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Notas sobre el bullying (y la guitarra de Eric Clapton)

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Por Ignacio Adanero.

La guitarra de Eric Clapton siempre tuvo el amable coraje de permitir que las manos del artista llegaran hasta las partes más bajas y agudas del mástil de madera pulida, con bobinas simples y corte en V de Stratocaster, contrastando siempre con alguna camisa o franela de manga larga cosida en punta, cerrada justo antes de que los cinco dedos del Sr. punteen los acordes de un viejo amor ahora convertido en melodía transhistórica. Desde niño, escuchar a Clapton me hacía pensar en la locura de obsesionarse con las pausas, en esa tara de detenerse irremediablemente en los ritmos dispares y coríferos de la vida, o, cuando no, en preguntarse qué tan prolijo puede desenvolverse el tiempo si uno clava demasiado los ojos en el padre ausente o en el recuerdo del hijo caído. Para mí, Clapton estaba totalmente loco desde que lo escuché por primera vez en los acordes de Blow Up y desde que sus melodías llegaron a mi oído para no poder soportar cómo un tipo se aferraba tanto a una estructura de madera larga y fina, sobrellevando una belleza de cuerdas imprudentes pari passu con un bajo como el de Nathan East o un teclado como el de Chuck Leavell. Curiosamente, “loco” fue el primer epíteto que me propinaron mis enemigos ancestrales, esos a quienes hoy les declaro una guerra sin cuartel y que conservaré para toda la vida, explicitándoles abiertamente mi venganza y comunicándoles el carácter público que asumirá mi batalla. Seguramente ellos no están interesados en el asunto, y de hecho soslayen que el ejército del cual se compone mi bando —heterogéneo y renovable— cuenta con miles y miles de aliados desperdigados por el universo, y son esos a quienes no llaman locos, pero reciben en cambio otras calificaciones. Mi declaración, cuanto menos, los impele a un silencio de respeto. Si están interesados (o no) en mi fanatismo por Clapton, me tiene sin cuidado.

Recuerdo la primera vez que mi padre me lo dijo. Me llamó loco desde la punta de la mesa, me lo dijo al pasar. Me lo dijo como un chiste, como quien dice algo con humor a su hijo para que este revise sus aseveraciones o rebata sus ideas y proyectos. Sobre todo, me lo dijo para entender que el camino “no es por ahí” y que, sobre todo, es importante cuidar las formas o moderar el contenido de los deseos: ni las unas ni los otros conllevan tales grados de pasión u obsesión pasibles de ocuparnos toda la vida. Recuerdo que esa fue la primera sensación de la palabra inundándome por dentro, y seguramente las intenciones de mi padre fueron las mejores. El tema fue el despliegue del tiempo y, en especial, la extraña sorpresa de escucharla en boca de desconocidos. Empecé a notar que ese no era el mismo estigma que le dirigían a mis hermanos o a mis compañeros del colegio, y cuando trataba de asirlo conceptualmente me llamaba la atención observar que su naturaleza no era del todo —o no en absoluto— similar a la del pelotudo o la del boludo. Tampoco se trataba de las mismas connotaciones que recibía el gordo o la fea del curso, mucho menos la enana orejuda o aquel narigón del cual todos se burlaban remarcándole una falta. El hecho es que la categoría escapaba a todo esto, y estoy seguro de que esa incomprensión me hacía empatizar con muchos compañeros que también eran excluidos de los juegos. Por un tiempo temí otras derivas del significante: me preocupaba ser sinónimo del pajero o del delincuente, más aún, del degenerado o del pervertido sobre el cual uno tenía que alejarse en razón de sus movimientos extraños e inadecuados. Las manos de Clapton me aportaban una prueba cabal de que los terrenos adonde podían llegar los dedos de un loco eran estimablemente peligrosos, pero lo cierto es que ese miedo se fue disipando y, en un salto paradojal, pasé a creer ilusamente que ser loco me habilitaba a parecerme a esos que la rompían toda en la guitarra o actuaban de maravillas en alguna película. Entré a la adolescencia y, bajo ciertas circunstancias que hoy no recuerdo, percibí con sorpresa cómo se surcaba un sinuoso camino que a la larga me ponía también en el mismo lugar de sospechoso que el gordo, la enana o la fea. Llegó un tiempo en que comencé a desconfiar de mis propias manos, de mis propias perspectivas. Aún hoy lo hago, cuando miro con recelo mis propias aseveraciones y, de paso, mis dedos, esos que tengo gastados de tanto hurgar los doscientos libros que no puedo soltar de día ni de noche.

