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Entre una noche y la eternidad

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Por Gabriela A Suarez.

Hay noches que parecen durar una vida. En ellas, el tiempo deja de ser una medida y se convierte en una pregunta.

En Noches blancas, Dostoyevski coloca a un hombre frente a aquello que más teme y desea: encontrar a alguien que interrumpa su soledad. Durante unas pocas noches, un encuentro basta para construir un mundo entero. Él sueña, espera, ama. Y cuando la realidad finalmente se impone, descubre que incluso un instante puede adquirir el peso de una existencia.

Quizás allí comienza el diálogo con Nietzsche.

El eterno retorno pregunta qué ocurriría si nuestra vida estuviera condenada a repetirse infinitamente: cada alegría, cada pérdida, cada espera, incluso aquello que hubiéramos querido olvidar. No se trata solamente de imaginar una eternidad, sino de enfrentarnos a una pregunta mucho más incómoda: ¿podríamos decirle que sí a nuestra propia vida tal como fue?

El soñador de Dostoyevski probablemente querría detener aquella noche antes de que amaneciera. Nietzsche, en cambio, parece obligarnos a permanecer dentro de ella. A repetirla. A aceptarla.

Y quizá ambos escritores se encuentran justamente ahí: en la fragilidad de un ser humano que intenta escapar del tiempo mientras, al mismo tiempo, desea que ciertos momentos no terminen nunca.

El amor de una noche puede durar años en la memoria. Una despedida puede repetirse cada vez que la recordamos. Un instante puede convertirse en eternidad sin dejar de haber sido apenas un instante.

Tal vez el eterno retorno no consista en que todo vuelva, sino en comprender que nosotros volvemos una y otra vez a aquello que nos transformó.

Y entonces queda una última pregunta, suspendida entre San Petersburgo y la eternidad:

Si aquella noche tuviera que suceder nuevamente, exactamente igual, ¿la viviríamos otra vez?

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