La portada del libro ocupaba toda la pantalla cuando por fin nos pusimos de acuerdo sobre cómo dejar las luces del auditorio. La luz importa. Siempre importa. Después de discutir durante dos años sobre tecnología, propiedad, economía y derecho, terminamos dedicándole varios minutos a algo tan simple como la intensidad de una lámpara. Hay algo tranquilizador en esos detalles inútiles. Son el último refugio antes de que ya no quede nada por controlar.
El libro estaba ahí, enorme, proyectado detrás de la mesa. Hasta ese momento había sido un archivo que viajaba de computadora en computadora, una sucesión de versiones con nombres cada vez más absurdos, capítulos corregidos a cualquier hora y reuniones donde una discusión podía durar semanas para terminar cambiando apenas una palabra. De golpe tenía peso. Se podía tocar. Parece una obviedad, pero no lo es. Hay una diferencia enorme entre escribir un libro y encontrárselo de frente.
Las presentaciones tienen algo de ritual, aunque nadie se ocupe de organizarlas como tales. Siempre pasa lo mismo. Alguien pregunta dónde dejamos los ejemplares. Otro vuelve a probar el micrófono después de haber dicho que no hacía falta. Aparecen bromas que nadie encuentra demasiado graciosas porque todos están un poco nerviosos. Se habla de cualquier cosa menos del libro. Es una forma elegante de hacer tiempo mientras llega la hora.
Después la gente empieza a entrar y el clima cambia. Llegan colegas, estudiantes, amigos, profesores, autoridades de la universidad. Los saludos interrumpen conversaciones que todavía no habían empezado. Hay abrazos, reencuentros y esa sensación de que el libro ya dejó de pertenecernos incluso antes de que empiece la presentación. Uno cree que estos actos existen para presentar un libro. Con el tiempo descubre que sirven para otra cosa. Sirven para volver a encontrarse.
Susana Maidana, nuestra invitada de gala, había llevado unas hojas para leer. Cuando llegó su turno descubrió que las había olvidado. Culpo a Guillermo, su marido. Se rió. Todos nos reímos. Dudó apenas unos segundos y empezó a hablar con la misma naturalidad con la que da sus clases de filosofía. Mientras la escuchaba pensé que el papel suele darnos seguridad, pero también nos quita algo. Al terminar alguien comentó que había sido mejor así. Creo que todos pensamos lo mismo. Hay ideas que encuentran su lugar recién cuando dejan de obedecerle al texto que las había preparado.
Después habló Nicolás Salvi. Venía recorriendo con absoluta naturalidad cuestiones vinculadas a blockchain, propiedad digital y NFT hasta que, sin cambiar el tono, contó que colecciona figuritas de Pokémon. El auditorio se rió. No era un chiste. Se rió porque de golpe todo dejó de sonar lejano. Bastó esa confesión para recordar que la tecnología nunca reemplaza a las personas. Apenas cambia los objetos alrededor de los cuales organizamos nuestra vida.
Luego fueron tomando la palabra Rocío Barbieri, Lucas Nagle y Simón Foriglio. Mientras los escuchaba me pasó algo que no esperaba. Dejé de pensar en el libro. Empecé a mirarlos a ellos.
Cuando esta investigación empezó, la mesa era otra.
Todos eran estudiantes. Los recuerdo llegando a las primeras reuniones con esa mezcla de entusiasmo y desorden de quien todavía está descubriendo cómo se investiga. Había más preguntas que respuestas. Siempre terminábamos hablando de cualquier otra cosa. Otras veces una discusión ocupaba toda la tarde y después desaparecía del libro sin dejar una sola línea escrita. Durante mucho tiempo pensé que esas conversaciones eran desvíos. Hoy creo exactamente lo contrario. Ahí estaba ocurriendo la investigación. El libro empezó a escribirse mucho antes de que apareciera la primera página.
Dos años después estaban sentados presentando ese mismo libro como profesionales, investigadores y profesores de la universidad. Todos. Nadie mencionó ese detalle durante la presentación. Ni falta que hacía. Alcanzaba con mirar la mesa para entender que el tiempo había trabajado en silencio mientras nosotros discutíamos capítulos. El libro estaba terminado, sí. Pero esa noche entendí que era, quizás, el resultado menos importante de todo el proceso.
Pensé también en otra cosa. Cuando empezamos, el mundo parecía girar alrededor de los NFT. Había quienes anunciaban una revolución definitiva y quienes aseguraban que todo terminaría siendo una burbuja. Hoy esa discusión ya no ocupa el mismo lugar. Nunca me preocupó demasiado. En el fondo, este libro nunca trató sobre los NFT. Trató sobre una pregunta bastante más difícil; qué hace el derecho cuando el mundo cambia más rápido que las palabras con las que intenta entenderlo. Los NFT fueron apenas el lugar donde esa pregunta decidió aparecer.
Cuando terminaron las exposiciones llegaron los aplausos. Después las fotos. Y recién entonces empezó la mejor parte de la noche.
Aparecieron las copas de vino, algo para comer y ese ruido de conversaciones yuxperpuestas que hace imposible seguir una sola porque todas parecen interesantes. Alguien hojeaba el libro buscando su capítulo. Otro preguntaba cómo había nacido la investigación. Los grupos se armaban y se desarmaban todo el tiempo. Había estudiantes hablando con profesores, profesores con egresados, egresados con autoridades. Nadie parecía tener demasiado apuro por irse. Nosotros tampoco.
Las presentaciones suelen anunciar el final de un trabajo. Esa noche ocurrió exactamente lo contrario. El libro empezó a circular de mano en mano y dejó de pertenecernos. Las conversaciones siguieron mucho después de que se apagaran los micrófonos. Creo que ahí entendí para qué sirven las universidades cuando funcionan bien. No solamente para transmitir conocimientos. También para crear espacios donde las preguntas alcanzan a durar lo suficiente como para cambiar a las personas que las hacen.
Cuando terminaron las fotos y las últimas conversaciones empezaron a apagarse, volví a mirar la mesa que había quedado vacía. Ahí había pasado, quizás, lo más importante de la noche. No el libro sobre NFT, blockchain o propiedad digital. Esa historia ya estaba escrita. La otra había ocurrido mientras escribíamos la primera.
Dos años antes, alrededor de esa misma mesa, todos eran estudiantes. Esa noche presentaban el libro como profesionales, investigadores y profesores de la misma universidad. Me cuesta imaginar un resultado mejor para un proyecto de investigación. Los libros siempre terminan encontrando sus lectores. Lo extraordinario es que, de vez en cuando, también transforman a quienes los escriben.


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