La cosa se puso un poco más compleja el día que una amiga me lo dijo. Me lo dijo con distancia. Fue cuando no supe si devendría una ruptura, una reconciliación o un abrazo tajante. Fue cuando sentí una curiosidad profunda por la etimología del término y fueron los días en que me puse a meditar por qué la palabra no posee un parámetro legible y universal como sí lo hacen los otros estigmas: si la gordura o la anchura de la nariz tienen un parámetro claro (aunque falso) contra el cual medirse o adonde ir, el loco no tiene un parámetro unívocamente modélico de la normalidad ni tampoco una serie de caminos abiertos para salir del estado. No tiene un punto de referencia nítido de la carencia. En ello tiene una coincidencia paratáctica con el tonto, dado que uno y otro parecen afectados por una especie de malformación mental o de carácter (espiritual, si se quiere). Y aunque el tonto puede volverse loco y así complejizar la naturaleza primaria del asunto, es menos probable que el loco se vuelva tonto o empiece a mostrar grados de infantilismo mental. Más bien, la locura se asocia a cierto grado de inteligencia de la cual carece el tonto: es loco pero no boludo, repite el saber popular, y eso lo sabemos por doquier, dado que el loco suele ser un genio de la crueldad y no tanto un sujeto de noble corazón, suele ser un genio de la creación (como Clapton) y no tanto un predicador vacío. En algún punto es quimérico: puede ser un ladrón magnánimo, ideólogo de un contraataque; asesino a sangre fría.

Este es el punto donde comienzan los problemas, porque la dolencia del loco es como una afectación invertida. Si el bullying de la infancia tiene la peculiar potencia de convertir tautológicamente lo que designa (hace gordo a los gordos, hace feo a los feos), la palabra loco va minando al sujeto por caminos imperceptibles y lo despierta repentinamente de un momento al otro. Hamlet debió aguardar a que el fantasma de su padre lo visite una noche de humedad en las afueras de Elsinor, Don Hidalgo de la Mancha debió aguardar a su vejez para que se disparen las fantasías del caballero restaurador antiburgués, Julien Sorel debió leer una carta tardía para develar quién era la mujer que arrancaba sus pensamientos antes de optar por el suicidio homicida. Todos ellos habían sido objeto de sospechas en su entorno. Todos ellos arrastraban una sombra peligrosa que iba preformando sus posiciones, pero no fue sino hasta alguna sucesión accidental del acontecimiento político-subjetivo que dieron el salto definitivo ratificando los dimes y diretes que pesaban desde antaño. El estigma, así, se consagra en la adultez de los protagonistas, estableciendo una diferencia sustancial con el tipo clásico del bullying: si el temprano terreno prohibido del gordo era desnudarse en la pileta (como el de la narigona lo fue siempre enfrentarse al juego de la seducción), el terreno tabú del loco pasa a ser tardíamente el espacio íntimo del amor, la amistad o la confianza de los otros. Un elemento más, y para nada desdeñable, es que el loco constituye un peligro para el espacio político.

