InicioCuentoCIRCULAR

CIRCULAR

Publicado el

Por Daniel E. Petasne.

Pasé y nadie se dio cuenta, ni el señor que miró través de la ventanilla del auto ni la mujer y su perro que avanzaban en sentido antihorario como un reloj descompuesto. En cambio, yo vi a la pareja de ancianos que disfrutaba del sol tibio de primavera en sus sillas playeras, a la joven que leía el celular, a dos mujeres que caminaban juntas, al hombre que dormía sueños recostado sobre el césped vaya a saber desde qué hora, a los árboles que iban a sacar. Un niño en bicicleta golpeó mi mano al pasar, lo insulté y llegué a la esquina de la baldosa. 

La mujer con el perro pisó el cordón de la calle, rojo- peligro- stop ; el anciano se levantó y caminó alrededor del árbol mientras la anciana lo observaba como si temiera perderlo para siempre ahora que los ojos se habían acostumbrado a buscarse; la joven se recostó sobre el césped fresco de la mañana; las mujeres hablaban a la vez y temí que cayeran de una babel de palabras; el hombre descansaba su cabeza sobre una bolsa con ropa a modo de almohada; los municipales  cortaron la calle y marcaron el lugar como la escena de un crimen ; el niño siguió andando en bicicleta , busqué a su padre. Llegué a la esquina de la baldosa y era marrón con letras impresas en colores. 

La mujer con el perro cruzó la calle, semáforo verde ilusión , sin salirse de las líneas blancas para no perder la esperanza; el anciano volvió a sentarse en la reposera y la anciana le tomó la mano; la joven contestó un mensaje; el hombre en el césped parecía borracho; los empleados bajaron del camión picos, palas, sierras eléctricas para remover a los inmóviles , otearon el horizonte como si el tiempo ya no los hubiera encontrado; perdí de vista al niño,  las sirenas de las ambulancias asustaron a palomas y cotorras y mis posibilidades de hablar con sus padres se desvanecieron. Llegué a la esquina de la baldosa y era diferente al resto. Era esmaltada.

“Los perros no piensan como los hombres “dijeron; apenas les soltaron las correas fueron  en sentido inverso, es decir horario; los ancianos siguieron en la reposera tomando el suave sol que a esa hora filtraba por entre las copas de los árboles, él, escuchando una vieja radio spika, ella, sacando las agujas de crochet ; la joven de pie siguió contestando mensajes, si quería descansar no lo había logrado; el hombre que dormía no era del barrio y no se movía; la excavación avanzaba, son cientos de años que habían penetrado en la tierra, los relojes de la plaza, cronometristas de la muerte, se detuvieron ante la barbarie;  no quería mirar mi mano y ver que me había quedado un hematoma… Llegué a la esquina de la baldosa, uno de los perros se había sentado sobre ella.

Los perros se reunieron en el medio de la plaza, parecían contentos,  los dueños los llamaban y alguno corría; la anciana se levantó y rebuscó con insistencia algo que no encontró jamás en la canasta ni siquiera con la ayuda del niño que se acercó por encima de la mesa; la joven se recostó con sus manos bajo la cabeza,  llevaba colocado unos anteojos de sol; el hombre inmoble me estremecía; la copa verde de los árboles con su altura olímpica fue seccionada antes, un día que no viví; el golpe de la bicicleta pudo haberme lastimado. Llegué a la esquina de la baldosa irregular que no combinaba con sus congéneres de cemento.

Los perros se escaparon como si de aquella pequeña asamblea hubieran decidido liberarse de sus dueños; la anciana cebó un mate a su compañero, él lo aceptó y sorbió sin dejar de mirar a la mujer que limpiaba telarañas en la lámpara y al encargado de blue jeans que lustraba los pisos en el edificio de enfrente; la joven leía un libro, no reconocí la tapa; el hombre durmiente continuaba detenido en su tiempo, irreverente ; las partes desmembradas de los árboles yacían en el piso como cuerpos descuartizados; el chico de la bicicleta pudo haberme hecho caer sobre la vereda. Llegué a la esquina, la baldosa tenía nombres.

Siempre habrá perros en la plaza mientras los dueños los lleven con correas demostrando quién tiene el poder ; otra pareja de ancianos se sumó a los anteriores, evidentemente se conocían; la joven dejó de leer su libro que quedó al costado de su cuerpo, volcado de contratapa; un policía sacudió por el hombro al hombre quieto, ciertamente algo extraño sucedía ; el olor a tierra húmeda removida y a historia abrumaba, el ruido de la sierra eléctrica abundando intimidaba; si me hubieran atendido en el hospital… Llegué a la vereda que tenía la baldosa en la esquina, la gente pasaba por encima de ella, la negaba, pero su presencia existía en lo blanco de la leche, en el albo papel, en las caras de mandíbulas inexpresivas.

