Por Ignacio Adanero.
En su libro sobre los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt (1994, p.560) se pregunta por las condiciones de posibilidad y los principios de acción que rigen a un gobierno totalitario, arribando con acertada astucia a la conclusión de que tanto el nazismo como el estalinismo radicaron en el ejercicio de un terror coactivo imbricado a un principio de acción donde prevalecía una premisa ideológica cargada de sobre-sentido (la superioridad de una raza aria o el ascenso predeterminado de una clase social). Arendt aporta una idea peculiar para entender las condiciones de posibilidad en las cuales se produce tal forma de dominación política, y ella consta de que el totalitarismo tiene tras de sí un desierto colectivo u aislamiento social, es decir, una erupción atada a la existencia de un tiempo donde hombres y mujeres vivenciaron un largo proceso de distanciamiento, impotencia e incapacidad para la acción, obturándose todas las capacidades políticas del yo, tanto individuales como colectivas. El peligro radicaría, según la autora, en la delgada línea que separa al aislamiento de la soledad; es decir, entre una experiencia donde la impotencia para actuar se trasunta en otra donde el hombre y la mujer sienten el abandono de toda compañía humana.
Estamos en el corazón del argumento arendtiano y al borde de una pregunta coyuntural, pues si la emergencia totalitaria se relaciona con la existencia de momentos donde las verdades socialmente aceptadas pierden su garantía o resultan vacuas (lo que da lugar a líneas descabelladas del tipo “la naturaleza selecciona razas superiores o “Dios es anarco-capitalista”), cabe la pregunta por indagar hasta qué punto la soledad masiva es una propiedad excluyente de la emergencia totalitaria, o, dicho de otro modo, hasta qué punto existe una armoniosa continuidad entre formas de vidas aisladas u encerradas y regímenes democráticos o no-autoritarios. Arendt dice que la soledad es un vacío mucho más abarcativo de las relaciones humanas y que su naturaleza se encuentra ligada al desarraigo del individuo, a la desatadura de los resortes institucionales, sociales y tradicionales que marcaron nuestra historia. De allí que haya una diferencia fundamental entre estar aislado (insumo básico de los regímenes tiránicos o autoritarios) y sentirse sólo (tormenta de arena que desancla al individuo tanto del mundo exterior como de sí-mismo). Sentirse sólo significa no tener en el mundo un lugar reconocido y garantizado por los demás: una suerte de pulso de superfluidad que linda con el sentimiento de no-pertenencia y comprende un momento de ruptura con lo exterior común, un momento de corte respecto del marco de costumbres e instituciones que nos cobijan, trayendo la paradoja de una perfecta adhesión a premisas ideológicas cargadas de sobre-sentido. Es el terreno donde la evidencia muestra que la mente humana conserva una capacidad lógica perfectamente prescindible de la compañía del yo, esquema de inteligibilidad típico donde se puede entender cómo lo humano funciona en plena seguridad estando de espaldas a la realidad sensible (ninguna experiencia extrema de soledad, sostiene Arendt, pervierte las premisas elementales del tipo dos más dos es cuatro).
