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La recuperación no se cobra por adelantado

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Por Emma Goldstein.

«A largo plazo, todos estaremos muertos».
—John Maynard Keynes, Breve tratado sobre la reforma monetaria.

Una familia no puede pagar el supermercado con una proyección de crecimiento. Una empresa tampoco contrata trabajadores porque una recuperación figure en el calendario. Entre las condiciones que permiten mejorar una economía y la mejora efectiva existe una distancia. En la Argentina, esa distancia vuelve a ocupar el centro de la discusión.

Los datos disponibles muestran avances importantes en algunos frentes y dificultades persistentes en otros. La inflación está muy por debajo de los niveles de la crisis de 2023 y 2024. El Estado nacional informa superávit fiscal. Sin embargo, la pobreza volvió a aumentar y las expectativas de crecimiento se corrigieron hacia abajo. Cada resultado describe una parte del presente. La discusión comienza cuando se pretende convertir uno solo en explicación de todo.

En septiembre, los precios al consumidor aumentaron un 1,9% y acumularon una suba del 23,6% en los primeros nueve meses de 2026. La reducción de la velocidad inflacionaria es un avance concreto: permite presupuestar con menos incertidumbre y reduce el deterioro que produce una remarcación permanente. Pero los precios continúan aumentando. Para recuperar capacidad de compra, los ingresos deben crecer por encima del costo de vida.

Esta diferencia suele perderse en la discusión pública. Una inflación menor puede convivir con un salario insuficiente. La estabilidad ayuda a proteger los ingresos, pero su nivel también importa. Quien perdió capacidad de compra necesita recuperar terreno; que los precios avancen más despacio facilita ese recorrido, aunque no lo completa.

El resultado fiscal también merece una lectura precisa. Según el Ministerio de Economía, el Sector Público Nacional acumuló hasta septiembre un superávit primario cercano al 1,2% del producto y un superávit financiero de aproximadamente el 0,3%, después del pago de intereses registrado en esa medición. Es un resultado relevante para reducir necesidades de financiamiento. Para evaluar su solidez también hay que observar cómo se obtiene y si puede mantenerse junto con la actividad, la inversión pública necesaria y las prestaciones del Estado.

El paso de la estabilización al crecimiento requiere mecanismos concretos. Las empresas necesitan encontrar demanda, financiamiento y condiciones para invertir. Los hogares necesitan ingresos que permitan consumir sin comprometer cada vez más su futuro. La inversión requiere, además, cierta confianza en que esas condiciones durarán. El equilibrio fiscal puede contribuir a ese proceso; la velocidad y el alcance de sus efectos deben comprobarse.

La pobreza muestra por qué esa comprobación es indispensable. Según el INDEC, alcanzó al 32,3% de las personas en los aglomerados urbanos relevados durante el primer semestre de 2026, frente al 28,2% del segundo semestre de 2025. La mejora anterior se interrumpió. La fecha importa: el dato describe un semestre y no debe utilizarse como una fotografía exacta de octubre.

El análisis del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, difundido por la prensa, pone el foco en el menor dinamismo del empleo, la precariedad laboral y la pérdida de impulso de los ingresos. También señala el peso de los servicios y las limitaciones de las transferencias sociales para compensar el deterioro. Su aporte permite mirar las condiciones que hacen posible una mejora duradera: estabilidad laboral, remuneraciones suficientes y acceso a servicios básicos.

Una familia puede superar una línea estadística de pobreza y conservar una enorme fragilidad. Un gasto médico, la pérdida de unas horas de trabajo o un aumento del alquiler pueden devolverla a una situación crítica. Por eso resulta necesario observar tanto la evolución de los ingresos como las condiciones en que se obtienen.

La Universidad Torcuato Di Tella aporta otra dimensión del problema. Su Índice de Confianza del Consumidor subió un 2,4% en septiembre respecto de agosto, después de dos meses de caídas. Es una mejora de las percepciones que conviene registrar. Un movimiento mensual, sin embargo, ofrece evidencia limitada para anunciar una tendencia sostenida y tampoco equivale a un aumento efectivo de las compras.

La encuesta de expectativas de inflación de esa universidad también mostró un descenso: el promedio esperado por los hogares para los siguientes doce meses pasó del 35,7% en agosto al 29,8% en septiembre. La mediana permaneció en el 30%. Ambas medidas ayudan a leer el resultado: bajó el promedio, mientras la respuesta central de la distribución se mantuvo. Son expectativas de los encuestados, sujetas a cambios, y deben distinguirse de la inflación observada.

Los pronósticos profesionales presentan una cautela semejante. En el Relevamiento de Expectativas de Mercado de septiembre, publicado por el Banco Central, los participantes proyectaron un crecimiento del producto del 1,5% para 2026, por debajo de su estimación anterior. Esperaban una contracción en el tercer trimestre y una recuperación en el cuarto. El relevamiento reúne opiniones de analistas y entidades financieras; esas previsiones no constituyen una proyección propia del Banco Central.

La combinación permite comprender una aparente paradoja: una economía puede crecer en el promedio anual y atravesar meses de retroceso. También puede expandirse mediante algunos sectores mientras otros pierden ventas y empleo. El dato agregado es necesario, pero su composición determina cuánto de ese crecimiento llega a la vida cotidiana.

A partir de esta evidencia pueden plantearse tres recorridos posibles. Una recuperación más sostenida requeriría que la moderación de los precios se combine con mejoras de los ingresos, inversión y crédito. La disponibilidad de divisas y el acceso al financiamiento serían importantes para sostener esa expansión y afrontar compromisos externos.

Otro recorrido sería una prolongación del crecimiento débil: mayor previsibilidad de precios, pero avances insuficientes en empleo y salarios. En ese caso, las mejoras podrían quedar concentradas y una parte considerable de los hogares seguiría sin percibir alivio.

El riesgo adverso sería una combinación de presión cambiaria, dificultades de financiamiento y nuevas pérdidas de ingresos. Su intensidad dependería de los recursos disponibles, los vencimientos y las decisiones de política económica. Se trata de escenarios condicionados. Las fuentes revisadas no permiten asignarles certezas ni anunciar una fecha de resolución.

Para distinguir qué recorrido comienza a imponerse habrá que seguir la actividad, el empleo registrado, los salarios reales, la inversión y las cuentas externas, además de la inflación y el resultado fiscal. Una mejora sostenida necesita que esos indicadores empiecen a acompañarse.

La Argentina ha reducido desequilibrios importantes. También conserva dificultades para transformar esos avances en bienestar extendido. Reconocer ambas cosas exige abandonar la costumbre de tratar cada cifra favorable como una victoria definitiva y cada retroceso como el anuncio de un derrumbe.

La recuperación puede proyectarse, alentarse y discutirse. Para los hogares, empieza a existir cuando permite vivir mejor sin aumentar su fragilidad.

Hasta entonces, sigue siendo una expectativa. Y las expectativas no se cobran por adelantado.

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