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La imaginación al poder

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Por José Mariano.

«La revuelta y solamente la revuelta es creadora de luz, y esta luz no puede tomar sino tres caminos: la poesía, la libertad o el amor».
— André Breton, Arcano 17.

Nos acostumbramos a vivir como si todo estuviera decidido. El trabajo, el cansancio, la incertidumbre, la obligación de acomodarnos a lo que venga. Aprendimos a llamar realismo a esa resignación. El futuro se convirtió en un lugar al que llegaríamos haciendo cada vez más esfuerzos para conservar cada vez menos.

La política encontró allí una rutina confortable. Administrar expectativas, distribuir culpas, preparar la próxima elección. La imaginación quedó al servicio de las campañas. Para la vida cotidiana se reservó un repertorio de sacrificios, urgencias y promesas. La política sigue imaginando cómo conservar el poder mientras les exige a los demás que dejen de imaginar cómo vivir.

Las calles de Francia vuelven a poner esa espera en discusión. Una movilización abre también una disputa sobre lo que significa. Las imágenes de enfrentamientos y saqueos pueden ocupar todo el cuadro hasta hacer desaparecer las razones por las que la gente salió de su casa. Una vidriera rota consigue más atención que años de deterioro cotidiano. La historia de las demandas desaparece y el reclamo termina convertido en un problema de circulación y seguridad.

Francia lleva consigo una memoria que vuelve especialmente intensas esas escenas. La Bastilla, las barricadas, Mayo del 68. Acontecimientos distintos que dejaron una huella en nuestra manera de imaginar la intervención colectiva. Una plaza francesa puede despertar reconocimientos muy lejos de Francia. Alguien mira y encuentra una forma para su propio hartazgo. Algo que parecía íntimo adquiere una dimensión común.

En ese encuentro empieza a modificarse lo posible. Una persona descubre que su agotamiento tiene compañía. Otra se atreve a decir lo que venía callando. Se conversa con desconocidos, se improvisan decisiones, aparecen capacidades que la rutina mantenía dispersas. La espontaneidad tiene esa fuerza creadora, permite comenzar antes de que alguien haya escrito todas las instrucciones.

También la intuición participa. Percibimos que una vida así resulta insuficiente antes de saber cómo transformarla. Hay un conocimiento que comienza como incomodidad, como rechazo, como deseo todavía impreciso. Exigirle un programa completo desde el primer instante puede ser una manera de impedir que llegue a formularse. Al orden existente le toleramos fracasos que a cualquier alternativa le exigimos resolver de antemano.

La imaginación necesita ese margen. En el arte lo reconocemos, una obra encuentra su forma mientras se hace; una idea nos obliga a revisar aquello que creíamos saber. La vida colectiva también necesita experimentar, equivocarse, descubrir relaciones que todavía carecen de nombre. Hemos dejado demasiado tiempo esa capacidad encerrada en los lugares autorizados para ser creativos.

Las vanguardias hicieron de la ruptura una posibilidad de percepción. Allí donde una época encontraba agotamiento, buscaron formas capaces de revelar algo más. Ese impulso conserva una exigencia política, correr los márgenes de una realidad que pretende presentarse como definitiva. Asomarse por el ojo de la cerradura y advertir cuánto mundo queda fuera.

La velocidad contemporánea vuelve inestable esa apertura. Un gesto puede atravesar fronteras en horas y perderse al día siguiente entre miles de imágenes. La atención se desplaza; el malestar permanece. Darle continuidad a lo que comienza exige poner en común experiencias, conocimientos y formas de organización. La inteligencia que producimos juntos puede convertir un encuentro fugaz en una capacidad duradera para intervenir.

La revuelta tampoco trae su desenlace escrito. Puede agotarse, ser capturada, repetir aquello que combatía. Su potencia creadora exige cuidar la libertad que reclama y la dignidad en cuyo nombre se levanta. Tendrá que aprender a construir sin entregar a nuevos salvadores la fuerza que acaba de descubrir.

Hay momentos en que el presente pierde su apariencia de eternidad. Lo que llamábamos destino vuelve a mostrarse como una obra humana, sostenida por decisiones humanas. Entonces la historia deja de parecer un bucle y recupera el riesgo de un comienzo.

La imaginación al poder comienza cuando nos reconocemos capaces de producir algo más que nuestra adaptación.

 

 

Esto es Fuga. 

Edición 73.

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