Por Luisina Elorriaga Toll.
«Lo que se hace por amor acontece siempre más allá del bien y del mal».
— Friedrich Nietzsche
Resulta curioso que una de las mayores aspiraciones de muchas personas sea encontrar el amor, aun cuando ese deseo aparece mucho antes que cualquier vínculo real. Esto conduce a preguntarnos si aspiramos a una conexión genuina con otro ser humano o si buscamos la idea de esa conexión, una imagen que aprendimos de nuestro entorno. En definitiva, ¿buscamos realmente amar a otra persona o perseguimos una idea del amor construida por la sociedad?
Para acercarnos a una respuesta, primero debemos replantear qué buscamos en un vínculo. No siempre deseamos compartir una vida, conocer profundamente a alguien y construir intimidad; a veces solo queremos sentirnos elegidos, abandonar la soledad, cumplir una expectativa social o sentirnos completos. Cuando una relación nace únicamente de estos últimos motivos, el amor deja de ser un fin y se convierte en un medio para satisfacer otras necesidades, casi de la misma manera que un producto.
La asociación entre amor y producto nos acerca al pensamiento de Bauman y su concepto de amor líquido. La lógica del mercado invade las relaciones humanas, ya no consumimos solamente objetos, sino también experiencias y vínculos. El amor comienza a pensarse como algo que debe producir satisfacción inmediata y, cuando no lo consigue, parece volverse reemplazable. Sin embargo, que el mercado intervenga en nuestra manera de relacionarnos no significa que pueda explicar por completo lo que sentimos. Puede ofrecernos modelos, promesas y expectativas, pero entre esas imágenes y la experiencia todavía quedan el deseo, la historia personal y el encuentro con alguien que nunca coincide del todo con lo que habíamos imaginado.
¿De dónde surge, entonces, ese ideal del amor que queremos consumir? Basta con observar cuántas historias terminan presentándolo como una recompensa o una salvación. Cenicienta se casa con el príncipe; Roxane descubre demasiado tarde que las palabras que amaba eran las de Cyrano; Joel y Clementine deciden intentarlo otra vez aun sabiendo que pueden volver a lastimarse; Katniss y Peeta convierten las bayas en un gesto de desafío compartido. Son finales muy distintos, aunque todos colocan al amor en el centro de la experiencia. Aprendemos qué significa amar mediante lo que vemos: el ejemplo de nuestros padres, las canciones, las películas, los libros y las redes sociales. La cultura nos entrega un vocabulario para reconocer el amor, pero ese vocabulario no es el amor mismo.
Muchas de esas representaciones responden a pautas que durante mucho tiempo se presentaron como naturales: el amor cisheterosexual, monógamo y sostenido por roles de género claramente definidos. Al repetirlas como una forma universal de amar, otras experiencias quedan fuera del relato. Por eso es necesario preguntarnos cuántas de las características que consideramos naturales pertenecen realmente al amor y cuántas dependen del contexto social, cultural e histórico. La industria cultural influye sobre nuestro juicio, pero no lo clausura. Podemos reconocer lo que aprendimos, discutirlo y construir otras maneras de vincularnos.
La idealización del amor no es un fenómeno contemporáneo. En El banquete, Platón reúne distintas voces que ofrecen respuestas diferentes. El discurso de Aristófanes cuenta que los seres humanos fueron divididos y que, desde entonces, cada uno busca la mitad que perdió. El mito suele reducirse a la idea de la “media naranja”, pero habla también de una herida profunda: el deseo humano de recuperar una unidad perdida. No es la única explicación del amor presente en la obra ni puede tomarse como la posición definitiva de Platón. Más adelante, Diotima presenta el amor como un movimiento, no consiste únicamente en encontrar a alguien que nos complete, sino en elevarnos desde la belleza de un cuerpo hacia otras formas de belleza, conocimiento y creación.
Schopenhauer, en Metafísica del amor sostiene que detrás de aquello que vivimos como una elección íntima actúa una fuerza que nos excede: la voluntad de la especie. Su mirada reduce el margen de libertad de los enamorados, pero permite advertir que el amor tampoco nace de una voluntad completamente soberana. No elegimos de manera racional a quién amar ni podemos explicar toda atracción por lo que aprendimos en una película. El deseo tiene zonas que la cultura orienta, aunque no consigue dominar por entero.
Erich Fromm ofrece una salida distinta a estos condicionamientos. Para él, amar no es solamente sentir ni encontrar a la persona correcta, es una capacidad que se aprende y se practica. Requiere cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento. En el amor maduro, dos seres se convierten en uno y, al mismo tiempo, siguen siendo dos. El vínculo no necesita unir dos mitades incapaces de existir por separado, sino a dos personas que pueden encontrarse sin renunciar a su individualidad. Si aprendimos imágenes empobrecidas del amor, también podemos revisar ese aprendizaje y aprender a amar de otra manera.
El problema aparece cuando buscamos una relación desde el miedo a quedarnos solos, a no ser suficientes o a no ser elegidos. Entonces podemos terminar soportando tratos que contradicen aquello que llamamos amor y permanecer por costumbre, dependencia o temor. Las canciones, las novelas y las películas han convertido muchas veces el sufrimiento en prueba de intensidad, como si amar más significara soportar más. Pero el dolor no demuestra por sí mismo la profundidad de un vínculo, y la pérdida de la dignidad no debería confundirse con entrega.
Entonces, ¿qué buscamos cuando buscamos amor? No existe una única respuesta. A veces buscamos compañía, validación, refugio o una imagen que aprendimos a desear. Otras veces aparece alguien que desarma esa imagen y nos obliga a construir un lenguaje nuevo. Estamos atravesados por relatos culturales, impulsos que no comprendemos y experiencias anteriores, pero no condenados a repetirlos. Amar también puede consistir en reconocer esas influencias, elegir qué hacer con ellas y aprender a encontrarnos con otra persona sin convertirla en un producto, una salvación o la pieza que supuestamente nos falta.

Excelente, lo comparto