Por Ezequiel Aráoz Martínez.
Hay muchas religiones que proponen desprenderse de los bienes materiales. Hay sectas de las que se hicieron o podrían hacerse documentales que proponen lo mismo. La propiedad personal se ha visto amenazada desde siempre por objetivos más altruistas como la propiedad comunal en el caso de culturas originarias, por la superación de lo material a partir de posturas más místicas o de la mano de la propiedad privada con el capitalismo por delante.
Uno podría preguntarse cómo es posible que la propiedad privada atente contra la propiedad personal y bastaría con explicar la acumulación originaria que menciona Marx en el capital para ejemplificarla. Pero a pesar del capitalismo y del socialismo y de todos los ismos, pareciera que todavía tenemos algo. Cosas. Propiedad personal. Objetos que nos pertenecen.
Ahora, ¿qué pasaría si de repente nos vendieran objetos que no son completamente nuestros? Y cuando hablo de objetos, también me refiero a aquellos elementos que forman parte del ciberespacio y que adquirimos pensando que estarán siempre con nosotros. Después de todo, si es parte de la nube, no debería perecer. ¿No es así?
Una popular y nostálgica compañía de consolas, famosa por ser amorosamente amable con sus consumidores siempre que puede, ha decidido sorpresiva y curiosamente que nada de lo que vende es realmente vendido, que todo lo físico se disuelve y solo queda lo virtual, que podría ser arrebatado con el click de una IA o de cualquier agente dentro del sistema cibernético. Tampoco es que se esperara mucho de las propuestas de consumo de la siempre pro-consumidor estación de juegos japonesa, pero siempre puede generar nuevas decepciones en el ámbito de sus acérrimos fanáticos.
Por otro lado, hace ya un buen tiempo que Netflix hizo su conquista y la renta de películas físicas pasó a las plataformas y la logística del alquiler de productos virtuales invadió la red.
Si pensamos el ciberespacio como “espacio”, valga la redundancia, hay un giro en la manera de habitarlo. El ciberespacio parecía una plaza, dónde habían diálogos, ferias, intercambios, y de repente se transformó en un edificio de una constructora privada que habilitó sus espacios para ser alquilados como buró, y dentro de cada buró, te ofrecen de préstamo las cosas por el tiempo que podás pagar. Las plataformas son las nuevas tierras para sembrar campos donde te dan una parte de lo que coseches, pero siempre recordándote que el campo no es tuyo aunque vivas en él. Hay muchos autores que hablan de esto y que podría considerarse un tecnofeudalismo, pero el término engloba mucho más que mi reducido aporte para pensar el ciberespacio. Todavía no me convence, o no me gustaría creer que hay una vuelta a las lógicas feudales en todos los ámbitos, habrá que ver, pero en lo que a esta parcela respecta, creo que hay algunas otras cuestiones sucediendo.
Recorrer el ciberespacio se vuelve cada vez más difícil sin comprar algo por accidente y que, accidentalmente, uno no pueda darse cuenta si lo que compró le pertenece o es solamente un objeto dentro del buró de coworking, es parte del recorrido.
El capital es el alimento de los dueños de los ciberburós y con ello expropia los campos digitales de los granjeros que no tienen los medios para mantenerlos. Es una acumulación originaria 2.0. o 3.0 si la 2 fue el internet. Creo que las lógicas se complejizaron a partir de la IA y las nuevas tecnologías.
Bajo esa lógica, el desarrollo tecnológico, lejos de liberarnos, nos aleja de nuestra propiedad por causa de las leyes de capital combinadas con estructuras seudofeudales.
La lucha por la redistribución de la riqueza se vuelve más frágil porque la obtención de valor se reduce aún más si nos mantenemos dentro de los márgenes que el sistema establece. Pero al menos en este campo, hay un afuera, que siempre estuvo y que se fue marginalizando paulatinamente, al menos en el sur global, donde no había sido tan tabú como en el norte: la piratería.