Fue moneda corriente, advertido lo anterior, otorgarle una temporalidad breve a la explicación del ascenso libertario que vio consagrar la performance electoral de Javier Milei en 2023 (y octubre de 2025), dándole mayor crédito a las novedades consignatarias de La Libertad Avanza, al abstencionismo electoral que marcó los ciclos políticos pospandémicos o al estancamiento económico que efectivamente hubo durante el último trienio y la larga octógona de años que prosiguió a diciembre de 2015 (presidencia de Mauricio Macri, primero; gobierno de Alberto Fernández, después). Sobre todo, en el apremio por entender al ascenso de Javier Milei como espejo local de experiencias reverdecientes en las “nuevas” derechas a nivel global (Trump, en EEUU; Bolsonaro, en Brasil, dos ejemplos de esa confusa tendencia anti-sistema), y así pendular entre la consabida subestimación del electorado como mera máquina reactiva a la influencia propagandista mediática, o cuando no, como opción “fácilmente infiltrable” (Página 12, 2023) destinada a fracasar después de unos meses de gobierno. Sin negar la cuota de asidero que tienen estas miradas, y en especial el innegable potencial de las fuerzas financieras, ideológicas y comunicacionales que agencian narrativas globales contra el igualitarismo y el tenue consenso progresista que marcó el ciclo anterior, sería más bien pertinente observar algunas características que hacen a la cromática autóctona y por ende al tipo de raíces que marcaron la erupción de una simbología a priori repentina y marginal: decimos aparente, porque resulta oportuno auscultar la piel de la argentinidad moderna y a partir de allí distinguir calados y pliegues en lugar de extensiones incuestionadas que pertenecen a los términos en que suele moverse el lenguaje mediático cuando habla de avances, somatizaciones, retrocesos o reflejos, términos en que lo social y lo político tienen estatutos desnivelados y autónomos o donde la nobleza de lo primero se muestra meramente reactiva a los golpes de magia y trucos del segundo (toda esa insistencia consabida en colocar a la agresividad de un lado y a la inocencia del otro, en dirimir la pureza esperanzadora de un inerme campo frente a otro que sería titiritero del futuro).
En ese sentido, podríamos continuar agregando cadenas a la superficie de análisis que prefieren el mainstream, los streamers, influencers y tweeteros políticos; pero el resultado seguiría siendo pobre y de vuelta estaríamos chocando contra la improductividad que ofrecen categorías como Grieta, Década ganada o Revolución de la alegría (eslóganes respectivos del neo-peronismo y del cambiemismo). Toda esa superficie no haría sino empañar el lente con el cual es mejor analizar una transformación social de largo aliento que marcó el pulso invisible de la elección de noviembre de 2023; transformación social, vale decir, que poco se queda en los prolegómenos de un cambio sustancial harto conocido en el mercado de trabajo o en la reconfiguración económica de la Argentina (el avance del mundo Rappi, la explosión de las economías de plataformas, el boom de las mineras o la exportación de petróleo como estelar de futuro), sino más bien remite a la pregunta por la continuidad de esos dispositivos de subjetivación, que, como señala Deleuze (1992), se trata siempre de ovillos, madejas, posiciones de sujeto, desde donde se tensan algunas líneas para dirimir una salida, fisura o reconfiguración distinta a eso que llamaríamos el archivo o lo esperable: “Milei no va a ganar”, “Milei durará poco”, “Milei no podrá gobernar”, y toda esa batería aburrida con la cual se acompañó desde la oposición y desde la expectancia, una observación acrítica que partía de viejos consensos y esquemas atados a las cláusulas pétreas del ambiente u ecosistema democrático.
De allí pareció una novedad testificar cómo el dúo Javier Milei-Victoria Villarruel (dos expresiones transitoriamente aliadas), hubo logrado desentrañar una magia escondida en el significante Casta, algo así como una caja de resonancia descubierta en la noche de los tiempos y cuya evidencia empírica reposicionaba a las elites políticas como ridículas e inermes para responder al ataque: Milei iba más allá del kirchnerismo y del point break del relato macrista de Juntos por el Cambio, para situar a la decadencia argentina en los años del irigoyenismo o en los tiempos del sufragio universal y así animarse contra toda una corriente que, más acá o más allá, adhería filosóficamente a nominar como un derecho a cada necesidad y a resaltar la benevolencia valórica del sistema democrático por el sólo hecho de existir. Con él, la discusión se desplazaba desde el binomio democracia/dictadura hacia el combate legendario de los “argentinos de bien” contra la casta, entre la inflación económica del populismo versus el éxito de una economía sana y libre que dependía de despolitizar la vida: entre fuerzas económicas de expansión versus corporaciones burocráticas de obstrucción. Eso desencajaba los ejes temáticos del mainstream y así redoblaba los excesos de ese famoso dispositivo de enunciación que siempre marcó las ventajas de los outsiders en el sistema político argentino, pero esta vez, bajo el formato de una batalla flagrante que tenía niveles de mucha territorialidad y de poco delirio, a juzgar por los pobrísimos outputs de una clase política en decadencia que mostraba a la imputación libertaria como un legítimo decurso contra las formas, efectos, procedimientos y resultados de esa democracia re-inaugurada con Alfonsín y agotada narrativamente después de probar todas sus opciones (con excepción hecha del menemismo).
