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Anomia del éxito

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Por Fernando Crivelli Posse.

“Una sociedad comienza a perder su rumbo cuando deja de preguntarse qué valores hacen legítimo al éxito y empieza a creer que todo éxito, por el solo hecho de existir, merece admiración.”

Existe una transformación silenciosa que suele preceder a las grandes crisis sociales e institucionales: la modificación de aquello que una comunidad decide admirar. Porque las sociedades no se construyen únicamente mediante sus leyes, sus gobiernos o sus estructuras económicas, sino también a través de los ejemplos que premian y los valores que transmiten a las nuevas generaciones. Antes de establecer reglas de conducta, toda sociedad define qué considera una vida exitosa, qué caminos entiende como legítimos para alcanzar ese éxito y qué tipo de persona merece reconocimiento.

Durante gran parte de la modernidad, el éxito económico encontró su legitimidad en una idea más amplia: la creación de valor. La prosperidad individual estaba vinculada con una contribución al desarrollo colectivo. El empresario era reconocido cuando generaba empleo e innovación; el profesional cuando aportaba conocimiento; el trabajador cuando perfeccionaba su oficio. La recompensa personal encontraba sentido porque existía una conexión entre el progreso individual y el bienestar general.

Sin embargo, esa relación comenzó a debilitarse. El éxito dejó progresivamente de ser interpretado como la consecuencia de una trayectoria, una capacidad o un aporte a la comunidad, para convertirse en un valor autónomo. La pregunta dejó de ser “¿cómo llegó hasta allí?” para transformarse en otra mucho más superficial: “¿cuánto logró?”.

Ese cambio cultural produce una consecuencia profunda: la riqueza deja de ser una posible expresión del mérito y comienza a convertirse en la medida del mérito. La posición alcanzada empieza a justificar retrospectivamente cualquier camino recorrido. El resultado reemplaza al proceso y la acumulación termina funcionando como una prueba suficiente de legitimidad.

Émile Durkheim utilizó el concepto de anomia para describir aquellos momentos en los que una sociedad atraviesa transformaciones profundas y pierde referencias compartidas capaces de orientar la conducta. La anomia no significa ausencia absoluta de normas, sino debilitamiento de los criterios comunes que permiten distinguir entre lo conveniente y lo correcto.

El capitalismo contemporáneo presenta una forma particular de este fenómeno: la anomia del éxito. No vivimos en una sociedad sin normas; vivimos en una sociedad donde una norma comenzó a ocupar un lugar dominante sobre todas las demás: la obligación permanente de triunfar.

El éxito dejó de ser una posibilidad para convertirse en una exigencia cultural. Ya no alcanza con construir una vida valiosa; es necesario demostrar públicamente que esa vida es exitosa. La identidad comienza a depender menos de aquello que una persona es y más de aquello que consigue mostrar. El reconocimiento externo comienza a desplazar a la convicción interna.

La paradoja de nuestro tiempo es evidente: nunca existieron tantas posibilidades individuales para elegir una forma de vida y, al mismo tiempo, nunca existió tanta presión para perseguir exactamente el mismo modelo de éxito.

El problema no es la ambición, sino su transformación en un principio absoluto desligado de toda finalidad humana y colectiva. La ambición ha impulsado buena parte del progreso humano, pero pierde legitimidad cuando deja de estar orientada hacia un propósito superior. Cuando el éxito deja de ser un medio para construir un proyecto de vida con sentido y se convierte en el proyecto mismo, la acumulación, el poder y el reconocimiento terminan ocupando el lugar de los valores que deberían orientar la existencia.

En ese punto, la sociedad comienza a medir el valor de las personas por sus logros, su capacidad de competir o la posición alcanzada, reduciendo la realización humana a una carrera permanente por obtener más. La superación personal corre entonces el riesgo de quedar atrapada en un individualismo que desvincula el progreso propio de la responsabilidad social y desplaza una pregunta fundamental: no solo cuánto podemos alcanzar, sino para qué queremos alcanzarlo.

Cuando eso ocurre, otros valores comienzan a perder atractivo. La honestidad puede parecer ingenuidad; la prudencia puede confundirse con falta de ambición; la vocación de servicio puede ser considerada una elección poco rentable. Poco a poco se instala una idea profundamente dañina: que los límites éticos son una desventaja frente a quienes están dispuestos a ignorarlos.

Allí aparece la conexión más profunda con el problema republicano. Una sociedad donde importa más el resultado que los medios utilizados para alcanzarlo genera incentivos perversos. Si quienes obtienen privilegios, utilizan influencias o capturan decisiones públicas consiguen mejores resultados que quienes compiten mediante esfuerzo, talento e innovación, el mensaje colectivo resulta devastador: la ley deja de ser una condición para progresar y comienza a ser percibida como un obstáculo que solo respetan quienes no tienen poder suficiente para superarlo.

La corrupción, entonces, no surge únicamente de individuos que buscan beneficios personales. También necesita una cultura que relativice sus consecuencias. Necesita una sociedad capaz de admirar los resultados sin preguntarse demasiado por los valores, las reglas o los caminos que hicieron posible alcanzarlos.

Argentina conoce profundamente esta tensión. Durante décadas hemos discutido quién tiene más y cómo distribuir la riqueza, pero pocas veces hemos formulado una pregunta anterior y decisiva: ¿bajo qué reglas económicas, sociales e institucionales se construyen esas posiciones? Porque una sociedad no puede comprender sus desigualdades si solo observa los resultados finales y no analiza las condiciones que hicieron posible alcanzarlos.

Una economía verdaderamente libre no se define solamente por la posibilidad de enriquecerse. Se define por la existencia de reglas que permitan que el mérito compita en igualdad frente al privilegio. Cuando la influencia reemplaza a la competencia y la cercanía con el poder resulta más rentable que la innovación, la sociedad comienza a premiar aquello que debería corregir.

Las repúblicas no fracasan porque existan personas ambiciosas. La ambición ha acompañado siempre al progreso humano. Comienzan a deteriorarse cuando pierden la capacidad de distinguir entre quien crea riqueza respetando las reglas y quien acumula poder porque logró colocarse por encima de ellas.

El verdadero desafío de nuestro tiempo no consiste en rechazar el éxito, sino en recuperar su significado. Recordar que la prosperidad individual conserva legitimidad cuando mantiene un vínculo con la responsabilidad colectiva; que la riqueza fortalece a una sociedad cuando amplía oportunidades y no cuando consolida privilegios; y que ninguna comunidad puede sostenerse durante mucho tiempo si deja de valorar los medios mediante los cuales se alcanzan los fines.

Porque una sociedad comienza a perderse cuando una generación aprende a admirar la riqueza sin preguntarse qué valores la hicieron posible.

Continuará…

 

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