no perder nuestra forma más profunda, nuestra humanidad, nuestra empatía y respeto con el otro.

La verdadera metamorfosis debe dirigirse a la confianza interna, no solo aquella que desarrollamos con otras personas, primero debe partir de uno mismo, reforzarla y recién allí volcarla a la sociedad, allí verdaderamente tendremos una confianza bidireccional y recíproca.

Porque la mejor manera de crear un cambio duradero es repitiendo pequeños pasos con miras a grandes logros.

Mirar al ser humano como un simple factor de producción, de consumo, es un error cotidiano y aterrador. Debemos tener la entereza necesaria para poder cambiar -desde el lugar que cada uno ocupa- esta visión de que primero se ven las acciones de la persona y clasificarlas según las consecuencias que producen.

No debemos olvidar que el ser humano no vive aislado, vive en sociedad, tiene derechos y deberes que respetar, no solo se debe a la producción de bienes para su consumo, necesita también alimentar el espíritu y alma, por ello es indispensable retomar y afianzar los valores de la justicia y equidad, permitiendo así que la vida una sociedad perdure en el tiempo…como lo hace la metamorfosis de Franz Kafka.

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