Ese 2023 fracturó otras comodidades del pensamiento y fue más allá del estiramiento o de las polarizaciones a que nos acostumbró el análisis post 2008 o pos-consagración de dos coaliciones, puntales que acapararon casi toda una década: Milei tiraba de cuerdas lejanas, madejas de cables sueltos, bobinas cuyas puntas estaban disponibles hacía mucho, y que como señala Pablo Semán (2023), reactualizaban el 2001 como punto nodal desde donde había partido una línea anti-política y una corriente que en los años venideros avanzaría con posiciones más beligerantes contra el Estado o contra las políticas redistributivas y las organizaciones sociales. Esa modulación creciente jubilaba por defecto a aquellas otras derechas moderadas que habían ingeniado un aggiornamiento de sus estrategias en base a discursos de gestión, administración o emprendedurismo, recolocando el nervio en el vector originario desde siempre: en el desprestigio a la política y en el odio a las formas de representación tradicionales, in toto sospechando contra actividades contaminadas por sus lazos militantes, burocráticos o parasitarios para con lo estatal, reubicando a la política en el lugar de máscara encubridora de intereses oscuros o prebendarios (“son todos chorros”) o como culpable lisa y llanamente de la tragedia individual. Lo interesante no es redescubrir el inventario de críticas contra la casta que Milei supo cosechar en el estallido de la pandemia y carretear desde atrás, sino repasar aquel fondo condicionante que atravesó tanto a los discursos oficiales como a las debilidades estructurales que marcaron el sesgo de esa clase política con el kirchnerismo a la cabeza: el intento progresista de reconstituir un orden dañado de muerte por la dictadura se fraguó en un estado de profunda despolitización y extendida desconfianza hacia la vida pública y la posterior búsqueda cambiemita por rebatir tradiciones o reabrir debates en torno a cuestiones de lo más relevante (el juicio a los militares, la condonación de sus penas), fueron parte de ese consensus iuris des-nivelado que la política nunca pudo reconocer como desacoplado entre su vocación instituyente y el carácter esquivo de lo social.
Ninguna de aquellas monedas fue suficiente para contrarrestar una cínica sospecha que pervivía sobre la razón de la política, y la reparación profunda a la que convocó el kirchnerismo mediante la reapertura de los juicios por delitos de lesa humanidad o las políticas públicas de carácter universal (por citar dos casos), no implicaban per se un entusiasmo compartido ni una política de alianzas o reflexiones persistentes de índole democrática o progresista. Por el contrario, y como señala María Pía López (2009), la vida de las mayorías populares y del conjunto de los símbolos solicitados estuvieron separados más de una vez, o, en todo caso, esas carencias y desajustes hacían palpables que tanto 2008 y sobre todo 2001, continuaban marcando el punto luminoso de aquella crisis de representación que se erigía como vector silencioso ante una puerta de salida que ofrecían las voces peronistas o las señales de resistencia de una derecha con tonalidad republicana. Si una posibilidad era reconstituir el proyecto neo liberal por esta última vía (todo ese neo-menemismo encarnado en la figura de Macri que finalmente partió edulcorado en una alianza como Cambiemos), otra posibilidad más irrealista pero coherente era continuar apostando a una retórica anti-progresista desde la marginalidad electoral del liberalismo y sin perder el piso de construcción (en redes, plataformas, medios otros). Sin renegar de la pertenencia a los bordes o renunciar al horizonte de participación.
