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Serie Usted está aquí

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Por Hugo Robles Lama.

En el umbral

La tentación de toda serie es la ilusión del bucle. Reflotar fragmentos de otras columnas, convocar viejas obsesiones, hacer regresar ciertas imágenes bajo una forma apenas modificada. No porque el pensamiento sea circular, sino porque algunos temas se resisten a desaparecer. Permanecen en estado latente, suspendidos en algún lugar entre la memoria y el olvido, esperando la ocasión propicia para reaparecer. Quizás por eso vuelvo una vez más a Charly García, a Eleanor Rigby y a esa geografía incierta donde las cosas no terminan de irse ni de quedarse.

Toda serie construye, tarde o temprano, su propio sistema de ecos. Las mismas preguntas regresan con otro rostro. Los mismos personajes vuelven a cruzarse en el camino. Los mismos símbolos insisten desde los márgenes. Lo que parecía una digresión termina revelándose como una persistencia. Lo que creíamos abandonado reaparece bajo una luz distinta. Hay algo profundamente liminal en ese movimiento. Cada retorno es también una transformación.

Hay canciones que narran acontecimientos y canciones que construyen estados de conciencia. Los Dinosaurios, de Charly García, pertenece a esta última especie. Más que una canción sobre la desaparición, es una canción sobre el umbral de la desaparición. Sobre ese instante suspendido en que alguien todavía está aquí y ya comienza su migración hacia el lindero. No es casual que siga produciendo inquietud más de cuatro décadas después de su creación. Su tema no es el pasado. Su materia es lo liminal.

Tal vez el propio acto de regresar sobre ciertos asuntos participe de esa lógica. Porque lo liminal no es solamente una condición de los personajes y de las historias. También puede ser una condición de la memoria. Hay ideas que nunca concluyen del todo. Permanecen en tránsito. Habitan el intervalo entre una reflexión ya formulada y otra que todavía no encuentra sus palabras. Son presencias que se niegan a quedar archivadas.

La palabra viene del latín limen: umbral. En antropología designa la etapa intermedia de los rituales de paso, ese momento ambiguo en el que una persona abandona una identidad pero todavía no adquiere otra. No pertenece al punto de partida ni al de llegada. Habita una frontera.

Y quizás sea precisamente esa condición fronteriza la que explica la persistencia de ciertas obras en nuestra imaginación. Algunas canciones, algunas novelas y algunos personajes parecen existir en un estado de suspensión permanente. Nunca terminan de instalarse en el pasado. Nunca terminan de convertirse en presente. Vuelven una y otra vez, reclamando nuevas lecturas. Como si también ellos estuvieran atrapados en un umbral.

Toda la letra de Charly ocurre en esa frontera.

Lo liminal es precisamente eso: una espera cargada de amenaza. Por extraño que parezca, esa misma materia narrativa atraviesa “La misteriosa muerte de Eleanor Rigby”, de Hugo Burel. La novela parte de una investigación obsesiva sobre la mujer inmortalizada por Lennon y McCartney, pero a medida que avanza va transformándose en otra cosa. En lugar de acercarnos a una certeza, nos instala en una serie de zonas ambiguas. ¿Fue Eleanor una persona real? ¿Es un personaje ficticio? ¿Es una construcción cultural? ¿Un fantasma literario? ¿Una presencia que sigue desplazándose entre distintas épocas? Burel entiende algo fundamental: Eleanor Rigby es una criatura liminal. Habita entre la existencia y la ficción. Entre la biografía y el mito. Entre la canción y el mundo. Mientras los investigadores intentan fijarla en un relato estable, ella se les escapa una y otra vez. Como todos los espectros importantes, existe precisamente porque no termina de existir. La canción de los Beatles ya sugería esa condición fronteriza. Eleanor recoge arroz después de las bodas. No participa de la celebración. Tampoco está completamente fuera de ella. Habita el residuo del rito. Vive en la periferia de la vida social, observando cómo los demás atraviesan ceremonias que parecen vedadas para ella. Ese detalle es fundamental.

Victor Turner, uno de los principales teóricos de la liminalidad, observó que los sujetos liminales suelen ocupar posiciones ambiguas dentro de las estructuras sociales. Son individuos que permanecen entre categorías reconocibles. Eleanor es exactamente eso. No es esposa ni monja. No es madre ni amante. No pertenece al centro de la comunidad ni se encuentra completamente excluida de ella. Es una figura suspendida.

