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Cuando la guerra ideológica amenaza a la diplomacia

Publicado el

Por María José Mazocato.

Hay guerras que comienzan con armas. Otras comienzan con palabras.

Y existen otras, quizás más silenciosas pero no menos peligrosas, que empiezan cuando los gobiernos dejan de distinguir entre un adversario político y un enemigo de Estado.

Argentina y Brasil atraviesan uno de los momentos de mayor tensión diplomática de los últimos años. El enfrentamiento entre Javier Milei y Luiz Inácio Lula da Silva no es nuevo. Sus diferencias ideológicas son evidentes y sus posiciones políticas representan proyectos prácticamente opuestos.

Pero existe una frontera que ningún gobierno debería cruzar, la diferencia entre la pelea de dos presidentes y la relación entre dos Estados.

Porque Milei no es Argentina.

Y Lula tampoco es Brasil.

Sin embargo, cuando las disputas personales y las diferencias ideológicas comienzan a trasladarse a la política exterior, el problema deja de ser individual. En julio, Brasil llamó a consultas a su embajador en Buenos Aires luego de nuevas declaraciones de Milei contra Lula. Posteriormente, Brasil decidió mantener su representación diplomática en Argentina a nivel de encargado de negocios.

En diplomacia, estos gestos importan.

Una embajada no es solamente un edificio. Es un canal permanente de comunicación. Reducir la representación diplomática significa enviar un mensaje político, algo en la relación bilateral se está deteriorando.

Pero hay una paradoja todavía mayor.

Mientras los presidentes se enfrentan, Argentina y Brasil continúan necesitándose. Son dos de los principales actores económicos de América del Sur y pilares fundamentales del Mercosur. Sus economías están conectadas por comercio, inversiones, energía, industria y cadenas productivas. Las sociedades también están conectadas: argentinos y brasileños cruzan las fronteras para trabajar, estudiar, viajar, invertir y formar familias.

Es decir, los gobiernos pueden enfrentarse, pero los países continúan siendo vecinos.

Y ahí aparece una pregunta incómoda ¿Hasta dónde puede llegar una guerra ideológica antes de convertirse en una crisis de Estado?

La historia demuestra que las relaciones internacionales no pueden depender exclusivamente del humor de los presidentes.

Los gobiernos pasan.

Los Estados permanecen.

Los presidentes cambian.

Las fronteras permanecen.

Por eso, una ruptura diplomática no ocurre simplemente porque dos mandatarios se insulten. Para llegar a una ruptura real deben acumularse decisiones, retiro de embajadores, suspensión de acuerdos, reducción de la representación diplomática, restricciones comerciales o interrupción de mecanismos de cooperación.

Pero las palabras pueden convertirse en decisiones.

Y las decisiones pueden generar consecuencias que sobrevivan a quienes las tomaron.

Argentina y Brasil ya conocieron épocas de desconfianza y competencia estratégica. También conocieron el camino contrario, la construcción de confianza, cooperación e integración democrática que permitió avanzar hacia el Mercosur.

Ese proceso dejó una enseñanza fundamental donde la democracia no consiste solamente en votar. También consiste en aprender a convivir con quien piensa distinto.

Y eso vale dentro de un país, pero también entre países.

El problema aparece cuando la política exterior se convierte en una extensión de la política partidaria. Cuando un presidente utiliza un conflicto internacional para fortalecer su discurso interno. Cuando el adversario ideológico comienza a ser tratado como enemigo nacional. Cuando la pregunta deja de ser “¿qué le conviene a mi país?” y pasa a ser “¿qué piensa mi enemigo?”.

Ese es el verdadero peligro.

Porque si cada cambio de gobierno implica cambiar automáticamente los vínculos internacionales, entonces un país deja de tener una política exterior de Estado y comienza a tener una política exterior de gobierno.

Y una política exterior que depende completamente de quién ocupa el poder puede convertirse en una política exterior sin continuidad.

Argentina puede elegir un gobierno liberal, socialista, conservador, nacionalista o progresista.

Brasil también.

Pero ninguno de esos cambios debería destruir automáticamente relaciones construidas durante décadas.

La diplomacia existe precisamente para administrar las diferencias sin convertirlas en conflictos irreparables.

Porque Argentina y Brasil pueden pensar diferente. Pueden votar diferente. Pueden elegir proyectos políticos completamente opuestos.

Lo que no deberían hacer es transformar esas diferencias en una razón para romper los puentes.

América Latina conoce demasiado bien las consecuencias de las sociedades polarizadas y de los gobiernos que convierten la política en una guerra permanente.

Mientras los dirigentes discuten, los problemas reales siguen ahí: pobreza, seguridad, comercio, energía, infraestructura, migración, crimen organizado y desarrollo.

Ninguno de esos problemas pregunta si un presidente es de izquierda o de derecha.

Y mucho menos pregunta si Milei se lleva bien con Lula.

La verdadera amenaza no es que Argentina y Brasil piensen diferente.

La verdadera amenaza sería que dejen de poder convivir porque piensan diferente.

Porque cuando la ideología reemplaza a la diplomacia, la discusión deja de ser quién tiene razón.

La pregunta pasa a ser otra

¿Cuánto estamos dispuestos a perder para demostrar que tenemos razón?

 

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