Para ese inusitado auge del libertarismo que se precipitó como exaltado a la salida de la pandemia, Semán (2023, p.35) utiliza el término de mejorismo, un reflejo de esa fascinación plebeya por la libertad y el emprendedorismo desde el faro auto-realizante y auto-desafiante que a partir del mérito y el riesgo (pero sobre todo lo segundo) se consagró en un carril de subjetivación focalizado en el desbocamiento de lo prohibido, en la tensión de los límites a la moralidad permitida. Fueron los días en que se discutió sobre la legitimidad de la venta de órganos o el comercio de niños como partes del credo libertario, fueron los días en que un conjunto de economistas ligados al establishment (Cavallo, Broda, Melconián) quedaron en la habitación de los moderados, ignorantes y aguafiestas del experimento en ciernes; los días en que resultaba posible que alguien pidiera un certificado con la cifra exacta del número de desaparecidos. Por ello es que debe irse más allá y empezar a preguntar por ese “mejorismo” y su ligazón a la cultura masiva del aislamiento heredera de la etapa pre-democrática, siendo una posibilidad servirse del concepto de vidas de derecha de Schwarzböck (2018): prácticas acostumbradas a una vida sin política o al decurso de una vida sin problemas, el espejismo de una cotidianeidad que desconoce y niega los fantasmas de una rutinización apagada por la condición monádica, la financiarización de una vida más endeudada pero amparada en el alivio que ofrecen los discursos de odio, o los atrevimientos simbólicos para tensionar la representación súper-estructural del progresismo dominante. De nuevo, narrativas individuales, conflictuadas, cuyos puentes cortados son el abismo desconocido que lleva a denigrar la política como imposible y a detenerse en que Milei creció al amparo de los días donde pareció real matar el tiempo a lo bobo como estética dominante del ciclo de Covid y encerramiento. Normalidad de una vida encerrada que podía ser “cómoda” y utilitaria sin introspección, adaptación práctica o enfrentamiento descarnado, punto liminal entre lo normado y lo rupturista: réplica de la indiferencia u opción creativa de subversión. Memorias de la dictadura o no, Schwarzböck provee un concepto y es el de la vida estética como pliegue preparado para agenciar las cosas que se daban/se dan/ y se darán/ fuera de lo esperable, fuera del archivo.
No resulta holgado señalar, en esa dirección, que durante el gobierno de Alberto Fernández (ese frente tardío del kirchnerismo y aliados que ya no conservaba ni el prefijo neo de todos los peronismos posibles), los críticos a la gestión pandémica hablaran de una “infectadura” o de un “industricidio” como elementos subsidiarios a la corrupción del gobierno en curso. De golpe la memoria de algo olvidado se hacía presente y regresaba (a modo de fantasma) en ciertas prácticas u hábitos que actualizaban el recuerdo de ver por última vez a un ser querido o la imposibilidad de despedirnos de un familiar, remozando eso de movernos en la búsqueda frenética de un cuerpo que ya no está para ser velado o ser cerrado para siempre. Regreso subrepticio y artero de aquel tiempo internalizado que parió subjetividades, afectividades, prácticas defensivas, de silencio y más, a partir del horror clandestino y del abismo desde donde se inauguró nuestra temporalidad fracturada y re-organizada (no casualmente, la dictadura se llamó a si misma Proceso de reorganización nacional). Días donde se cortó la dimensión de lo real-sensible para dar lugar al juego de simulación y de lo superado, la solapa ficcional de lo digerido en base a la promesa de un retorno ordenativo, donde anulada la posibilidad de una vida verdadera o la verdad de una vida militada y opuesta a la ofrecida, resulta triunfadora una vida de no-verdad impostada en el juego de los vencidos que tienen palabra pero no parrhesia. Estamos en la hipótesis de Fogwill, porque sabemos del poder que la dictadura conservó para sí misma como herencia semántica enrostrando su victoria post-estatal en la cotidianeidad de nuestras vidas y de nuestra cultura. De lo que se trata, sin embargo, es de indagar cómo el fundamento de una vida anclada en el miedo puede llegar a rememorizarse o a reaprenderse sin mayores dificultades en el momento democrático: miedo que aísla, miedo que rehúsa intimidad, miedo que muestra su incomodidad en las ofertas electorales, miedo capaz de re-posicionarse allí, justo allí, hablando, expresándose, sosteniendo que la política o los partidos no sirven, que los políticos son todos iguales, que mejor callar o distraer, que mejor no refinar el gusto, que mejor enriquecerse, no preguntar por las condiciones. Silvia Schwarzböck (2018, p. 22), suele referirse a todo ese mundo como un mundo de no verdad convertido en juego de simulación, simulación que de tanto obturar vías a la utopía, transforma a los fantasmas en espanto y a todo aquello que desborda lo aburrido en una cultura política que debe ser reprimida en salón literario.
