Por Luis Alberto Acuña.
Las mulas avanzan lentamente en la noche de la quebrada. Las estrellas, que ya han cubierto el cielo en toda su extensión, titilan frías cubriendo el cielo allá arriba, como la rasgadura que un cuchillo hiciera en la gran tela del firmamento.
Cuatro mulas, una mujer y una niña, que no debe tener más de nueve años, van pisando con cuidado las piedras que reflejan la luz de la luna llena. Salieron hace tres días de la ciudad de Salta, rumbo a Chuquisaca. La niña va entonando una baguala, casi imperceptible que se va desgranando como un rosario al compás de los cascos. Ya han dejado atrás los verdes valles de Siancas para internarse en este laberinto de piedra, un camino de quince días hacia la tierra que la vio nacer, cuarenta y cinco años atrás.
Los recuerdos de esos primeros años ya son un cuadro borroso y casi ajeno, sepultado bajo años de luchas y pérdidas. Solo aparece con claridad su padre, enseñándole a montar cuando la hacienda familiar aún era próspera y ellos eran los Azurduy de Chuquisaca, una de las familias más ricas del valle. Recuerda también su muerte y de allí en más la sucesión de hechos infortunados.
Los primeros años como huérfana en el convento, su huida de las rígidas imposiciones eclesiásticas y su casamiento con Manuel Ascencio Padilla.
Nunca hubo ni habrá hombre como Manuel, piensa. Pasan por su mente, como un fogonazo, los combates de guerrilla en las montañas con los otros caudillos. No había quedado casi ninguno vivo.
Recuerda los días de su cautiverio junto a sus hijos y cómo Manuel la había rescatado, matando a sus captores. La huida hacia los pantanos en dos caballos galopando toda la noche, con la muerte corriéndole detrás.
Cuando lo mataron, en la batalla de La Laguna, ella estaba embarazada de la niña que ahora la acompaña. Le cortaron la cabeza y la exhibieron en una pica.
Va con ellas un baqueano, que ha accedido a acompañarlas durante el primer tramo del viaje. Luego estarán a su suerte.
A lo lejos, de pronto brilla una luz.
— Es la posta de Yala. Pero aún está muy lejos esa luz que parpadea— dijo Valerio
—Dormiremos en el primer lugar que encontremos. Mañana saldremos rumbo a Jujuy- ordenó Juana
Ella podría cabalgar semanas, pero no su hija. Aún es pequeña. Anastasia se la ha entregado, luego de tantos años de ausencia. Pero faltan todavía dos horas para alcanzar esa luz que titila a lo lejos. El silencio de las piedras parece hablarle esta noche y se empecina en recordarle antiguas penas.
—Cuarenta años de polvo y muerte. Cincuenta pesos, cuatro mulas y una espada es todo lo que me queda. Y una hija. Criada por otros, lejana, hasta el punto de casi desconocerme —se lamentó Juana.
—¿Para qué todo esto, madre? — interrumpió la hija como si escuchara.
Juana no responde y recuerda. La noche habla trayendo los fantasmas del pasado.
Recuerda aquella tarde, cuando con Manuel decidieron apoyar al ejército que subía desde Buenos Aires a liberar a Potosí. En una noche, recorrieron los caseríos de Chuquisaca, los campos aledaños, sublevando a indígenas y criollos. Empujándolos a pelear contra la esclavitud a la que eran sometidos hacia siglos. Ellos sabían que el español debía ser expulsado de esas tierras. Tenían fresca en su memoria el martirio de Túpac Amaru y toda su familia en la plaza del Cuzco. Cómo lo habían descuartizado y le habían cortado la lengua al último representante del imperio Inca. No, los españoles no tenían piedad.
La veían llegar, montada cual amazona vestida de uniforme, su casaca de paño azul y verde, sus galones dorados. Les hablaba en quechua, en aimara y ellos la oían a la luz de la hogueras y respondían al llamado. Era la voz de su sangre.
Veinticinco mujeres la siguieron, y dos mil hombres. Marcharon a la montaña, arrastrándose por lugares donde ni siquiera las cabras se atrevían, para presentarle batalla al virrey Joaquín de la Pezuela.
Cuando se encontró con Belgrano, inmediatamente reconoció en él, el mismo fuego que inflamaba su pecho. Se incorporó a su ejército con el batallón de campesinos que había adiestrado ella misma y su marido en el uso de las armas. Hombres que habían dejado los azadones de cultivo para tomar el fusil. Y a falta de fusil las lanzas improvisadas.
—Mis Leales …
Su bandera flameaba esa mañana al frente del ejército del norte, allí en Vilcapugio. Una ligera llovizna presagiaba el desastre, pero en ese momento, Juana era una fiel estampa de Juana de Arco al frente de sus hombres, arengándolos.
Lucharon entre el polvo y el estruendo, y carga tras carga vio cómo se desangraba su pequeño ejército. Sus paisanos, caían bajo el fuego de la metralla o eran aplastados por la caballería realista. No veía a Belgrano por ningún lado.
Cuando la batalla terminó, durante la huida, supo que lo había perdido todo. Que la suerte estaba echada y no había vuelta atrás.
