Por Guido Brotto.
¿Es soñar concebir una sociedad en la que, habiendo llegado todos a ser productores, reciban toda una instrucción que les permita cultivar las ciencias o las artes y teniendo toda la oportunidad de hacerlo, se puedan asociar entre sí para publicar sus trabajos, aportando su parte de trabajo manual?
Piotr Kropotkin
El arte no comienza en el taller. El artista no inventa desde el vacío; transforma en forma aquello que primero experimentó como vida.
En este sentido, la técnica nunca ha sido suficiente. Ninguna destreza reemplaza aquello que pone en movimiento a una obra.
La inspiración es el resultado y la respuesta a una realidad que reclama ser expresada.
Kropotkin encuentra esta diferencia en la ciudad medieval. La basílica no era simplemente un edificio religioso; era el corazón visible de una comunidad. El pintor no producía una obra destinada a un comprador anónimo. Trabajaba para un pueblo que reconocía ese monumento como parte de su propia existencia.
La comunidad era su destinatario, pero antes había sido su fuente de inspiración.
La obra era la ciudad hablándose a sí misma a través del artista.
El artista no observa una realidad ajena; participa en ella y se vuelve médium de una vida compartida que encuentra en el arte una forma de hacerse visible y reconocerse.
El amor por aquello que se representa nace de la convivencia con ello.
¿De qué mundo se alimenta el arte cuando la experiencia colectiva se fragmenta?
Cuando la comunidad se fragmenta, el artista deja de encontrar un mundo que lo preceda y comienza a depender únicamente de su experiencia individual. Allí la inspiración deja de ser el eco de una vida compartida para convertirse en el esfuerzo solitario de producir aquello que la realidad ya no ofrece.
La obra pierde realidad.
El problema deja de ser la capacidad para producir obras y pasa a ser la dificultad de encontrar una vida lo suficientemente intensa como para volverlas necesarias.
La inspiración tiene que tomar su impulso de la vida.
Allí donde el artista vuelve a formar parte del mundo que representa, la obra deja de ser una mercancía o un objeto de prestigio y recupera su condición más profunda.
