Por Fabián Soberón.
Sin amigos nadie querría vivir.
Aristóteles
Alma única
Sir Thomas Browne escribió una vez un elogio de la amistad. En La religión de un médico (Religio medici) anotó: «Existen tres uniones sumamente místicas. Dos naturalezas en una persona, tres personas en una naturaleza, un alma en dos cuerpos». Browne entiende que es tan impactante y verdadero que Dios sea tres personas, que cada individuo sea de naturaleza espiritual y corporal y que dos personas (los dos amigos) tengan una sola alma.
Montaigne también la elogió a través de una comparación con el fuego del amor. El francés pensó que el fuego de la amistad era más intenso y general que el del amor. Si le creemos a Browne y a Montaigne, la amistad existe como un fuego universal y duradero que se aloja en una única alma compartida por dos personas. Browne, acaso como un discípulo lejano y secreto de Aristoteles, sostuvo que la amistad no es otra cosa que una llama de ser compartida por dos personas.
Dos sentidos
Pocos dudan de que la amistad sea benéfica. Sin embargo, el filósofo italiano Giorgio Agamben pone en cuestión esa posibilidad: sostiene en un opúsculo que la amistad entre filósofos es un hecho extraño. Cuenta su experiencia con Jean Luc Nancy, un ex amigo. Se habían propuesto reflexionar sobre la amistad a través de cartas y, en un intercambio, algo no nombrado produjo el fin del intercambio y de la amistad.
En la literatura se podría pensar en dos sentidos posibles para la amistad. Por un lado, habría una posibilidad negativa o ligada a la negligencia. Pienso en historias que se repiten con nombres diferentes: un escritor con poder en un medio de comunicación coloca una reseña crítica favorable sobre el texto de un amigo. En este ejemplo, la relación amistosa funciona como una catapulta en el campo intelectual. Un escritor se vale del lugar de poder de su amigo para conquistar una zona de reconocimiento crítico.
El segundo sentido de la amistad literaria es altruista y visionario o, al menos, no está relacionado con un aspecto negativo. Pensemos en el caso Kafka – Max Brod. La situación es harto conocida. Kafka le pide a Max Brod que queme sus textos inéditos. El amigo no le hace caso, valora los escritos y los guarda. Max Brod no solo ayuda a Kafka desde una valoración aguda y única –ya que puede ver lo que el otro no ve– sino que con su acto contribuye a la alegría de los lectores futuros: les brinda la posibilidad de leer algo que luego será considerado fundamental en la literatura contemporánea.
Brindis
Hace unos años, hicimos un brindis por la amistad con la filósofa Lucía Piossek. Ella, maestra pensadora, me otorga con ese encuentro un lugar inmerecido. Lucía, que había conquistado logros en el terreno del pensamiento, se acercó al área diversa de mi situación y propuso un brindis por la amistad. ¿Qué significa este gesto? La conversación con Lucía me permitió no solo escuchar su propuesta madura y entusiasta sino también revisar las ideas incipientes o las reflexiones que se suceden en mi soledad. El diálogo con el amigo nos da la posibilidad de encontrarnos con uno mismo a través de la diversidad igualadora de la mirada ajena. El amigo –más allá de su propia condición– extiende la posibilidad de ser igual con el otro en el marco de lo distinto. Un amigo –desde su diversidad y altura– borra las diferencias en el mismo momento que mantiene las diferencias. Como sostiene Aristóteles, el amigo es otro sí mismo, el ser compartido dividido en dos. La amistad no se puede predicar porque no es un predicativo sino que se dice de alguien amigo porque comparte una forma de la mismidad desde la diferencia. La amistad consigue algo que está por encima del principio de no contradicción: es alguien que es otro en el seno de lo mismo. Es un otro y en su otredad entiende –percibe el mundo– lo mismo que un yo.
Más allá de la muerte
¿A quién le llamamos amigo? En la novela-ensayo Bajo el país de los Torajas, el escritor francés Philippe Claudel se inventa a sí mismo y piensa el lugar de la amistad. No solo crea un narrador que trabaja con la autoficción, sino que narra una serie de reflexiones sobre la vida y la muerte.
Philippe me dijo en una calle de París, mientras me regalaba la edición francesa de Bajo el país de los Torajas, que hacía poco se había muerto un gran amigo, el editor de sus libros. Después de leer su novela-ensayo, percibo que Philippe no solo ha reescrito de forma poética su duelo sino que ha ficcionalizado una manera de entender la existencia en relación con los amigos. El amigo no solo es alguien que mejora la vida sino que, además, modifica la manera de entender la muerte. Un amigo es alguien que ayuda a pensar –y sentir– el misterio de la muerte. Después de la muerte, tensiona el pensamiento y el sentimiento del que queda vivo.
Visión y perspectiva
Un amigo, entonces, es otro sí mismo. Es decir, el otro es una versión desde la diferencia de lo que yo soy. Es otro yo, en un sentido doble: es otro por su sola condición de ser otro; pero es un otro que contiene en su seno la posibilidad de pensar como su amigo. Un amigo comparte conmigo el hecho de ser: él y yo somos uno solo dividido en dos sujetos. Aristoteles dice que amigo es el ser compartido dividido en dos. Como dice Browne: una misma alma para dos personas.
Ahora bien, amigo no es sólo un otro que puede contener en su yo el yo de un otro. Es aquella persona que puede ver algo que otros no ven. No solo es un otro-mismo sino que es alguien que modifica el horizonte y la perspectiva del amigo.
Retomemos el caso Kafka para pensar en el plus de visión que introduce la amistad. Max Brod vio lo que Kafka no podía ver. Brod auscultó una zona de la sensibilidad de su amigo y observó –entendió– lo que otros no podían entender, incluso el propio Kafka. La amistad introduce una forma de la perspectiva que no está contenida en la forma geométrica de analizar el mundo. Un amigo ve donde y lo que nadie ve: descubre una zona del yo. Desde dentro –desde la mismidad compartida– observa y conoce una cierta zona de un yo. La amistad consiste en poder entrar en el yo del otro y conocer mejor –a veces– cierta zona del yo del otro. Inaugura así una perspectiva sentimental y reflexiva, una zona de la subjetividad. Podemos llamar visión a esta perspectiva de la zona. La amistad es, entonces, el conocimiento del yo del otro desde un nuevo ángulo de visión de la intersubjetividad.

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