Por Guido Brotto.
“Yo abogo por una interpretación violenta, una lectura que eche por tierra unidades orgánicas y citas fuera de contexto, estableciendo nuevos e inesperados vínculos entre diversos fragmentos.
Esos vínculos no operan en el plano del progreso histórico lineal y continuo; surgen en períodos de estancamiento dialéctico, en los que un momento presente, a causa de una especie de cortocircuito transhistórico, refleja directamente momentos similares del pasado.
Una lectura que es, por su propia forma lingüística, política.”
Zizek Slavoj
Hay una forma obediente de leer.
Consiste en aceptar que cada texto posee un territorio propio, una unidad que debe ser respetada y un sentido que solamente puede comprenderse permaneciendo dentro de sus límites. El lector acompaña el recorrido que otro organizó para él. Comienza donde el autor decidió comenzar, avanza por las relaciones que el texto establece y procura no violentar aquello que recibió.
Pero existe otra lectura.
Comienza cuando el lector deja de considerar la obra como una unidad intocable. Una frase puede ser retirada de su contexto. Una imagen puede abandonar el sistema que originalmente le daba sentido. Una idea escrita en otro siglo puede entrar en contacto con una experiencia que su autor jamás hubiera imaginado.
El significado deja de pertenecer enteramente a su lugar de origen y la lectura deja entonces de ser solamente comprensión para convertirse en selección.
El azar ofrece el encuentro.
A partir de ahí comienza otra operación: relacionar aquello que seleccionamos.
Un fragmento del pasado puede iluminar una experiencia del presente. Una idea religiosa puede entrar en una canción de rock. Una imagen filosófica puede reaparecer en una cultura popular que parecía completamente ajena a ella. Dos materiales que la historia había mantenido distantes se encuentran por un instante.
El tiempo deja entonces de funcionar como una línea ordenada donde cada cosa permanece definitivamente encerrada en su época. El pasado puede irrumpir directamente sobre el presente. No porque la historia se repita exactamente, sino porque determinadas configuraciones vuelven a reconocerse entre sí.
Ahí aparece la libertad literaria.
No consiste en leer cualquier cosa de cualquier manera. Eso sería solamente arbitrariedad. La libertad comienza cuando el lector puede separarse suficientemente del sentido recibido como para preguntarse qué otra cosa puede hacer con aquello que encontró.
Por eso esta forma de lectura exige atención.
Hay que reconocer qué fragmento merece ser arrancado.
Qué frase puede sobrevivir al traslado.
Qué imagen todavía conserva una fuerza capaz de relacionarse con otra.
Miles de palabras pueden pasar delante de nosotros, pero no todas producen un encuentro.
La selección cultural comienza justamente allí.
Quien lee de esta manera no busca únicamente libros. Busca materiales capaces de ingresar en una constelación propia. Puede encontrarlos en la literatura, en una canción, en una película olvidada, en una historieta, en una conversación, en un texto marginal o en una obra completamente alejada del canon.
Lo underground adquiere entonces otra dimensión.
No importa simplemente porque esté fuera del centro. Importa porque permite ampliar el campo de aquello que puede ser seleccionado. Introduce imágenes menos saturadas de interpretaciones, materiales que todavía conservan cierta extrañeza y que puede establecer relaciones inesperadas con otros fragmentos.
Allí aparece el verdadero sentido político de esta forma de leer.
No porque toda interpretación deba contener un mensaje político explícito, sino porque la operación misma cuestiona una autoridad: la autoridad que pretende decidir de antemano qué puede relacionarse con qué, qué significado pertenece definitivamente a cada cosa y qué caminos debe seguir nuestro pensamiento.
Leer violentamente es recuperar una parte de esa decisión.
Por eso la libertad literaria no consiste simplemente en tener acceso a muchos libros.
Consiste en conquistar el derecho a desarmarlos.
Elegir, relacionar y producir un vínculo allí donde antes no existía.
Una cultura verdaderamente propia no nace de vivir sin influencias.
Nace cuando aquello que recibimos deja de decirnos cómo debe ser utilizado.