Claro que siempre habrá perros y perros, pequeños y escandalosos, grandes y obedientes; los ancianos se sentaron mudos mirando al vacío, las ancianas en cambio charlaban amistosamente; la joven escribió algo, se corrió el pelo de la cara , pensó ,volvió a escribir, el pelo volvió a caer; el hombre siguió invariable, vino otro policía y conversaron entre ellos;  los troncos de los árboles eran como dos seres humanos con sus pies enterrados ; pude haber tenido politraumatismo , quizás hubieran llamado a M pero M no estaba en casa. Llegué a la esquina de la baldosa, la madre sostenía al niño que orinaba sobre ella.

Un gato no se dejaría poner correa o por lo menos no caminaría con ella; las dos parejas de ancianos permanecían calladas , el niño jugaba a la pelota a su lado ; la joven estaba sentada como Buda con sus brazos caídos en el piso y sus manos sostenían el celular; los policías llamaron por radio a una ambulancia y reportaron que el hombre estaba muerto; cada tronco fue enlazado y los camiones cobardes tiraron una y otra vez , una y otra vez de ellos,  que se defendieron con bravura;  no soportaría estar postrado de por vida , los padres deberían advertirles a sus hijos. Llegué a la esquina y la baldosa gritó: 

“Memoria de los estudiantes de la UBA, Rubén Mopresi “Quique”, Susana Porta “Lía”, María Eugenia López Calvo “Cecilia”, Roberto Santángelo “Toni”, Silvia Zugasti “Vera”. Militantes asesinados desaparecidos por el terrorismo de Estado. Av Segurola Villa Devoto. Memoria Verdad y Justicia”. 

Hay gente que tiene diversos tipos de mascotas pero no las traen a la plaza, me imagino lo ridículo que sería una tortuga con correa; los dos ancianos caminaron juntos hacen 19, 20, 21 pasos y llegaron a un cordón largo pintado de cal; la joven permanecía en la misma posición como shockeada por una mala noticia;  llegó la ambulancia y retiraron el cadáver del hombre que todo el tiempo estuvo muerto , yo solo vi la mano colgando sin fuerzas de su fantasma azul , la gente se arremolinó por un momento y luego prosiguió su camino; hizo falta reforzar la partida de agentes contra los árboles , vinieron más camiones y sumaron varias horas de trabajo para arrancar a la veterana pareja de su tierra, tan hondo había calado su amor; de haberme quedado una lesión no sabría qué hacer. Llegué a la esquina, se arrastraban mares de seres confitados que no esquivaban y pisoteaban la baldosa.

Un peón albañil se acercó, vestía una camiseta blanca y sucia que apenas le tapaba el abdomen, pantalón de trabajo y zapatillas. Llevaba una bolsa con pan y fiambre. Su cuerpo obstruía la marcha a los paseantes mientras él leía la baldosa, masticando. Los abuelos quedaron dormidos en sus reposeras, la anciana todavía tenía el mate en la mano a punto de caer. La joven guardó sus pertenencias en la mochila y corrió hacia la parada del bus sin lograr alcanzarlo y maldijo; otra bestia se detuvo ante ella rugiendo, sus seis ruedas firmes, imponente, sus ojos se perdieron en los ojos de los extraños de enfrente, uno que juagaba al esquive mortal otro con los pies tanteando la oscura aventura del asfalto desaparecido gris. Donde estuvo el cuerpo del hombre tieso quedó abandonada la bolsa con ropa y solo unas cucarachas jugaban en el césped aplastado que conservaba su forma. Ella, lo supe por su perfume, fue la que más resistió y al arrancarla sus raíces entrelazadas con las de él rompieron el cemento que todo lo ocultaba. 

Recordé una canción, casi pude tararearla, decía: “no puede ser Edelmiro que con agua se lave la sangre y sin embargo la canilla aborta litros limpiando la vereda sangrienta”. No tuve ninguna lesión. Nunca la tuve. Nadie se muere en la víspera. Sólo quedaron dos montículos revueltos donde hubo vida como, túmulos ominosos abandonados a la vera de un tren anochecido que atravesara un cementerio y un epitafio, que recordaba lo que hicieron los imperdonables. 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

últimas noticas

La política del decorado

Por José Mariano. «El espectáculo es el discurso ininterrumpido que el orden presente mantiene consigo...

Cuando todos diagnosticamos

Por Marcelo Velasco. “El normal y el estigmatizado no son personas, sino perspectivas” Erving Goffman “Trauma”, “límites”,...

La cuenta del delirio

Por Enrico Colombres. “¿Envidia de qué puedo tener a Sarmiento? ¿De su talento? Es el...

La trampa de apropiarse del bien

Por Fernando Crivelli Posse. “La política comienza a degradarse cuando deja de servir a los...

Más noticias

La política del decorado

Por José Mariano. «El espectáculo es el discurso ininterrumpido que el orden presente mantiene consigo...

Cuando todos diagnosticamos

Por Marcelo Velasco. “El normal y el estigmatizado no son personas, sino perspectivas” Erving Goffman “Trauma”, “límites”,...

La cuenta del delirio

Por Enrico Colombres. “¿Envidia de qué puedo tener a Sarmiento? ¿De su talento? Es el...