Por Alfredo Elías Acevedo.
Solo los idiotas pueden estar a salvo.
José Ingenieros, El hombre mediocre,
Simulación de la locura.
Martín llegó diez minutos antes de la hora acordada.
Entró sin saludar, dejó una carpeta azul sobre mi escritorio y se aflojó el nudo de la corbata con un movimiento torpe.
—¿Tenés un vaso de agua?
Me levanté para alcanzar la jarra de vidrio que Delfina había dejado unos minutos antes sobre una mesa ratona. Al incorporarme advertí un fino hilo de sangre seca debajo de su ceja derecha, no parecía haberse dado cuenta.
Esperó a que volviera a sentarme.
—Decime una cosa, ¿vos de verdad creés que de esta podemos salir bien?
No contesté enseguida.
En veinte años de ejercicio había aprendido que la mayoría de los clientes no llega a un estudio jurídico buscando una solución. Llega buscando un inocente.
Martín bebió apenas un sorbo.
—Mi socio quiere que entre mañana y el lunes le entregue todos los números de la obra. Los certificados, las transferencias, los pagos a proveedores, dice que falta plata, está convencido de que me la quedé yo.
La pierna derecha no dejaba de temblarle debajo del escritorio. Un espasmo casi imperceptible le sacudía el párpado izquierdo. Parecía haber envejecido varios años desde la última vez que lo había visto.
—Si dependiera de mí, los mandaría a matar a todos.
Lo dijo sin levantar la voz, como si hablara de cambiar una cerradura.
Cuando conocí a Martín estaba quebrado, se había separado de una artista plástica que comenzaba a hacerse conocida, y se había lanzado a una serie de negocios que nunca terminaban de quedar del todo claros. Poco después conoció a Leticia, una abogada que trabajaba para una empresa vinculada a la industria petrolera.
Por ese entonces empezó a viajar con frecuencia a Uruguay, en José Ignacio se reunía con empresarios, operadores políticos y personajes del espectáculo que querían trasladar sus inversiones antes de la próxima crisis argentina. Martín decía que allí se estaban formando alianzas importantes. Había aprendido a pronunciar palabras como “clúster”, “consultoría estratégica” y “gestión de reputación” con la solemnidad de quien cree haber sido admitido en un orden secreto.
Mientras hablaba, yo advertía algo que él todavía no podía ver: no cambiaba de vida, apenas cambiaba de escenario.
Ahora seguía sentado frente a mí, con la mirada hundida en el fondo del vaso. Las pequeñas burbujas adheridas al vidrio parecían interesarle más que la carpeta abierta sobre el escritorio.
—No puedo mostrarle todo —dijo— hay movimientos que no van a entender.
—¿Tu socio no los va a entender o no puede conocerlos?
Levantó la vista.
Por primera vez desde que había entrado pareció observarme de verdad.
—Es lo mismo.
—No, Martín. Jurídicamente no es lo mismo.
Se pasó un dedo por la ceja, al retirarlo vio una mancha oscura en la yema, pero no preguntó de dónde venía.
—Nadie puede salir limpio de esto —dijo.
Cerré la carpeta.
No le pregunté quién le había pegado. Tampoco si la sangre tenía relación con la obra, con su socio o con alguna de las personas cuyos nombres aparecían en las transferencias. En ciertos asuntos, las preguntas prematuras no producen respuestas: sólo ayudan a perfeccionar una mentira.
Poco después de aquella reunión volvió a llamarme.
Esta vez no quería hablar de la obra.
Ni de los balances.
Ni de su socio.
Quería hablar de Leticia.
Cuando sonó el teléfono yo estaba en un bar. En el televisor transmitían la cadena nacional del presidente, que anunciaba el proyecto de reforma de la carta orgánica del Banco Central.
“Los argentinos hemos soportado una estafa durante casi noventa años”, decía con un tono áspero, mientras golpeaba el atril y abría los brazos hacia un auditorio que no aparecía en cámara.
En algunas mesas la gente seguía el discurso con una indignación automática, otros apenas levantaban la vista antes de volver al café. Un hombre junto a la ventana repetía que ahora sí alguien iba a pagar por todo, aunque nadie le había preguntado nada.
En una mesa cercana, una mujer leía “Yoga”, de Emmanuel Carrère, Cada pocas páginas se detenía para escribir algo en una pequeña libreta roja.
Martín hablaba atropelladamente.
Leticia había llamado a sus padres. El mes siguiente regresaría a Buenos Aires con Lautaro y Juliana, si él insistía en quedarse en Uruguay, no volvería a ver a los chicos.
Llamé a Delfina y le pedí que suspendiera el resto de las reuniones del día. Había urgencias que ningún expediente alcanzaba a contener.
—Me quiere dejar sin nada —dijo Martín.
—¿Dónde estás?
—En el auto.
—¿Dónde?
Hubo un silencio.
—No importa.
—Si me llamaste como abogado, sí importa.
—Te llamé porque no sé a quién más llamar.
La mujer de la mesa cercana cerró el libro y se levantó para ir al baño. Dejó la libreta abierta bajo la luz amarillenta del bar.
Me puse de pie, todavía con el teléfono junto al oído. En la página había copiado una idea atribuida a Freud: la salud psíquica empezaba cuando uno dejaba de fabricarse una desgracia repetitiva y quedaba expuesto, como cualquiera, a la desdicha imprevisible de la vida.
Me quedé unos segundos frente a esas líneas.
No por Freud.
Por Martín.
Durante años había visto personas destruir matrimonios, sociedades, herencias y empresas. Todas llegaban convencidas de que el desastre tenía un responsable perfectamente identificable. La esposa, el socio, el hermano, el Estado, el juez, el país.
