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La fijeza del desamparo

Publicado el

Por Alfredo Elías Acevedo.

«Il n’y a pas de rapport sexuel»
— Jacques Lacan

Hay permanencias que no nacen de la firmeza, sino de la inercia. A veces no nos quedamos para habitar un espacio, sino porque el afuera se ha vuelto intemperie y ya no nos queda ningún destino.

El sentido común suele idealizar el acto de quedarse. Se nos ha enseñado a leer la permanencia en un vínculo o en una posición existencial como un atributo de la voluntad, un testimonio de coraje o una muestra de fidelidad. Sin embargo, la clínica de la vida cotidiana nos revela una verdad mucho más descarnada: existe una fijeza que no es opción, sino síntoma. Una inercia silenciosa que ejerce una presión tan masiva sobre los sujetos que termina por abolir el movimiento y, con él, la posibilidad misma del advenimiento del deseo. Quedarse allí, bajo esa fuerza de gravedad asfixiante, no es habitar; es, fundamentalmente, morir al interior del deseo.

Cuando esta inercia se instala en el lazo con el otro, asistimos a una deformación progresiva y feroz del espacio vincular. La gravedad de lo no dicho, de lo repetitivo, es tan densa que curva las coordenadas de la relación. Los sujetos ya no se encuentran con la alteridad del semejante; en su lugar, pasan a ocupar funciones y roles rígidamente corporizados. Uno se convierte en el sostén, el otro en la falta; uno en el verdugo, el otro en la deuda. Se produce así un saldo existencial penoso: una escritura en los puros bordes de la vida, donde las personas transcurren los años orbitando un centro vacío, repitiendo una partitura que no escribieron, pero de la cual no pueden desertar.

Esta fijeza del desamparo encuentra una articulación teórica precisa en lo que Jacques-Alain Miller define como el modelo fantasmático de la pareja. A partir de la estructura del fantasma lacaniano (S̸ ⋄ a), Miller nos advierte que los trastornos y los disfuncionamientos de una pareja suelen obedecer a un escenario inconsciente preestablecido, donde el partenaire tiene un papel estrictamente asignado. Es lo que él llama la «complementariedad fantasmática» —o, de manera más punzante, la complementariedad en el dolor—. Hay lazos que son sumamente fuertes, estables y duraderos, pero cuya solidez no proviene del bienestar, sino de la perfecta correspondencia entre el síntoma de uno y la respuesta del otro. Un disfuncionamiento permanente que, paradójicamente, asegura la fijeza del lazo.

El riesgo radical de esta dinámica es que condena a la existencia a ser vivida de manera «fantasmeada». El encuentro real —con su cuota de contingencia, riesgo y frescura— queda cancelado. En su lugar, el vínculo se transforma en un teatro de sombras, una construcción permanente de fantasmas donde nos relacionamos con el guion inconsciente que le imponemos al otro, prefiriendo la fijeza de un desamparo conocido antes que el vértigo y la intemperie de la libertad.

Salir de esa inercia masiva, desasirse de esa complementariedad en el dolor, implica un trabajo de lectura y de desgarro. Significa interrogar esa fijeza para que la escritura deje de bordear los límites de una vida espectral y comience, finalmente, a inscribir la consistencia de un deseo propio.

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