InicioPensamiento Contemporáneo¿Por qué a nadie le importa el Mundial?

¿Por qué a nadie le importa el Mundial?

Publicado el

Por Rodrigo Fernando Soriano.

Para el día de la publicación de esta columna ya se habrán jugado cuatro partidos de la Copa Mundial de Fútbol organizada por la FIFA. Hasta no hace mucho este evento era, sin temor a equivocarme, el mayor acontecimiento deportivo del planeta. Mucho más que las Olimpiadas. Mucho más. Argentina participará como la defensora del título, algo que no pasaba desde 1990 en Italia. Mi edad. Será el último de nuestro astro Lionel Messi, quien -según los indicios que fue dejando- anunciará su retiro al menos de la selección de fútbol una vez concluida la participación de nuestro país en el torneo. 

Sin embargo, ni aquí ni en gran parte del mundo parece importarle. ¿Por qué?

Sería demasiado fácil culpar a la economía. También sería cómodo transformar esta reflexión en una discusión política. Sin embargo, sospecho que lo que está ocurriendo es más profundo. Hay algo en nuestra relación con el tiempo, con la espera y con los acontecimientos colectivos que parece haber cambiado. El ritual, la ceremonia, el evento, la misa parecen haber perdido parte de su fuerza. Pocos soportan estar quieto. Muchos menos soportan situarse en un lugar preciso, por un tiempo indicado. La mayoría prefiere elegir el momento, a su gusto.

Por eso quisiera detenerme en una pregunta distinta: ¿qué ocurrió para que el Mundial, uno de los últimos grandes rituales de la humanidad, ya no despierte la misma emoción que supo generar durante décadas? Voy a tratar de explicarlo enunciando algunas tesis breves:

1. No se compite en un sólo país.

Cada mundial suponía un viaje imaginario hacia el país anfitrión. Los mundiales se llaman “México 86”, “Brasil 2014”, “Sudáfrica 2010”, “Francia 98”. Con tan solo nombrar al país y al año se sabe que nos referimos a un mundial de fútbol. El lenguaje en este sentido cobra especial relevancia en la identidad y la narrativa propia. 

Además, funcionaban como una ventana cultural. Durante un mes el planeta observaba una nación: sus costumbres, su arquitectura, su música, sus paisajes, sus comidas y hasta sus contradicciones. Había algo profundamente humano en esa experiencia. El fútbol servía como excusa para descubrir un rincón del mundo.

Hoy, más que un país, el Mundial parece responder a una infraestructura. Tres países, dieciséis ciudades, miles de kilómetros de distancia entre sedes, tres husos horarios diferentes. La sensación es que ya no existe una identidad anfitriona reconocible. El torneo parece organizado alrededor de una red logística más que de una cultura específica. 

La globalización transformó los lugares en nodos. Los aeropuertos se parecen entre sí. Los centros comerciales se parecen entre sí. Los hoteles se parecen entre sí. Las grandes ciudades comienzan a compartir una misma estética internacional. 

El francés Marc Augé los llama “no lugares”, que son sitios de tránsito que utilizamos, pero que difícilmente habitemos, aun simbólicamente en ellos. Este mundial no nos ofrece un espacio para habitar, antes bien, nos propone desplazarnos permanentemente. 

Y tal vez eso contribuya, aunque sea de manera inconsciente, a cierta falta de expectativa. Porque los seres humanos no nos emocionamos con infraestructuras. Nos emocionamos con relatos. Con símbolos. Con lugares concretos. Con la sensación de que durante un mes estaremos visitando un rincón específico del planeta. 

2. Los anfitriones no son países hospitalarios.

Aquí buena parte de la responsabilidad recae sobre los Estados Unidos. 

Durante un mes, las fronteras parecían relajarse. Hinchas de países enfrentados compartían bares. Idiomas distintos convivían en una misma tribuna. El torneo funcionaba como una especie de tregua simbólica. El Mundial era una competencia feroz dentro de la cancha, pero fuera de ella transmitía una idea sencilla: el mundo entero estaba invitado.

