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Elogio de la memoria

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Por Ezequiel Aráoz Martínez.

El tetrapharmakos de Epicuro consiste en lo siguiente:

1. Ἄφοβον ὁ θεός; (no temas a los dioses); 2. Ἄνύποπτον ὁ θάνατος. (no temas a la muerte); 3. Καὶ τἀγαθὸν μὲν εὔκτητον (lo que es bueno es fácil de conseguir); 4. Tο δὲ δεινὸν εὐεκκαρτέρητον (lo que es terrible es fácil de soportar).

Epicuro vivió entre el 341 y el año 270 A.C. y fundó una escuela de filosofía llamada “El Jardín” que se basaba en la simplicidad y el disfrute de la amistad y la vida. Su discípulo Filodemo, popularizó sus enseñanzas a partir de una guía práctica para vivir conocida como “Tetrapharmakos”. Si observamos lo que plantea Epicuro pareciera que el mensaje es olvidar los temores y aceptar que la vida es más sencilla de lo que parece. Para Epicuro la vida no demanda sacrificios innecesarios sino el disfrute del presente.

¿Qué representa la vida y el tiempo cuando el tiempo es extraño? A lo que me refiero es que los tiempos de Epicuro y los nuestros no tienen tanto en común y sin embargo pareciera que podemos remover la arena y obtener algo que nos representa, aunque provenga de otro momento. El objeto de este texto tiene que ver particularmente con un personaje que habita la segunda máxima del tetrapharmakos, la muerte.

Creo que, en la sociedad actual, los miedos pasados han regresado en muchas formas y esto ha sido canalizado en la cultura popular a través del cine de una manera magistral, y no porque crea que las películas que vienen saliendo sean espectaculares, sino porque la recurrencia de sus temas retrata un aspecto social del que hemos dependido siempre. Y es que la muerte es un temor ancestral, pero si vemos Leviticus, Backrooms u Obsesión, hay otro miedo que se asocia con la muerte y que juega con la particularidad del tiempo en el momento de parálisis. Vamos al cine y nos asusta no controlar nuestro propio cuerpo como las prisiones de los protagonistas, donde algo más habita a nuestro alrededor, no estamos solos pero la soledad nos oprime y el temor a desaparecer frente al otro se vuelve palpable. El problema no es solo desaparecer, sino ser reemplazados y aún peor ser sustituidos por otro que nos habita y que anhela salir, que es a la vez parte de nosotros y ajeno a nosotros.

Así es la muerte, es parte y es ajena, y nos habita desde el momento en que nacemos. El Odiseo de Nolan teme la muerte y teme su sustitución, teme por la culpa y el daño que causó, aunque diste de los motivos y comportamientos del Odiseo de Homero, está más cerca del tormento de nuestro tiempo y en los tormentos, el tiempo se vuelve laxo y se descompone, porque la muerte nos observa y bailamos en una danza de simpatía y antipatía, porque es parte nuestra y a la vez ajena.

Si la muerte manipula el tiempo y los dioses condicionan nuestra existencia, vivir se vuelve difícil, más aún cuando el mundo se dedica a crear nuevas cadenas cada día en aquella fragmentación repetitiva de la que hemos hablado, que además nos distancia de las amistades que podrían impulsarnos a una danza más agradable, como lo esperaría Epicuro. Entonces ¿Cómo dejamos de temer a la muerte? Quizá la responsabilidad de la sustitución debería ser nuestra y deberíamos reemplazar al espíritu de la muerte por uno más noble, que mire la belleza de lo que jamás podrá alcanzar porque sucedió cuando el vals que bailábamos era en vida.

La muerte no alcanzará jamás lo que vivimos puesto que no le pertenece y ahí es donde su existencia se vuelve placentera: en nuestra posibilidad de arrebatarle a ella, un millar de momentos, estirándolos como la diferencia entre cero y uno para que la vida cobre sentido porque la muerte observa los bailes que no fueron suyos.