Si esos espantos no terminan de tomar cuerpo dada la experiencia terrorista detrás, lo que queda es una política que se muestra más aparente que nunca, y para nada es casual que esa sea la caja de resonancia más exitosa de la adjetivación anarco-capitalista. En toda su bronca, Milei supo remover los fantasmas de los tiempos dictatoriales como el fantasma de la “amenaza socialista” ahora devenido en un marxismo cultural agazapado bajo el ariete de un progresismo woke. Des-ocultó como fantasma lo que la dictadura concretamente eliminó aunque permite ver como espectro en la peculiar vigencia de lo que pervive a partir de su libidinoso mostrarse (en sus museos que se critican y no se cierran, en sus guerras ganadas y nunca terminadas), en sus imágenes superficiales, en sus papeles “des-archivados”, en sus memorias portátiles, en sus otros videos del 24 de marzo, en la continuidad de una vida sin sentido o en la clandestinidad sin sobresalto de una vida aislada y sin esperanza, sin promesa de comienzo. Donde ellas pueden adormecerse a la par de la muerte, ser vidas acechadas por la cotidianeidad de lo que no se puede cambiar, dejando a la creatividad como promesa falsa o como cosa del pasado. Lo que queda, entonces, son las premisas ideológicas cargadas de revancha: el lenguaje de venganza contra la casta, la eliminación del déficit fiscal como exhumación de todos los pecados, la eliminación de los subsidios como extensión de la inhumanidad (ahora vertida sobre discapacidades); el terreno fértil de la tormenta donde vida privada y vida pública ya no poseen espacios de diferenciación porque no existen ni la una ni la otra: una queda como expresión de feeds o espectáculos para apedrear políticos, y otra existe como intimidad infértil para generar condiciones únicas de repolitización. Queda “el riesgo kuka”, el “fantasma del kirchnerismo”, la “irracionalidad del peronismo”.
