Por Guido Brotto.
¿Quién está escribiendo realmente este material?
La figura del genio creador individual se diluye y una muchedumbre colectiviza el proceso de producción.
La representación y la delegación quedan suspendidas, porque el problema deja de ser la toma o la gestión del poder para convertirse en la transformación de las relaciones que lo hacen posible.
En este sentido, es el secreto, y la manera que encuentra cada persona para manifestarlo, lo que problematiza la noción tradicional de autoría.
¿Qué lugar encuentra el secreto del otro en la manifestación de la obra?
En ese proceso atisban nuevas relaciones, horizontales y no jerárquicas, capaces de sentar las bases de una nueva forma de resonar.
El secreto que se constituye aquí entra en vibración con el que se constituye allá. No se transmite como un contenido ni se impone como una verdad; encuentra su forma de resonancia en otro secreto, en otro intento de comunicar lo que no se puede comunicar.
El secreto no existe plenamente antes de manifestarse. Solo cuando encuentra una forma de hacerse presente reorganiza todo lo anterior y produce la ilusión de que siempre había estado allí esperando ser descubierto.
La obra no revela un origen; crea retrospectivamente las condiciones de su propia aparición.
Y si el secreto no pertenece, comienza a existir en el espacio imprevisible donde los secretos se reconocen entre sí.
Allí, el secreto-obra continúa sucediendo aún mucho después de haber ocurrido.
La creatividad ya no reside en la producción de un mensaje original, sino en la capacidad de hacer resonar un secreto con otro. En su capacidad de permanecer conectados incluso cuando se hallan separados por enormes distancias. Comunicándose no como información, ni trasladándose intactos de un sujeto a otro. Sino permaneciendo ligados porque participan de una misma forma de coexistir, aunque jamás puedan reducirse a un mismo contenido.
¿Qué ocurre en esa desestabilización presente entre el receptor de la obra y su autor?
La desaparición del autor habilita la imposibilidad de este a seguir sosteniéndose como fundamento de la obra. Aceptar esa pérdida no significa renunciar a la creación, sino liberar la producción de un centro que ya no puede contenerla.
La pregunta deja entonces de ser quién escribe, para convertirse en que relaciones produce aquello que ha sido escrito.
Conforme se acerca el final, aún hay más por venir. La muerte del autor no clausura el sentido; inaugura una forma distinta de circulación.
Es la realización del acontecimiento, el hecho de que se produzca, la que crea de forma retroactiva su necesidad.
Por eso se trata de escribir en secreto.
La luz del relámpago no brilla largo tiempo.

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