Después de escucharlo dos veces y, a medida que me vine más grande, Husserl me hizo repensar esta hipótesis, y dio en la tecla cuando arguyó filosóficamente que todo acto de subjetivación implica cierto salto de locura como condición de una (nueva) asunción identitaria. Durante el tiempo en que se minaba mi confianza —en especial durante esa larga etapa que llamamos adolescencia, donde uno no posee los puntales firmes para solidificar algún tipo de identidad, aunque sea tenue— vi cómo gordos, tontos, feas y narigones se iban convirtiendo en mis aliados, en una especie de subgrupo al cual yo pertenecía de modo incómodo dentro del sub-, pero al fin y al cabo pertenecía. Era llamativo el silencio, pero enseguida me di cuenta de que ellos no se burlaban de mí, no decían nada sobre ese raro y empecinado acto de leer que mostraba desde niño. La guitarra de Clapton vino después, y si leer vorazmente era ya una acción a contracorriente, escuchar a Clapton me exponía al centro de los dardos gerontofóbicos. Tampoco decían nada y, en silencio, eran una especie de partenaires del dolor reprimido, porque la expansión del bullying tiene esa peculiar cualidad de callar a los testigos del subgrupo. A cada segundo eran más aliados que antes, y si bien el epíteto se debía poco a mis características físicas, los dos bandos del mismo ejército sabíamos cómo funcionaba eso del menosprecio y la denigración.

Estos días pensé en la última vez que me dijeron loco, la tercera. Vino con desprecio, y vino de parte de la mujer amada. También vino con una curiosidad más, entre la larga cadena de detalles e inasibilidades que tiene el concepto. No se habló de estar loco, sino de estar medio loco, con lo cual reabrimos la dimensión del medio o de la mitad con la que suele acompañarse el epíteto. Supongo que hablar de medio loco es un modo perverso de dosificar el daño o edulcorar la distancia con la certeza, la pasión y el determinismo que muestran los locos. Cervantes fue muy claro en este punto, sobre todo cuando mostró que subestimar el medio —máxime en el ejemplo del Sancho gobernador— puede llevar a una inversión de los roles entre locos y normales. La cosa se pone irrisoria, porque la partición del calificativo no deja de ser otra diferencia más si la comparamos con los otros estigmas (nadie acusa a otro de medio narigón o medio gordo). Todo ello revela la vaguedad y, por ende, el potencial dañino del adjetivo. Es cuando aparece la trampa mortal, dado que sobreestimar esa vaguedad implica soslayar los efectos impactantes que tiene en la autoestima del destinatario: intensifica sus dudas, mella su identidad, desarma la confianza de las pasiones.

Por suerte, Clapton fue una temprana víctima de todo esto, y cuando se hizo grande y no lo vi elegir la Stratocaster sino la Martin 000 para rasgar con la mano derecha mientras la izquierda le queda detenida a mitad del mástil, asumí con felicidad que estaba totalmente loco. Siempre me dio la pausa y el tiempo justo para revisar lo dicho por la historia. Atrás están sus coros suaves, y de a poco pierde la cabeza: se le van los ojos y se le va la boca, como quien está padeciendo alguna pérdida o alcanzando el ideal más perseguido, ese que le deshace la conciencia en el sonido virtuoso de la guitarra. Nunca tuve el honor de conocerlo, pero me gustaría darle las gracias por su locura y decirle que somos miles. Casualmente, tiene una canción que se llama Los ojos de mi padre, donde pide aguardar la lluvia sanadora que le restaure el alma otra vez, donde dice ver la semilla mientras el corazón se empieza a desbordar, donde dice que sus cimientos estaban hechos de arcilla. Elegí servirme de él… no vaya a ser que se desate una guerra. Lo tomé porque había que tener un aliado a la vanguardia. Lo tomé, seguramente, para no tomarse tan en serio las palabras de papá.

 

2 COMENTARIOS

  1. Con 16 años mis compañeros del colegio me hacían burla porque no tocaba las canciones de moda. En esa época era Noviembre sin Ti la cancion emblema.
    En una juntada agarré una criolla, de esas que andan en las casas, y toqué Old Love.
    Nunca más me hicieron burla. De hecho uno de mis compañeros se compró el unplugged.
    Gracias!

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