Por Ezequiel Aráoz Martínez.
En las noticias de esta semana de la provincia apareció una particular frase del presidente del Centro Industriales Panaderos de Tucumán cuando lo entrevistaron por el día del panadero que fue el 4 de agosto. En la misma noticia cuentan que esta fecha se estableció en 1957 por el Congreso de la Nación para “homenajear a la Sociedad Cosmopolita de Resistencia y Colocación de Obreros Panaderos, fundada en Buenos Aires en 1887” que fue una organización que dos italianos anarquistas que emigraron a Buenos Aires fundaron en una carrera de lucha gremial por los derechos laborales. La frase que rescato del entrevistado es la siguiente: “el consumo no se reactiva. Es el primer año que he sentido la sensación de que era verano en pleno invierno”.
¿Qué puede tener de interesante una frase que pareciera solamente vinculada a la política y la economía en este momento donde pareciera que todo quiere participar de esa discusión a como de lugar? El mismo gobernador habló esta semana sobre la microeconomía (donde justamente podrían entrar las panaderías locales) y del problema de su reactivación mientras paralelamente la gente no pareciera comprar pan sino ropa en Temu y Shein aumentando considerablemente las operaciones de compra al exterior en el país. Es decir que la poca plata que hay se está invirtiendo en el extranjero.
Por supuesto que es un gran debate y es interesante debatir de microeconomía y política cuando el pan no se vende, pensemos en el 30 de marzo de 1982 cuando se produjo una gran protesta en Buenos Aires contra la dictadura militar con la pancarta “paz, pan y trabajo”, pero hay algo más en el pan, algo mítico, algo cultural que es lo que hace que sea tan relevante al hablar de política y economía.
El pan es el alimento por excelencia y más cuando el país tiene al catolicismo como religión mayoritaria y el rito central de la misa consiste en repartir los panes para todos los presentes. Y en Tucumán tenemos un espíritu cultural impregnado por el pan, teniendo eventos y estatuas en honor al sánguche de milanesa que necesariamente lleva algo más que milanesa para ser un sánguche.
Cuando vamos a Tafí del Valle o El Mollar, es muy común pensar que vamos a comer, mientras el frío nos envuelve, alguna tortilla caliente con quesillo o algún dulce o si pasamos por alguna esquina de la ciudad cuando baja la temperatura de repente se nos antoja un bollo con chicharrón. Nadie teme subir de peso en invierno, lo lamenta y lo asume, pero a la vez lo disfruta. No cuestionamos la medialuna de nadie cuando la temperatura está en diez grados o menos. El pan es parte del invierno, es un elemento más de la vida que aparece cuando hace frío y por eso es triste y desafortunado pensar que los panaderos andan con la sensación de que “era verano en pleno invierno”.
En Tucumán hay dos tipos de locales que resisten a las crisis meramente económicas: las panaderías y las cafeterías. Porque acá se toma café todo el día, todos los días, ya sea quemado, torrado, tostado, de especialidad o de cápsula. Se toma. De la misma forma se consume pan, y en este rubro se producen mutaciones e hibridaciones donde las panaderías se transforman en cafeterías y las cafeterías en panaderías, yendo y viniendo entre sus dos identidades que tan bien se complementan. Incluso, de repente, han aparecido nuevas formas de pan, versiones light para las meriendas que se venden en combo, a diferencia de otras provincias donde cada cosa va por separado, generando dependencia entre el café y la panificación, incluso con versiones sin gluten para no dejar a nadie de lado. Podríamos identificar a Tucumán como la problemática Ciudad Bache como la describe José Mariano muchas veces, pero no en el pan, en el pan no hay aproximación, no hay falla, está bien tal como está.
Las estaciones son simbólicas y el invierno es retratado en la literatura como el ocaso de las cosas. El verano, en cambio, es el descanso, el disfrute y el ocio. El chavo se va a Acapulco para mostrarnos que el verano llegó y en las películas vemos los romances de verano que nos muestran lo efímero como bello. Pero en Tucumán el verano puede ser pesado, provocar inundaciones y grandes tormentas, y aunque los chicos anden de vacaciones, también hay vacaciones en invierno, y, hay algo acogedor que el verano tucumano no puede ofrecer que si puede el invierno, y allí el pan es como el mate para un argentino. Es un compartir.
