Por Alfredo Elías Acevedo.
Sueño que caigo en la profundidad del mundo. Al principio creo reconocer el movimiento de mi cuerpo, la antigua obediencia de la carne a la gravedad, pero después comprendo que no soy yo quien cae. Algo se ha retirado debajo de mí y el mundo, lentamente, ha comenzado a hundirse.
Unos brazos me estrechan; algunas miradas corren, escandalizadas, hacia un borde y caen. Pero las miradas no mueren.
Las veo descender a mi lado, abiertas en la oscuridad, conservando todavía algo de aquello que miraron. No sé cuánto tiempo llevo cayendo. El tiempo ha empezado a desprenderse de las cosas. Una mano tarda una vida en alcanzar otra mano, un rostro permanece frente a mí durante siglos y, sin embargo, no consigo recordar si lo vi hace un instante o antes de nacer. A veces una mujer envejece mientras inclina la cabeza; otras veces vuelve a ser joven antes de terminar el gesto. Quiero preguntarles quiénes son, pero las preguntas se deforman en mi boca y caen antes que las palabras.
Más abajo, o quizá más adentro, las distancias dejan de obedecer. Lo próximo se vuelve inaccesible, lo lejano respira sobre mi rostro. Siento que todo cuanto existe ha comenzado a inclinarse hacia una región que no puedo ver, una oscuridad sin superficie, sin contorno, cuya presencia sólo conozco por la manera en que arrastra las cosas.
No sé qué fuerza es esa, durante un tiempo creo que podría nombrarla, veo signos suspendidos en la negrura, números, líneas que se curvan hasta desaparecer, una escritura antigua y precisa que alguna vez debió decirme algo acerca de la caída. Pero los símbolos se estiran conmigo, las ecuaciones pierden sus límites, se abren, se deforman. Hay un momento en que todavía puedo reconocerlas y otro, mucho después, en que ya no son más que heridas luminosas atravesando la oscuridad.
Entonces unos labios se apresuran, vienen a mi encuentro, y sé que no son besos, sino antiguas traiciones.
No me nombran, aunque me llaman. Ellas giran y giran a mi alrededor, como si quisieran ser abrazadas, tocadas, devueltas a una forma que alguna vez tuvieron. Hay en sus movimientos algo que reconozco sin haberlo vivido. Algunas esperan, otras avanzan con una impaciencia que no parece pertenecerles. Una extiende la mano y la retira antes de alcanzarme, otra inclina el rostro y permanece así, con los labios entreabiertos, como si escuchara una palabra que ha sido pronunciada hace mucho tiempo y todavía estuviera llegando hasta ella. Las miro y siento que han seguido a alguien.
Han atravesado caminos, ciudades, noches enteras; han dejado detrás de sí casas, cuerpos, hijos, nombres. Algunas llevan todavía en los ojos el resplandor de una primera vez, la violencia de haber visto algo que no podían comprender y, sin embargo, desear. No era sólo fe lo que las acercaba, había algo en ellas que buscaba la proximidad de una piel, el gesto inclinado de una cabeza, la posibilidad de tocar aquello que otros mantenían a distancia.
Siento su deseo como se siente el calor de un astro extinguido, una luz que continúa llegando cuando su origen ya no existe.
Mi cuerpo cede al imperio de los sentidos, pero evita el roce de la piel, las texturas de aquellas existencias. Quieren tocarme y yo retrocedo, no por miedo a ellas, sino porque presiento que sus manos atraviesan algo más antiguo que mi cuerpo. Cada contacto parece venir desde muy lejos. Una de ellas se acerca y creo reconocer en sus dedos la forma de una herida que todavía no ha ocurrido.
Siento sed y estoy herido.
Llevo una espina colgada en cada rincón del mundo, y a cada paso le sigue una caída, como si esperara que la tierra, por fin, se abriera.
Pero ya no hay tierra.
Hace tiempo que hemos dejado atrás todo aquello que podía sostenernos. La caída continúa y, sin embargo, no siento el aire sobre el rostro, no hay viento, no hay fondo. Sólo esta oscuridad hacia la que convergen los cuerpos, las voces, las ciudades que alguna vez existieron, los rostros de los muertos y las palabras que nadie llegó a pronunciar.
Comprendo entonces que lo terrible no es caer. Lo terrible es que nada, en ninguna parte, parece advertir nuestra caída.
Ellas siguen girando.
Sus vestidos, sus cabellos, sus manos, todo comienza a alargarse en torno a mí. Por momentos desaparecen detrás de una curva que no debería existir y regresan desde un lugar que parece anterior al sueño. Las miro alejarse y acercarse al mismo tiempo. Una llora, pero sus lágrimas no caen, permanecen suspendidas frente a su rostro, inmóviles, como pequeñas cosas incapaces de decidir hacia dónde pertenece el abajo.
Quisiera alcanzarla, Entonces la veo.
No sé cuándo ha llegado, quizá estuvo desde el comienzo, esperándome en algún punto de la oscuridad. Las otras mujeres se apartan lentamente, pero no desaparecen, permanecen alrededor, mirando. Ella no, ella me mira como si ya supiera.
Sus ojos guardan una mezcla de malevolencia y compasión, aunque ninguna de las dos palabras alcanza para decir lo que encuentro en ellos. Hay tristeza, pero no es la tristeza de quien ha perdido algo. Hay crueldad, pero no la crueldad de quien desea hacer daño. Es otra cosa, la mirada de alguien que ha permanecido demasiado tiempo junto a una verdad y ha terminado por comprender que la verdad también puede abandonar a quienes la buscan.
Quiero preguntarle su nombre.
No puedo.
Mi voz se ha quedado en algún lugar detrás de mí, suspendida entre las otras voces. Ella se acerca, no camina, la distancia entre nosotros simplemente deja de existir.
Me extiende una mano.
Durante un instante creo que quiere ayudarme, que ha venido a detener la caída, a sacarme de esta oscuridad que deforma los cuerpos y prolonga el tiempo hasta volverlo irreconocible. Miro su palma, y pienso en tocarla.
Entonces dice:
Arrepiéntete.
La palabra permanece entre nosotros.
No cae.
Todo lo demás continúa descendiendo. Las mujeres, las miradas, los labios, las heridas. Incluso las últimas luces parecen precipitarse hacia aquello que no puedo ver. Pero esa palabra permanece inmóvil.
Quiero preguntarle de qué.
No lo hago.
La miro. Ella espera.
Se abre un largo silencio.
Y mientras caigo comprendo que una acusación puede sobrevivir a la culpa, que una palabra puede exigirlo todo sin revelar jamás aquello que reclama. Miro sus ojos. Miro las manos de las otras, observo las miradas que continúan descendiendo sin morir.
Nada en ellas es verdad.
¿Qué es la verdad?