La derrota del militante, en ese sentido, es una derrota muy precursora a la crisis argentina de 2001 o a su reactualización de 2008 y 2023. En su tragedia, hay una relación ambivalente con lo popular y con la política, en tanto no mide su encono o desconcierto ante una cultura que se muestra en extremo como espectáculo y en el otro como salón literario. Porque si de un lado se encuentra la diseminación de las vidas de derechas, del otro se observa cómo el debate es un espacio colmado por la imposibilidad de pensar vidas alternativas a los marcos dominantes. Se desenvuelve en una histeria pasado–presente que no cesa de re-actualizarse en los términos de una victoria tristemente silenciosa (la del no meterse, no hablar, no militar, tener cuidado, callar, observar, desconfiar, no escribir, no epistolar, no participar), y, en paralelo, en la ausencia de una parreshia capaz de romper el discurso estético proto-democrático de lo permitido. El electorado libertario, y el militante libertario, más que novedoso por su incorporación generacional (todo ese mundo social cuya homogeneidad falsamente se presupone), es nuevo por haber incorporado una línea argumentativa que se creía perimida dentro de ese espacio de la progresía de derecha o de izquierda que colmó el salón. Por ello no conviene sobreestimar aquellos alcances que las transformaciones sociales profundas trajeron de la mano de las revoluciones tecnológicas como vectores preferenciales u orientaciones radicalizadas (sin mencionar los efectos potenciados que trajo la pandemia por Covid-19), sino más bien entender que tanto el kirchnerismo como el anti peronismo afrontaron con escualidez la irrupción de esos discursos desafiantes y burlescos respecto de las conquistas democráticas. Todo eso evidencia por qué los discursos pretendidamente políticos, los discursos por los derechos humanos, los discursos feministas o aquellos en torno a la memoria, no lograron demostrar ante el embate un certificado de maceración mayoritaria para contrarrestar la purgación de desarraigo más importante de nuestro tiempo. De haberlo tenido, no hubiesen abonado a la acusación mileísta que les enrostraba en su cara la piel de casta o el academicismo que marcaba sus advertencias de no votar a la derecha por el riesgo amenazante de “poner en peligro los derechos”. Sin saberse, esos discursos no hacían sino reproducir la voz lejana y magullante de ese afuera perimido ahora convertido en fantasma o espanto al que había que eliminar por anacrónico.
Resulta comprensible, en todo este trasfondo, que haya sido el anti progresismo un vehículo exitoso para comandar emociones negativas y no tanto el correctismo político aquella fuente capaz de traccionar las radicalizaciones de un deseo comunitario cargado de insistencias ideológicas. A la distancia, hizo ver cómo un electorado sin fe en la clase política se aferró a una posibilidad de redención que proponía una panacea ordenadora de una vez y para siempre, eliminando el déficit fiscal o dinamitando el Banco Central como antesalas de un proceso mágico. El sentido oculto, la madeja de toda esa sorpresa, era la promesa de una comunidad abstracta que revirtiera el desarraigo al que habíamos llegado por el oprobioso ejercicio de una “casta corrupta” y sin posibilidad de reinventar lo fallado. Fue como darle la razón a la dictadura o a esas prácticas de derecha, acotando los tiempos de la desgracia y omitiendo la victoria original del terrorismo de Estado: se constató que los partidos tradicionales no educaban, no curaban y no permitían vivir, haciendo de la promesa de resarcir estructuras caducas (como la del Padre frente al hijo o de las Fuerzas Armadas frente a la sociedad), un juego de espectros posibles que solo podían venir de una opción radicalizada, máxime, en una campaña atípica donde recuperar algún nudo comunitario se emparentaba a la posibilidad de reconducir un pueblo extraviado. No es curioso que un presagio de comunidad, una comunidad libertaria, fuera ese magma de redes sociales donde se fraguó la trinchera de streamers, trolls, guerreros del tweet o divulgadores, quienes politizaban desde la marginalidad su frustración revulsiva y a partir de allí puntos de referencia que no implicaban un alto conocimiento más que compartir el odio o tantear una causa, proponiendo suturar el miedo sin sentir pertenencia (y sin perjuicio de evitar otra forma de desierto), para lograr desde esa clandestinidad paranoica una mayor luz sobre un estado mental compartido.