La muerte es segura y fulminante y es por ello que lo que no le toca jamás le tocará, pero si no estuviera allí todo sería pasajero e irrelevante, puesto que cada cosa que hiciéramos se volvería banal. Sin embargo, queremos despojarnos de lo único seguro que tenemos en la vida porque tememos el vacío, el reemplazo y el fin del tiempo, y así vemos aspiraciones que permitan a la tecnología administrar nuestro espíritu y cargarlo en bases de datos, para existir de otra forma, para sustituir nuestra existencia por nosotros mismos, otra vez. Pareciera una fantasía de ciencia ficción, pero los grandes empresarios del mundo anhelan la inmortalidad explícitamente: Elon Musk, Peter Thiel, Alex Carp, participan de proyectos que buscan trascender la humanidad en conjunto con la máquina para que la muerte deje de seguirnos y sienta el pie humano pisando su existencia.

Desafiar a la muerte pareciera dejar de temerle, pero es todo lo contrario. Es aceptar el temor y es intentar deshacerse de él, porque cuando no encontramos sentido, la salida no es la muerte sino el miedo y el miedo justifica la destrucción del otro con tal de sobrevivir. El miedo aviva el impulso bélico de destrucción porque el temor a un mundo donde Yo ya no estoy es el deseo de otro mundo donde no importa estar solo, importa existir, a toda costa.

Por eso necesitamos la muerte, pero dejar de temerle es decidir convivir con ella, y convivir con ella es comunitario, porque nos recordamos entre nosotros, porque la inmortalidad no es que el otro nos sustituya, sino que nos mantenga vivos en la memoria colectiva. La muerte debe ser el impulso de los pueblos a crecer colectivamente porque el recuerdo es el baile común frente a la inmensidad del vacío y porque los granos de arena son playa solo en conjunto. Y ahí con el calor del sol, que contagia su calidez a nuestro alrededor sucede el verdadero tiempo donde la historia avanza, porque el deseo colectivo imagina, proyecta y crea futuros, donde la muerte es el aval del verdadero avance, no por su existencia en acto, sino  por su potencia y allí los dioses no nos provocan temor, porque no les debemos nada, nuestros logros, nuestra historia, es nuestra y es por ello que lo bueno es fácil de conseguir, porque el alcance de las cadenas que atan a miles se conectan para formar puentes y allí, uno al lado del otro, lo terrible se vuelve fácil de soportar, porque la carga se distribuye.

La muerte es la causa de la memoria y es por ello que, en lugar de temerle, debemos invitarla a bailar y permitir que contemple lo que logramos en conjunto, dejándola que baile con uno y con otros, porque al temerle decidimos prolongar lo inevitable con tal de no ser reemplazados y si es necesario, destruir el pasado y aniquilar la historia.

La amistad para Epicuro era lo más importante porque los individuos solos son temerosos, pero cuando alguien más nos prende la luz cuando somos pequeños, lo que elimina el miedo no es la luz sino el gesto de otro. Últimamente la juventud ha caído en un desprestigio común en las redes, en los rumores y en las bocas de las generaciones anteriores que parecen olvidar que la experiencia se vuelve irrelevante sin la inventiva, y si pensamos que la juventud está perdida es porque que nosotros queremos vivir para siempre, es porque tememos el reemplazo, la muerte y el tiempo. La amistad con la juventud es la recuperación de la memoria, porque es pasar la antorcha y permitir que el mundo avance. La muerte debe estar a nuestro lado cuando los niños nos pidan que les prendamos la luz, porque una infancia a oscuras, temerá a la muerte más que nosotros. Y si los temerosos contagian a la juventud, la pasión por la destrucción se potencia, la soledad se vuelve carne y los poemas épicos se vuelven tragedias.

Volver a casa no puede ser solo sobrevivir a la guerra, sino poder contar la historia y que quede gente para escucharla y repetirla cuando ya no estemos, para que los próximos pueblos no teman a la muerte y honren las memorias del pasado apuntando a un futuro común.

 

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