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La Tucumanidad, la Noche y el Fin del Personaje

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Por Daniel Posse.

Entrevista a Alfredo Aráoz

D.P. —En varias ocasiones mencionaste la necesidad de «matar» a tu conocido alter ego, El Eterno, para poder publicar este libro. ¿Cómo fue ese proceso de despojarse del personaje urbano de la noche para encontrarte con el Alfredo escritor?

A.A. —El Eterno estaba matando a Alfredo. Entonces tuve que matarlo yo. Con tanta noche no había día. Y necesitaba el día para volver a escribir, editar, corregir. Me había enamorado ciegamente de aquel personaje. Necesitaba quitarme ese velo con aire, sol y agua para observarme con lucidez. Así nació este libro.

D.P. —Tu antología “Zorro” se presenta como un fresco literario profundamente tucumano. ¿Qué tiene la identidad de Tucumán que te genera esa «adicción» a la hora de volcarla en la ficción?

A.A. —Tucumán también te consume. Es una provincia fascinante, atractiva, viva. Nunca está quieta. Siempre tiene música y gritos. Visualmente a la urbe no la encuentro bella, pero la porosidad del cemento me absorbe y trato, cual albañil, de trabajar sobre esas capas, y en el camino, quizás, enamorarme.

D.P. —Pasaste por redacciones muy importantes de medios impresos y digitales. ¿De qué manera tu oficio como periodista influyó en tu mirada como narrador de cuentos y crónicas de ficción?

A.A. —El periodista precede al escritor. El músculo de la redacción es el que permite adquirir a diario la mano para contar historias. El teclado es el mismo, pero muchas veces he sentido que la noticia no contenía al trasfondo de lo sucedido. Ahí aparecen las voces y las tramas de la ficción volcadas a la hoja en blanco.

D.P. —La noche, la terminal, las bailantas y los bares son escenarios clave en tus historias. ¿Por qué te atrae tanto explorar el lado nocturno y marginal de la ciudad?

A.A. —Porque la mañana es de cartón. Todo el mundo encorsetado en sus propios personajes de día. A la noche nos desnudamos en nuestros dormitorios o al lado de un parlante. Encuentro más belleza en una caries que en una sonrisa de Instagram.

D.P. —En “Zorro”, uno de los relatos más extensos es «La dieta de un político», que roza el formato de nouvelle. ¿Cómo surgió esa sátira sobre las apariencias y las ambiciones de poder en el norte argentino?

A.A. —La dieta de un político surgió una noche que fui a cenar a una casona de Villa Nougés con los mellizos Orellana, dos barones del Tucumán profundo. Los vi comer y beber. Los escuché hablar. Imaginé qué pasaría si a uno de ellos el gobernador le pide que baje de peso para entrar en la foto del afiche proselitista. En ese intento apareció un mapa coral de situaciones, personajes y un destino inútil de modificar.

D.P. —Tus cuentos huelen, suenan y respiran Tucumán. ¿Buscás conscientemente conectar con la tradición literaria de la provincia o las historias fluyen de forma natural a partir de lo que observás en las calles?

A.A. —No estoy familiarizado con las tradiciones, en líneas generales. Las historias fluyen de manera natural. La calle es inabarcable. Solo tomo con pinzas algunas de las miles de historias que nos rodean. Siento genuinamente que hasta en la fila de un banco hay una historia que escribir.

D.P. —Tu madre, Mónica Viviana Bilotti, fue tu primera lectora y a quien le dedicaste la obra. ¿Cómo fue mostrarle por primera vez estos relatos cargados de realismo, excesos y vivencias urbanas?

A.A. —Escribir y publicar este libro fue una forma de formalizar el crimen del alter ego de la primera pregunta. Ella es mi alimento desde que me parió. Fue hermoso verla llorar cuando salió el libro.

D.P. —El libro contó con la edición de Pablo Donzelli de La Papa Editorial y un proceso de maquetación muy cuidado. ¿Cómo viviste el detrás de escena de la publicación y el trabajo en conjunto con la editorial?

A.A. —Pablo es el compañero fiel de un proceso hermoso. Siempre creyó en mí. Cuando tomamos la decisión de publicar este libro, de lunes a viernes nos reunimos durante dos horas para esquilar al zorro. Pablo es duro, cede poco, sonríe a veces, pero cada palabra mutilada tuvo su razón de ser y por eso quedó un libro dinámico y entretenido.

D.P. —En tu cuento «Botellas», indagás en los límites de los vínculos cotidianos y te alejás un poco de la crónica urbana. ¿Qué desafíos te planteó escribir sobre el amor y el desencuentro en un tono más íntimo?

A.A. —Botellas es un cuento que me gusta porque me permitió trabajar en una idea que me persigue: quitarle el romanticismo a algo que no lo tiene. La monotonía y el lugar común es tan necesario como terrible. Los silencios en una pareja rigen al vínculo. Cuando un silencio incomoda, todo estalla. Tras esa idea debí salir de la espectacularidad que presenta la calle y encerrarme con una pareja que está terminada.

D.P. —Ahora que lograste canalizar tu universo creativo en este formato de relatos breves, ¿qué sigue para Alfredo Aráoz? ¿Tenés intenciones de expandir alguno de estos cuentos en una novela larga o planeás seguir explorando la crónica periodística ficcionalizada?

A.A. —Estoy escribiendo una novela que se llama El cuarto de los murciélagos.

 

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