Se objetará que todo eso no se correspondía con una fórmula presidencial (Milei-Villarruel) cuya segunda pata era más nacionalista que liberal, más anti-burguesa que pro-mercado, más tradicionalista que anti-católica. Responderemos que la fusión entre nacionalismo conservador y liberalismo a ultranza tenía claros antecedentes, siendo la última dictadura cívico-militar el más claro ejemplo; y que allende los soliloquios a que conduce discutir el sentido de aquella propuesta incongruente (oxímoron final en la idea de repartir vouchers para universidades aranceladas o mercantilizar órganos como ejercicios de libertad), cualquier intento de abordar a Milei como fenómeno de redes sociales o como producto de crisis económica obtura las posibilidades de analizar un largo ciclo que arrastra continuidades y repeticiones. Por eso Arendt. Porque la soledad es perfectamente compatible con la posibilidad de adherir a premisas ideológicas cargadas de sobre-sentido, y nada debe sorprender si un espejismo plebeyo se muestra receptor ante los slogans del liberalismo: en los extremos narrativos de esa legitimación, llegaron a destacarse un conjunto de elementos simbólicos apelativos al dogma religioso como ser la invocación a las “fuerzas del cielo”, la reivindicación del libro de Los Macabeos, o un proceso de conversión al judaísmo ortodoxo a manos del presidente en funciones. Ese anti-catolicismo y esa consecuente exégesis del antiguo testamento, fueron uno de los más llamativos símbolos del núcleo social sectario que tanteó la construcción iniciática del relato mileísta y de no haber sido por el carácter marginal que asumió, merecería ser tomado en toda su curiosidad más alta. Un módulo más dentro de ese intento de construcción del anillo de hierro fuera del cual la realidad se muestra como rebelde o meritoria de ser retocada. Problema que persiste, aún hoy, cuando Milei refuta los datos paupérrimos de la realidad económica arguyendo que la merma de la recaudación fiscal encuentra sus razones en un incremento de la evasión y no en una caída abrupta de la actividad económica. La rebelión de lo real.
Ese fue el craso error de los analistas en la época de Weimar, y esa es la tormenta de arena que no vimos venir. Porque si los solitarios pueden perfectamente ser hombres o mujeres normales y aburridos tendidos en sus camas levantándose en silencio para sobrellevar sus vidas cansadas, también es cierto que sus estados abandónicos nunca pueden significar una mella a sus capacidades cognitivas capaces de adherir a las ideas más “coherentes” en el plano lógico. Es la tormenta perfecta, porque cuando su destino fue número, clasificación o voto, se visualizó en el abstencionismo electoral de once millones de personas y fundamentalmente en la abulia de la militancia que se mostró incapaz de devolver una respuesta no-fantasmal al crecimiento repentino de una fuerza sin historia. La soledad, paradojalmente, es también extensible a ella, porque el intento de des-historización radicado en elegir a alguien de la plebe o a alguien “como uno” (vale recabar en eso de que Milei era considerado un hombre normal y marginado) era perfectamente compatible con un grito de ausencia dolorosa que clamaba un ¡acá estamos! y que significaba un aullido para aquellos cuya experiencia de aislamiento era armoniosamente compatible con los tiempos de ciudadanía y opinión abierta. Curiosamente, Schwarzböck refiere a la soledad como a una especia de tránsito o pasaje detectable a partir de un trauma o conmoción corpórea causado por un afuera inesperado: la mayoría saldrá inmovilizado, fantasmagórico, perdido caminante. Dejará atrás sus sueños, abandonará el espacio, y no porque hayan olvidado lo pasado sino porque desean repeler ese tiempo interrumpido con violencia. Nuestra Hannah Arendt, curiosamente, también pone a la violencia en el lugar antitético al de la política, en tanto técnica y política se desencuentran y la primera limpia la memoria creativa, dialógica y paciente de la segunda; por eso dice que la soledad se asemeja mucho a una especie de desraizamiento, a una suerte de perdida u olvido de las causas últimas (1994, p.9): a una tierra donde el liberalismo ya no funciona como background posible para recuperar al hombre como ser jurídico y así retrotraerlo de masa a persona, de anónimo a clase. Ese es el terreno de la derrota, el terreno de la dictadura. Esa es la abstracción del orden económico, la abstracción del militante, la del arte y la política. Por eso, para revertir toda esa tormenta, tendremos que ingeniar una política que vuelva a recorrer los cuerpos, cuerpos mellados y nacidos de una gran experiencia de aislamiento, porque si no lo hacemos, correremos el riesgo de volver a ver de un lado los discursos de expansión democrática y del otro las prácticas en que reina la descomposición (Pía López, 2019).