Casi nunca era tan sencillo.
—Tomé una decisión —dijo Martín.
Volví a mirar el televisor. El presidente seguía hablando del fraude, de los responsables y de la necesidad de poner fin con la estafa de falsificar dinero para financiar a la alta política. De terminar para siempre con una historia de culpables.
—Te escucho.
—Me voy a quedar unos días en José Ignacio, unos amigos me prestaron una casa.
Lo dijo con alivio, como si hubiera encontrado una salida.
—¿Qué amigos?
—Los de siempre.
Conocía a algunos. Empresarios sin empresas visibles, asesores sin clientes reconocibles, hombres que en las fotografías aparecían siempre detrás de alguien más importante. Martín decía que uno de ellos había participado en campañas políticas y que otro podía hacer desaparecer un problema con dos llamados.
—Es la casa donde un verano tiraron un cordero decapitado desde un helicóptero —agregó.
Lo dijo riéndose.
No supe si esperaba que yo recordara la noticia o que celebrara su proximidad con aquella clase de gente.
—Ahí voy a poder pensar —continuó— Leticia no va a encontrarme.
La mujer regresaba del baño.
—Te va a encontrar —le dije.
—¿Qué?
—Te va a encontrar porque sos vos el que la necesita.
La mujer se detuvo junto a su mesa. Antes de cerrar la libreta me miró fijamente durante un segundo. No había enojo en su expresión, sólo una fría curiosidad.
—No empecés con eso —dijo Martín.
—Te quejás de Leticia, pero seguís entregándole todo lo que después decís que te quita.
—Yo no le entregué nada.
—Le entregaste la decisión sobre tus hijos, le entregaste tus bienes, le entregaste hasta la posibilidad de decirte quién sos.
Del otro lado se escuchó una risa seca, rota, casi como una tos.
—Para eso te llamé, ¿para que me juzgues?
—No. Me llamaste para que encontrara una maniobra.
—Entonces encontrala.
—No hay ninguna maniobra.
La mujer guardó la libreta roja en la cartera. Después se puso el abrigo y caminó hacia la salida sin mirar a nadie.
—Tiene que haber algo —dijo Martín—. Un recurso, una cautelar, una denuncia, algo para frenarla.
—Podemos presentar escritos, podemos revisar los bienes, podemos discutir la tenencia y pedir una prohibición de salida. Pero nada de eso va a sacarte del lugar en el que te metiste.
—No entendés.
—Entiendo que vas a irte a José Ignacio a tomar whisky con los mismos tipos que ahora necesitan que vos cargues con la plata que falta.
Martín dejó de respirar por un instante.
—No sabés lo que estás diciendo.
—La obra de Neuquén está a tu nombre, Las transferencias llevan tu firma. Cuando te pedí que explicaras los movimientos dijiste que tu socio no podía conocerlos.
—Porque él también está metido.
—Entonces contalo.
—No puedo.
—Ahí tenés tu salida.
—Eso no es una salida.
—No. Es hacerte responsable.
El silencio aplastó la línea.
En el televisor, el presidente había terminado el discurso, los periodistas repetían las mismas frases mientras en la barra comenzaba una discusión. Todos hablaban de la debacle como si hubiera llegado desde afuera, como una tormenta imprevisible: nadie lo había votado, nadie había cobrado, nadie había firmado nada.
—Esta mina me tiene encerrado —dijo Martín finalmente—. Por donde quiera escapar, me va a encontrar.
Miré la mesa vacía de la mujer, había quedado una marca circular de café junto al lugar donde había estado la libreta.
—No te acorraló ella, Martín.
—¿Ah, no?
—Te acorralaste vos para no tener que elegir.
—Sos un hijo de puta.
—Puede ser.
—Creí que eras mi abogado.
—Lo soy.
—Entonces defendeme.
—Eso estoy tratando de hacer.
La llamada se cortó.
Me quedé mirando el teléfono.
Durante unos segundos pensé en volver a llamarlo. Después recordé la carpeta azul sobre mi escritorio, las transferencias, los certificados y la sangre seca debajo de su ceja. Pensé en Leticia preparando las valijas de los chicos. En su socio contando los días hasta el lunes, en los hombres de José Ignacio esperando que Martín llegara a la casa para explicarle, seguramente, que todo podía arreglarse.
En la barra, alguien celebró que por fin el país hubiera encontrado a sus culpables.
Miré la hora. En pocos minutos abriría la bolsa.
Martín podía subirse a una lancha rumbo a Uruguay, podía firmarle una cesión de bienes a Leticia. Podía presentarse el lunes con la carpeta incompleta o terminar llorando dentro del auto frente al colegio de los chicos.
Daba casi lo mismo.
El mecanismo ya estaba en marcha.
Pagué el café y salí al sol helado de la mañana. Me subí el cuello del tapado y crucé la calle mientras el semáforo todavía estaba en rojo.
Había pasado buena parte de mi vida escuchando a personas que aseguraban haber quedado atrapadas en historias construidas por otros. Yo mismo había aprendido a presentar los hechos de manera que cada cliente pudiera parecer un poco menos responsable de su propia caída.
Tal vez en eso consistía mi trabajo.
Ordenar la desgracia.
Distribuir la culpa.
Encontrar a alguien capaz de cargar con ella.
A mitad de la calle sentí una vibración en el bolsillo. Pensé que Martín volvía a llamarme, pero no atendí.
Seguí caminando con la desagradable certeza de que no había nada en su vida que no estuviera, punto por punto, ocurriendo también en la mía.
