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El sublime objeto del capital

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Por Alfredo Acevedo.

Una arquitectura de la distancia

Respiro hondo, buscando un aire que ya casi no existe, siento la piel en llamas; la tela sintética del pasamontañas se me pega al rostro, atrapándome en una claustrofobia atroz de la que intuyo, por un instante que parece eterno, no voy a poder salir.

​Del otro lado de la vidriera destrozada, los gritos de Étienne se pierden entre la marea de la calle. Es un 17 de octubre en París y la ciudad estalla. La muchedumbre empuja para ganar el interior; Denis y Camille patinan sobre miles de pedazos de vidrio, urgidos por la necesidad ciega de arrancar de los exhibidores todo lo que tenga peso y valor. Apenas a unos metros, en el asfalto, los alaridos se confunden con el tintineo sordo de los cartuchos de gase lacrimógeno.

​—Que nos llevan, nos llevan! —grita desesperado un chico con acento marroquí.

​Mi corazón golpea contra el pecho con una frecuencia desbocada. Es el punto de quiebre: ahora o nunca. De una patada rompo la puerta de madera blanca del local de Louis Vuitton. En el interior, Sophie insiste en llenar su mochila con lo que encuentra a mano. Me mira aterrorizada; entre el denso humo blanco en medio del caos, las identidades se han borrado por completo: nadie sabe ya quién es ni qué busca. Le hago una señal de urgencia con el brazo izquierdo: se acabó, hay que salir. Ella se queda estática en el lugar, duda un segundo, luego suelta algunas carteras y corre hacia mí. Me sostiene del brazo con fuerza y salimos atropellando todo, pisando cajas, vidrios molidos y  billetes esparcidos por el suelo.

​Al cruzar el umbral, el frío de la calle nos golpea de frente, trago todo el aire que puedo,  el alivio dura poco. Intento quitarme el pasamontañas de un tirón, pero la combinación de transpiración y tela apretada me lo impide. Sophie asustada, se larga a correr hasta que su silueta se pierde en medio del humo. Étienne sigue adentro, siento cómo el miedo me recorre la espalda como un vértigo helado.

​Y entonces, al dar el primer paso para huir, una llamarada me atraviesa. Es un dolor seco, punzante, una quemadura violenta justo en el brazo derecho. Las piernas se me doblan y caigo de rodillas contra el pavimento, me encorvo y empiezo a arquearme en arcadas violentas, vomitando sin parar en la vereda. El humo de los gases se vuelve una pared espesa y pierdo toda noción de la vista. Hecho un bollo en el suelo, me reduzco al espacio mínimo de mi propio cuerpo, mientras a mi alrededor escucho golpes, patadas y corridas. Al fondo, la resonancia opaca y rítmica de una sirena que se acerca.

¿Qué queda de una vidriera cuando el cristal deja de separar la mirada de aquello que se desea?

En las imágenes de los comercios, entre la mercadería desparramada sobre la vereda, hay algo que excede la discusión sobre la propiedad y el orden público. Por un instante, aquello que estaba dispuesto para ser contemplado queda al alcance de la mano.

La historia de las galerías comerciales europeas permite seguir una parte de esa transformación. Antes de que los pasajes cubiertos modificaran la experiencia de las ciudades, buena parte del comercio callejero transcurría a la intemperie, entre el barro, el polvo blanco y las irregularidades del macadán. La mercadería estaba expuesta a las contingencias de la calle, y su exhibición dependía de condiciones materiales que limitaban tanto su conservación como las posibilidades de presentarla. La expansión de los pasajes parisinos a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, y su posterior desarrollo mediante estructuras de hierro y cubiertas de vidrio, introdujo progresivamente otra forma de organizar el encuentro entre las personas y los objetos. La ciudad comenzaba a ofrecer espacios en los que se podía caminar, mirar y comprar integrándose todo en una misma experiencia, protegida de la intemperie y separada, en cierta medida, del desorden exterior. El objeto ya no necesitaba quedar al alcance de la mano para estar presente. Bastaba con ubicarlo detrás de una superficie transparente, bajo una iluminación que destacara sus cualidades. El cristal de las primeras tiendas, cumplía así una función doble: acercaba la mercancía a la mirada, mientras impedía su contacto inmediato, la exponía y al mismo tiempo la protegía, convirtiendo así, su presencia en una invitación cuya consumación dependía de atravesar una frontera económica. Tanto la vidriera como la vitrina no ocultaban el objeto, sino que lo ofrecían bajo una forma particular de inaccesibilidad.