Los desaparecidos de Charly también. Porque la desaparición forzada constituye probablemente una de las experiencias liminales más brutales de la historia moderna. La muerte tiene rituales. El duelo tiene espacios. Los cementerios, las lápidas y los funerales permiten organizar simbólicamente una ausencia. La desaparición, en cambio, destruye esas referencias. El desaparecido queda atrapado entre la presencia y la ausencia, entre la memoria y el olvido, entre la vida y la muerte. Ni vivo. Ni muerto. Ni completamente aquí. Ni completamente allá. La dictadura produjo miles de cuerpos liminales. Charly comprendió esa condición mejor que nadie. Por eso evita nombrar directamente el destino final. La canción permanece detenida en ese corredor de incertidumbre donde todavía es posible esperar un regreso.

En la novela de Burel ocurre algo parecido. Eleanor aparece como una presencia residual que se niega a desaparecer por completo. Como las grandes figuras de la cultura popular, vive en un espacio intermedio. No pertenece al presente pero tampoco al pasado. Cada nueva generación vuelve a preguntarse quién fue. Cada lector la resucita. Cada escucha vuelve a verla recogiendo arroz en una iglesia vacía. Las iglesias, por cierto, son espacios esencialmente liminales. No son únicamente edificios religiosos. Son puntos de transición. Allí se bautiza, se casa y se despide a los muertos. Son lugares donde una identidad concluye y otra comienza. El nacimiento simbólico, la unión matrimonial y la muerte coexisten en el mismo recinto. No sorprende entonces que Eleanor habite ese escenario. Tampoco sorprende que la canción de Charly esté poblada por otras fronteras. El aire. La calle. La noche del sábado. La cama donde imagina a los dinosaurios. Nada es casual. Los personajes están constantemente cruzando umbrales. Los que están en el aire pueden desaparecer en el aire. Los que están en la calle pueden desaparecer en la calle. El espacio cotidiano deja de ser estable y se transforma en territorio de tránsito. La realidad se vuelve porosa. Las categorías ya no funcionan. Y entonces aparecen los dinosaurios. Durante años se discutió quiénes eran exactamente esos dinosaurios. Los militares. El autoritarismo. El poder. La violencia institucional. Quizás todo eso sea cierto. Pero, escuchada hoy, la imagen contiene otra dimensión. Los dinosaurios representan la ilusión de permanencia. Son las criaturas que parecían destinadas a durar para siempre. La certeza. La estabilidad. La estructura. El orden inmutable. Por eso el verso decisivo de la canción no es aquel que habla de los desaparecidos, sino el que anuncia el final de los dinosaurios. Ellos también van a desaparecer. También ellos ingresarán en el territorio liminal. También ellos deberán atravesar el umbral. Es un recordatorio profundamente democrático: nada permanece. Ni las víctimas, ni los verdugos. Ni los mitos, ni las instituciones. Ni siquiera aquello que parece eterno. Burel construye toda su novela alrededor de esa intuición. La investigación sobre Eleanor Rigby no produce una respuesta definitiva porque las respuestas definitivas pertenecen al mundo de los dinosaurios. Lo que encuentra es algo mucho más interesante: una constelación de huellas, ecos y presencias parciales. La verdad aparece como un pasillo. Nunca como una habitación. Y tal vez allí resida el punto de contacto más profundo entre la novela y la canción. Ambas entienden que la experiencia humana ocurre menos en los lugares estables que en las transiciones. Somos quienes creemos ser sólo durante breves momentos. El resto del tiempo estamos cruzando puertas. Entre la infancia y la adultez. Entre el amor y el abandono. Entre la memoria y el olvido. Entre la vida y la muerte. Entre una canción que termina y el silencio que viene después. Quizás por eso las historias que más nos persiguen no son aquellas que ofrecen certezas sino las que nos dejan suspendidos frente a una puerta entreabierta. Eleanor Rigby sigue caminando por ese pasillo. Los amigos del barrio siguen pudiendo desaparecer. Los dinosaurios siguen esperando su turno. Y nosotros también. Porque, como descubren finalmente las columnas de Usted está aquí, en ese extraordinario cierre de temporada donde el mapa termina revelándose indistinguible del territorio, el verdadero misterio nunca consistió en averiguar dónde estamos. La pregunta decisiva era otra: en qué umbral permanecemos detenidos sin advertirlo. Quizás toda existencia sea precisamente eso. Un cartel luminoso en medio de la penumbra que insiste, una y otra vez, con la misma frase inquietante de puro tránsito: usted está aquí, justo en el instante en que ya está comenzando a estar en otra parte.

 

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