¿Es la piratería el único afuera? Habría que preguntárnoslo; quizá los hackeos serían un afuera incluso más agresivo, pero requiere de ciertas destrezas técnicas y preparaciones que un pirata no necesariamente tiene ni necesita.
Lo interesante de la piratería actual como resistencia a la virtualización de la propiedad personal es que viene funcionando con una lógica de discurso negativo. Lo que popularmente podríamos llamar sarcasmo, pero que los algoritmos de plataforma y las IA aún no detectan como promoción, puesto que en el discurso se promueve todo lo opuesto.
Últimamente he escuchado muchos relatos donde se le pregunta a la IA sobre sitios piratas para denunciarlos y no visitarlos; videos de tiktokers que muestran las características de varios VPN para que por supuesto, nadie los descargue; gente en reddit que explica detalladamente dónde la gente que tiene este comportamiento pirata no hace click y que archivos no descarga para no dañar su computadora. Claro, no para que uno lo haga. De ninguna manera sería correcto realizar prácticas de este tipo, por eso explican paso a paso como, dónde y con qué precauciones realizar este tipo de descargas. Nadie querría dañar las benefactoras empresas que siempre se preocupan por sus serviciales consumidores.
El discurso que promueve prácticas a partir de la negación es una rebeldía solidaria frente a los grupos que sufren de una misma práctica de marginalización producida por grandes corporaciones. Hay cierta conciencia de grupo floreciente en la desgracia común. Cierto espíritu de camaradería. Ciertas ansias de amistad frente a la injusticia.
Cuando pareciera que se construyen nuevas jaulas comunes, la comunidad tiende a organizarse, porque hay cierto líbido de compartir con otros cuando aparecen ciertos aires de microguerras. Hace poco, en Tucumán se aglutinaron montones de posturas académicas en torno a la técnica, la tecnología y la política y el mayor recuerdo de los encuentros, son las risas, las fiestas y las conversaciones. La rebelión y la amistad son las bases de una comunidad que teje otros espacios en el ciberespacio y que generan un efecto organizativo, lo que consecuentemente genera poder en el consumidor. Ya lo pensaron Srnicek y Williams en 2015 cuando se proponían Inventar el futuro: “La organización es un mediador clave entre el descontento y la acción efectiva: transforma cierto número de personas en una forma de poder cualitativamente distinta”.
Formar parte del comité organizador de este evento me permitió ver lo que la gente está dispuesta a hacer por el deseo de juntarse para poder compartir un interés común. No hay forma de no tomar acciones cuando sucede este fenómeno. Hay una desobediencia a las lógicas separatistas que se promueven actualmente con cada evento hecho a pulmón, y consecuentemente hay una onda expansiva alrededor.
Esto, según lo que plantean Srnicek y Williams, se llamaría “Ecología organizativa” y permitiría que un grupo cuantitativamente pequeño provoque un efecto cualitativamente grande. No es algo nuevo hablar del poder de la amistad para ganar la batalla, pero la tecnología y la escala global ponen otras reglas sobre la mesa. El tiempo y el espacio se vuelven raros. El guionazo cliché salvador de las películas y las series podría pasar en la vida real para devolvernos a nuestros apreciados objetos de ocio, nuestras relaciones sociales, y quizá alguna que otra cosa más, pero requiere de una acción conjunta y organizada.
Es cierto que es más fácil aglutinar todos los juegos en una misma biblioteca, o todas las películas en una misma plataforma con una amigable interfaz, pero no ceda al facilismo. No deje que se lleven lo poco que tiene. Llame a un amigo y descarguen esa peli juntos.
Hace algunos años, Ale Sergi dio una entrevista donde le preguntaron si le molestaba firmar discos piratas en la época de “Don” y respondió que el usuario no tenía la culpa, que no podía enojarse porque se enfocó muy mal el tema de la piratería, que el usuario quería escuchar su música y que para lograr lo que quería iba a encontrar la forma. La última vez que me subí a un escenario, tuve que ponerme un parche en el ojo, quizá sea una señal divina.