La transparencia del cristal hacía más perceptible la separación, porque permitía ver con claridad aquello que permanecía fuera del alcance. En esa pequeña arquitectura urbana comenzaba a tomar forma una experiencia que las sociedades de consumo llevarían mucho más lejos: la de un mundo material que se ofrece a todos como imagen, aunque no distribuya entre todos las mismas posibilidades de apropiación. La misma mercancía podía formar parte del paisaje habitual de una vida y constituir, para otra, la imagen persistente de una distancia social. Diferentes personas miraban el mismo objeto, pero no ocupaban el mismo lugar frente a él. La transparencia del cristal no eliminaba esa diferencia; por el contrario, la volvía visible sin explicar sus causas.

Quizá sea esa una de las operaciones más eficaces del mundo de las mercancías: transformar una desigualdad material en una experiencia íntima, de modo que la imposibilidad de acceder a determinados bienes pueda sentirse como una falla propia. La distancia deja de presentarse como el resultado de unas condiciones históricas y económicas para convertirse en una medida subjetiva de lo que falta. 

Cuando las tensiones sociales escalan y las vidrieras de las grandes marcas son destruidas, la escena adquiere una densidad que no conviene reducir ni a la condena moral ni a la celebración automática de la revuelta. En las calles francesas, el 17 de octubre, las imágenes de los comercios saqueados coexistieron con las de las manifestaciones contra el encarecimiento de la vida y el deterioro de los servicios públicos, posiblemente formas todas éstas de un tipo de sustracción subyacente, invisible y sutil. No todos los que salieron a las calles participaron de los saqueos, ni todos los que rompieron una vidriera respondían necesariamente a una misma motivación. Sin embargo, la coincidencia de esas escenas permite interrogar algo que la discusión pública suele dejar en segundo plano: la relación entre la desigualdad, la mercancía y el deseo de apropiación.

El escándalo del vidrio estallado, viene a interrumpir de golpe la separación regulada entre el espectador y el objeto. Aquello que hasta entonces podía contemplarse desde la calle queda expuesto a una apropiación inmediata. De esta manera, el cuerpo atraviesa la frontera que la mirada no podía atravesar, y la mercancía abandona el espacio protegido de la exhibición para ingresar en otro circuito, fuera de las condiciones legales que regulaban su posesión y, durante unos instantes, la distancia parece haber sido abolida por la fuerza. 

Pero ¿qué es exactamente lo que se destruye cuando se rompe una vidriera? La barrera material, sin duda, aunque no necesariamente las relaciones que le daban sentido. El objeto puede cambiar de manos sin perder el valor que lo convertía en objeto de deseo, incluso en el momento en que se transgreden las reglas de la propiedad, la mercancía puede conservar intacta su capacidad de representar prestigio, pertenencia o reconocimiento. La apropiación modifica las condiciones bajo las cuales se obtiene el objeto, pero no transforma por sí misma aquello que lo hacía deseable. Aquí aparece una paradoja que merece ser examinada sin apresurarse a resolverla. La revuelta puede dirigirse contra un orden social y, al mismo tiempo, conservar algunas de las aspiraciones que ese orden ha contribuido a producir. El objeto sustraído puede convertirse en una forma de desafío, en una manifestación de protesta ante la desigualdad o en el intento de acceder a aquello que hasta entonces había permanecido fuera del alcance. Estas posibilidades no son equivalentes, aunque puedan coincidir en una misma escena. 

La transgresión puede cuestionar la distribución de los bienes y, al mismo tiempo, reproducir la fascinación que los vuelve objetos privilegiados. Puede poner en evidencia una desigualdad sin llegar a transformar las condiciones que la producen. En ese intervalo, la vidriera rota funciona también si se quiere como un espejo: devuelve una imagen de la sociedad que lo ha levantado, de sus promesas, sus exclusiones y las formas de reconocimiento que ha depositado en los objetos. Quizás por eso la vidriera rota no sea necesariamente el final de la escena, una vez que desaparece la barrera, queda por saber qué ocurre con la distancia que la vidriera organiza y dispone, qué permanece del deseo cuando el objeto puede ser tomado y qué relaciones continúan intactas después de la transgresión. El problema no se encuentra solamente del otro lado de la calle, en aquello que una persona no puede comprar, sino también en la promesa que convierte al objeto en una respuesta posible a la pregunta por lo que somos en función de lo que tenemos o aspiramos tener.

Una crítica del capital resulta posible, tal vez, cuando dejamos de buscar en la mercancía el objeto milagroso que vendría a colmar los baches de la existencia y nos animamos a interrogar las condiciones materiales y simbólicas que hacen de nuestra falta el motor perpetuo del mundo de los objetos. No para abolir el deseo, sino para comprender qué fuerzas lo orientan, qué distancias lo organizan y qué parte de nuestra vida hemos aprendido a medir con aquello que podemos mostrar detrás del cristal de una vidriera o de una pantalla.

 

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