Diomandé y Roxane

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Por Fabricio Falcucci.

Hay historias que llegan desde lugares inesperados.

En medio de un Mundial atravesado por varias de las polémicas señaladas en esta columna el sábado pasado, entre protestas, debates sobre discriminación, pausas obligadas de rehidratación y resultados que en muchos casos parecen responder a una lógica previsible, una de las historias más conmovedoras no nació de un gol ni de una atajada.

Llegó en forma de carta. La escribió Yan Diomandé, extremo de Costa de Marfil y una de las apariciones de esta Copa del Mundo. Tiene apenas 19 años. Juega en el RB Leipzig. Acumula goles, asistencias y elogios. Sin embargo, decidió utilizar uno de los momentos de mayor exposición de su vida para hablar de alguien que ya no está.

La destinataria fue Roxane, su hermana. La carta fue publicada en The Players’ Tribune pocos días después del debut mundialista de Costa de Marfil. Allí Diomandé no cuenta solamente quién era ella. También cuenta quién era él antes de convertirse en futbolista profesional.

La historia comienza en Abiyán. Una casa donde convivían más de veinte personas. Un televisor con el volumen al mínimo para no despertar a nadie. Una camiseta falsa del Manchester United con la inscripción «Ronaldo 7» escrita a mano. Y un niño convencido de que el fútbol podía cambiarle la vida.

A los nueve años dejó su hogar para ingresar en una academia cerca de la frontera con Ghana. El hambre formaba parte de la rutina. En la carta recuerda cómo él y otros chicos robaban papas en los comercios del pueblo porque muchas veces no tenían qué comer. No lo cuenta para construir una épica. Lo cuenta porque así ocurrió.

En todos esos recuerdos aparece Roxane. Ella era la que repetía que su hermano llegaría lejos cuando nadie parecía tomar demasiado en serio aquella posibilidad. Ella era la que escuchaba sus llamados cuando emigró a Estados Unidos siendo adolescente. Ella era la que sostenía los sueños cuando los rechazos comenzaban a acumularse.

Y fueron muchos. Chelsea, Bournemouth, Rangers, Olympiacos, Crystal Palace y varios equipos de la MLS observaron al joven marfileño. Ninguno decidió contratarlo. El visado venció. Tuvo que regresar a África. El sueño parecía alejarse. Entonces apareció el Leganés. Y la historia volvió a ponerse en marcha.

Lo que ocurrió después alteró para siempre el sentido de aquella historia. Con apenas 18 años acababa de debutar profesionalmente en España frente al Real Madrid. Mientras intentaba procesar uno de los días más importantes de su carrera recibió una llamada insistente desde Costa de Marfil. No quería atender. Finalmente lo hizo.

La noticia llegó sin rodeos. Su hermana había muerto. Según relata, alguien habría colocado una sustancia en su bebida durante una fiesta. Roxane nunca volvió a despertar. Tenía quince años.

En uno de los fragmentos más duros de la carta, Diomandé reconoce que todavía no encuentra respuestas. Se pregunta qué ocurrió. Se pregunta si podría haber hecho algo. Se pregunta si habría podido protegerla. Después admite que desde aquel día siente un vacío difícil de describir. Como si una parte de él hubiera quedado detenida en ese momento.

La carta, sin embargo, no termina en la pérdida. Termina en una promesa. Diomandé recuerda que Roxane repetía una frase cuando eran niños. Decía que su hermano sería el mejor futbolista del mundo. Lo decía cuando nadie lo conocía. Cuando no había contratos. Cuando no había estadios llenos. Cuando solo existían una pelota, un sueño y una hermana que creía.

Por eso le escribe. Porque no puede hablar del tema. Porque quiere que el mundo conozca su nombre. Porque cada paso que da en una cancha parece estar dirigido a ella.

Quizás por eso esta historia sobresale entre tantas otras. Mientras el Mundial sigue produciendo titulares, polémicas y espectáculos, un joven futbolista decidió recordar a quien estuvo allí cuando no había contratos, estadios llenos ni cámaras apuntándolo.

La historia de Diomandé y Roxane nos remite a quienes creen antes que nadie. A quienes acompañan los sueños cuando todavía parecen lejanos. A quienes sostienen una vocación cuando todo invita a abandonarla.

A lo largo de su camino hubo rechazos, viajes, incertidumbre y momentos en los que el objetivo parecía alejarse. Sin embargo, cada vez que pensó en rendirse, reapareció aquella voz que repetía que algún día llegaría lejos.

Los partidos más difíciles no siempre se juegan contra once rivales. A veces se juegan contra las dudas, contra los obstáculos y contra la tentación de renunciar a aquello que todavía no ocurrió.

La carta de Diomandé parece dejar una enseñanza sencilla. Detrás de muchas historias de éxito suele haber alguien que creyó primero. Y, tal vez, una de las formas más nobles de agradecer sea seguir adelante.

 

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