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Tu atención tiene dueño

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Por Bruno Negri.

«La abundancia de información crea pobreza de atención».
—Herbert A. Simon, Designing Organizations for an Information-Rich World (1971).

Desbloqueás el teléfono y no sabés para qué. Habías venido a buscar algo. Una dirección, un mensaje, la hora. Diez minutos después estás viendo cómo una persona que no conocés organiza la heladera. La dirección sigue sin aparecer. Ahora sabés dónde conviene guardar los pepinos.

La escena tiene algo de comedia y bastante de rutina. El teléfono ya puede quedarse quieto. Lo levantamos solos. A veces esperamos una respuesta; otras, comprobamos si apareció alguna razón para haberlo levantado. Somos capaces de interrumpirnos preventivamente.

Después decimos que nos cuesta concentrarnos, como si hubiéramos descubierto una falla privada. Compramos una agenda, descargamos una aplicación para administrar el tiempo y miramos videos sobre cómo dejar de mirar videos. La solución conserva una familiaridad sospechosa con el problema.

La atención se presenta como una propiedad personal que deberíamos aprender a gestionar. Alrededor de esa capacidad hay empresas interesadas en convocarla, medirla y retenerla. En los servicios financiados con publicidad, nuestra permanencia ofrece oportunidades de mostrar anuncios. El tiempo que para nosotros desaparece entre publicaciones tiene un lugar en una cuenta comercial.

Para nosotros era un rato libre.

Esa diferencia ayuda a entender por qué cuesta tanto terminar. Un libro tiene una última página. Una película, créditos. Una conversación puede agotarse y dejarnos en silencio. En una pantalla suele haber algo más dispuesto a comenzar. El siguiente video arranca y continuar requiere menos esfuerzo que decidir.

Cada publicación puede aburrirnos. La promesa de que la próxima será mejor tiene mucha más resistencia.

Y conviene admitir que a veces cumple. Encontramos una canción, una lectura, una persona, una explicación que necesitábamos. Esa mezcla vuelve eficaz la experiencia. Entre lo que nos importa aparece lo que apenas nos ocupa, y distinguirlo exige una decisión que debemos repetir demasiadas veces.

También llevamos nuestros propios motivos. Queremos enterarnos, distraernos, evitar una tarea, comprobar que seguimos siendo tenidos en cuenta. Una notificación puede contener un trabajo, una urgencia o el nombre de alguien que esperamos. El mismo aparato reúne obligaciones, afectos y entretenimiento. Separarlos parece sencillo hasta que intentamos hacerlo.

La imagen de un usuario inocente, secuestrado por una máquina perversa, nos permite conservar una opinión demasiado buena de nosotros mismos. Participamos. Publicamos algo y volvemos a comprobar su recepción. Dejamos un comentario y esperamos la respuesta. Nos irrita una discusión y regresamos para verificar cuánto más puede irritarnos. Conocemos esas pequeñas recompensas. También sabemos buscarlas.

El costo aparece después, repartido en momentos difíciles de contabilizar. Una página que debemos empezar otra vez. Una conversación de la que escuchamos apenas lo suficiente para contestar. Una película que recordamos haber visto, aunque no podríamos reconstruirla. Estuvimos ahí y en varias partes más. Ninguna recibió demasiado.

A quienes tenemos cierta edad nos gusta atribuir el problema a los jóvenes. Es una forma elegante de mirar el teléfono mientras nos quejamos de que los chicos miran el teléfono. Ellos tuvieron menos oportunidades de conocer una vida sin esa disponibilidad permanente. Nosotros conservamos el recuerdo y tampoco sabemos muy bien qué hacer con él.

En el trabajo, estar localizable puede confundirse con estar trabajando. Una respuesta rápida ofrece una prueba visible de actividad. Pensar durante una hora, leer con cuidado o resolver algo complejo deja menos señales inmediatas. Así aprendemos a demostrar presencia mediante interrupciones que dificultan la tarea por la cual debíamos estar presentes.

La atención queda dividida entre lo que hacemos y la necesidad de mostrar que seguimos disponibles.

Ese hábito también puede trasladarse a lo que esperamos de las cosas. Una lectura tiene que interesarnos enseguida. Una clase debe renovar el estímulo. Una conversación atraviesa un momento lento y aparece la tentación de consultar algo. La demora empieza a parecernos un defecto.

Hay ideas que al principio resultan confusas. Hay personas que tardan en decir lo que les pasa. Hay obras que durante un rato parecen no ofrecernos nada. Comprenderlas exige permanecer sin una recompensa inmediata. Ahora llevamos en el bolsillo una alternativa inagotable y conocemos de memoria el gesto que nos permite abandonar.

Hasta el descanso recibe tareas. Terminamos una jornada de pantallas y buscamos otra secuencia para aflojar. Puede divertirnos, por supuesto. Pero también conocemos esa sensación de haber pasado una hora distraídos y salir más cansados. El tiempo transcurrió; el descanso quedó pendiente.

Recuperar algún margen exige introducir obstáculos pequeños: alejar el teléfono durante una lectura, desactivar avisos que nunca fueron urgentes, acordar tiempos de respuesta en el trabajo. Dejar que una conversación tenga una pausa. Soportar unos minutos sin comprobar qué ocurrió en otra parte.

La voluntad individual tiene límites. Las condiciones laborales y las decisiones de diseño también organizan nuestra disponibilidad. Pedir concentración mientras se exige una respuesta permanente es una contradicción que ninguna aplicación de bienestar va a resolver.

Podemos dedicar la atención recuperada a leer, conversar o mirar por la ventana. También a perder el tiempo de una manera elegida. Convertir cada minuto liberado en una obligación productiva sería una forma bastante triste de recuperarlo.

El dueño del título no es una sola empresa. Hay empleadores, anunciantes, plataformas y expectativas ajenas disputándose el derecho a interrumpirnos. Nosotros facilitamos el acceso por necesidad, por placer y por costumbre. La disputa sigue abierta, aunque a veces actuemos como si ya estuviera resuelta.

La próxima vez que desbloqueemos el teléfono sin saber para qué, tal vez alcancemos a detener el gesto.

Del otro lado siempre habrá algo esperando.

De este lado también había una vida.

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