El pan de invierno es la fortaleza de las panaderías, y por eso mismo es un compartir para las familias de los panaderos. Si el invierno se vuelve verano, el pan comienza a estar en peligro de extinción y el peligro no es solo su extinción material, sino su extinción simbólica.
En las ambiciones corpocosmopolitas que han comenzado a derramarse se pierde el espacio para compartir el pan. Sentarse a comer el bollo con chicharrón es perder el tiempo cuando podrías invertirlo en hacerte un poco más rico que ayer. Por qué gastar en una torta de cumpleaños cuando puedo encargar un regalo de Amazon con envío express. La crisis de la venta del pan en Tucumán, no es solamente una crisis económica, porque el pan y el café resisten a este tipo de crisis. Es también una crisis cultural. Es que de repente compartir se ha vuelto aburrido y charlar una pérdida de tiempo y por eso es mejor pasar el invierno en el gimnasio, entrenando para el verano. o haciendo de uber, y si llueve mejor, las tarifas son más altas.
Parece que poco a poco dejamos de necesitar nuestra cultura y abrazamos el cosmopolitismo, y como bien dice Enrico Colombres en su artículo El peligro de perder la Argentina que conocemos: “La bandera puede seguir flameando y el himno puede continuar entonándose, pero si las decisiones estratégicas se toman en función de intereses externos, la soberanía se convierte en una ficción.”.
La Ley de Tierras que también se trató esta semana tiene que ver con eso, con el desplazamiento de los intereses culturales que nos embanderan. Con definir qué Argentina queremos. Es cierto que nuestro país es la cuna de la inmigración y el mestizaje es nuestra esencia, pero ha pasado tiempo desde la construcción del país y hemos creado nuestra propia cultura, mixta y diversa. No digo cerrarle la puerta a lo nuevo, sino buscar la convivencia en lugar del reemplazo. No tiene ningún sentido esperar que el mundo deje de cambiar ni mantener tradiciones dañinas o absurdas, pero creo que compartir es una tradición argentina, pero también defender lo nuestro. Nuestras tierras, nuestro pan de cada día, nuestro invierno tucumano, con lo poco que dura.
Creo que la multiplicación de los panes se ha frustrado aquí porque el invierno se ha transformado parcialmente en verano, y de repente la comunión está siendo tragada por lo individual. No dejemos que la crisis extermine la merienda porque queremos tres comidas al día como en otros países. La cultura es todavía de las masas en Tucumán, me parece oportuno mantenerlo así, y si va a cambiar, que sea porque así lo decidimos, no porque el “mundo” lo decide por nosotros con el discurso de que debemos rebelarnos frente al “orden establecido”.
Uno se piensa rebelde por ser el único distinto, pero Camus nos dice que “a partir del movimiento de rebelión, tiene conciencia el ser colectivo, es la aventura de todos”. Nos han hecho creer que ser el que no consume lo mismo que el resto es el diferente, y han creado un algoritmo para el diferente, que consume lo mismo que todos, pero al reconocernos iguales encontramos fuerza colectiva, y nos damos cuenta que el pan debe repartirse entre todos los comensales, porque nuestra mixtura es también identidad y la identidad compartida está en saber qué es lo que estamos pidiendo cuando pedimos un café con tortillas y que definitivamente un porteño no entendería de la misma manera. Quizá me equivoque, pero parece ser que hoy rebelarse tendrá que ser comprarse un kilo de chipá en invierno, para invitar a los amigos a una merienda, y decirle a cada uno que compre algo en una panadería local, repartir las sobras entre todos, y ya que estamos, durante la charla, recordar las viejas panaderías y los postres que hacían las abuelas, quizá incluso nos ayude con ese trauma con la muerte del que les contaba en un texto anterior.