Una de las mulas se desvió por un camino lateral.
—Espérame Luisa — le dijo mientras ella se hundía en la oscuridad a buscar el poco equipaje que llevaban.
Le costó encontrarla y con alivio corroboró que la caja de madera sujeta por las cinchas aún continuaba en su lugar. Esa caja llevaba lo más importante que le quedaba después de su hija.
Volvieron al sendero mientras a sus espaldas quedaban las gigantescas moles de piedra oscura. Luisa había dejado de cantar. La luna llena se ocultó detrás de un denso nubarrón y Juana dio la orden de parar. No podían seguir en la noche arriesgando mancar una mula en las profundas grietas de la quebrada.
El baqueano asintió sin decir una palabra.
En un pequeño claro, no más vasto que un patio, bajaron las alforjas y ataron a las mulas a los arbustos. El agua era escasa y los animales rebuznaban intentando zafarse. Tendrían que esperar hasta el día siguiente para beber.
Juntaron piedras del lecho seco del arroyo e hicieron allí mismo una pequeña fogata. La noche la envolvía nuevamente en las montañas y el fuego iluminó de pronto la silueta de las dos mujeres.
Los rasgos de Juana eran duros, como la piedra misma. Ningún atisbo de sonrisa asomaba en la delgada comisura de sus labios. Sus ojos eran dos pedernales que brillaban ante el fuego. Casi no hablaban, excepto alguna breve indicación. Nadie hubiera dicho que quienes viajaban en la noche cerrada eran madre e hija.
—Madre, ¿falta mucho? .- preguntó la niña resignada.
La piel cetrina y los ojos penetrantes estaban enmarcados por el renegrido pelo que caía por su espalda. Se había criado muy lejos de su madre, al cuidado de Anastasia, a quien ella consideraba su verdadera madre, mientras la otra peleaba en lugares remotos contra los españoles. Casi no la conocía.
Comieron en silencio, cada una un trozo de tortilla de maíz y bebieron agua de un odre de cuero. Cuando terminaron, Juana extendió su manta sobre la tierra y su hija se recostó a su lado.
—La niña no sabe quién soy —´reflexiona Juana— Me mira como si fuera una extraña. Han sido tantos años en esta guerra que aún no llega a su fin. La dejé porque no estaba segura a mi lado. Pero ella no lo sabe. Nunca lo sabrá. Nunca sabrá que estas mismas manos enterraron a sus cuatro hermanos. Y a su padre. Yo misma cavé en la noche las cuatro tumbas, con la fiebre aun consumiendo sus cuerpos, allá en los pantanos. La malaria, dicen que la malaria mató a mis hijos. Pero no, no fue la malaria, fueron ellos. Los que nos obligaron a huir y escondernos en esos pantanos infectos. Por eso me juré exterminarlos. Uno a uno sin tener misericordia. Por eso, cuando mataron a Manuel y pusieron su cabeza en una pica, dejé a mi hija y me vine al sur, donde Güemes continuaba la lucha. Y vaya que hemos batallado, hasta que lo mataron. Solo me queda la satisfacción de que Güemes no se rindió. Hizo jurar en su lecho de muerte que nadie entregaría un metro de tierra a los realistas. Hombres como este hacen falta. Han matado a Güemes y el gobierno me ha dado estas cuatro mulas y cincuenta pesos para que vuelva. ¿Pero, qué vuelvo a buscar a Chuquisaca? . Si todos han muerto. Lo hago por ella. Y solo por ella.
Juana estiró su mano y cubrió con la manta a su pequeña hija. La última, la única que le quedó con vida. Mira al cielo y en la noche alta de estrellas, dibuja el camino de regreso. Nunca tuvo tiempo de mirar el cielo. La última vez quizá, cuando solo era una niña.
Ahora en el silencio de la Quebrada, la noche la envuelve y sus ojos descansan boca arriba, atravesando el tiempo. Allí están, brillando muy lejos sus cuatro hijos. Su marido. Los dos mil guerrilleros que comandó en el Alto Perú. Allí también está el General Manuel Belgrano. Y Güemes.
—Me han nombrado teniente coronel, la primera de estas tierras que algún día serán libres o no serán nada
En la noche, Juana se levanta y camina hasta el lugar donde dejaron sus pertenencias. Saca de allí el pequeño cofre de ébano y acercándose al fuego lo pone sobre sus rodillas. Lo abre y allí dentro, sobre el fieltro negro como la noche, brilla el sable con las iniciales grabadas en la empuñadura. Debajo, una carta. La toma y la abre. El papel amarillento va perdiendo poco a poco su color original y la tinta parece querer esfumarse ante la escasa luz del fuego.
Juana lee: “A Juana Azurduy, que comandó con valentía a sus amazonas en las batallas de Vilcapugio y Ayohuma, la que capturó heroicamente el estandarte realista en el cerro La Plata, le dejo mi espada , la misma que llevé conmigo en Salta y Tucumán”. La firma, con letra de una excelente caligrafía decía simplemente: M. Belgrano.
En el medio de la noche, una mujer vuelve. Con cuatro mulas, cincuenta pesos. Y una espada.
– Integrante de los Talleres CuentaCuentos de Daniel Petasne.