Sin embargo, las noticias sobre restricciones para entrar a EEUU abundan. Existen conflictos diplomáticos, controles migratorios cada más rígidos, y hasta excesivos, árbitros que son deportados. Y no es casualidad que todas estas selecciones perjudicadas son de origen musulmán o africanas. El caso más emblemático fue el del árbitro somalí Omar Artan, quien pese a contar con visa válida fue rechazado al intentar ingresar a Estados Unidos. También se registraron problemas para miembros de la delegación iraní y preocupaciones respecto del acceso de aficionados provenientes de países alcanzados por restricciones migratorias.

Hasta Catar en 2022 hizo un esfuerzo en relajar su cultura para recibir a turistas de todo el mundo. Parece que esta vez no será así. Quizás por eso este torneo genera una sensación extraña. Porque se desarrollará en medio de una época que desconfía de la idea misma de mundo. No es casual que la palabra «mundial» provenga precisamente de esa noción: el mundo reunido.

3. El Mundial dejó de ser una excepción.

Antes solíamos decir: “La vida es eso que pasa entre mundial y mundial”. Nuestro tiempo estaba marcado por los mundiales. Algo quedaba demasiado atrás si transcurría antes del mundial pasado. Por lo contrario, sentíamos que el tiempo se nos venía encima cuando el próximo estaba por comenzar. Hoy no pasa eso. 

Y es no es precisamente porque el fútbol haya perdido importancia. En realidad pasa lo contrario, consumimos mucho más fútbol que antes. Acaso allí radica el problema. Con tan solo entrar a TikTok sabemos que pasó en el partido de una segunda división en África. Cada vez resulta más difícil emocionarnos. Los futbolistas ya no aparecen de manera excepcional cada cuatro años. Son las mismas personas que vemos diariamente en reels, entrevistas, videojuegos, campañas publicitarias y documentales. La distancia que antes alimentaba el mito desapareció. 

Vivimos dentro de un flujo permanente de estímulos. Noticias, series, podcasts, videos cortos, inteligencia artificial, redes sociales, eventos deportivos, polémicas políticas y tendencias culturales compiten simultáneamente por nuestra atención. Nada permanece demasiado tiempo en el centro de la escena. Todo es reemplazado por algo nuevo antes de alcanzar a sedimentarse.

El filósofo Byung-Chul Han sostiene que la sociedad contemporánea ya no está dominada por la prohibición sino por el exceso. No sufrimos por la falta de información, sino por su abundancia. No vivimos una época de escasez de acontecimientos, sino una inflación permanente de acontecimientos. Y cuando todo pretende ser extraordinario, lo extraordinario desaparece. Es más emocionante una velada de boxeo, donde nadie es boxeador, que un mundial de fútbol.

Mientras se acerca el Mundial, seguimos consumiendo Champions League, Mundial de Clubes, ligas europeas, Copa Libertadores, streamers, y decenas de conversaciones paralelas. El Mundial ya no interrumpe el flujo. El Mundial es parte del flujo.

4. No hay héroes.

Todo Mundial necesita una historia, y toda historia necesita un protagonista. El fútbol siempre fue mucho más que veintidós personas corriendo detrás de una pelota. Es, antes que nada, una fábrica de relatos. Los partidos son importantes. Los héroes son inolvidables.

Como argentinos llevamos veinte años habitando una misma narrativa. En Alemania 2006 apareció la ilusión del joven prodigio que podía cambiar la historia. En Sudáfrica 2010 convivían dos mitos: Maradona en el banco y Messi en la cancha. En Brasil 2014 creímos que el destino estaba escribiendo una epopeya a pocos kilómetros de nuestra frontera. En Rusia 2018 nos aferramos a la última oportunidad. En Catar 2022 contemplamos la culminación de una historia que había comenzado casi dos décadas antes.

Esta vez ya no hay héroes. No solamente nacionales, sino tampoco internacionales. Toda época necesita figuras capaces de despertar admiración. No necesariamente por su talento, sino por aquello que representan. Pelé representaba la alegría. Maradona la rebeldía y la valentía criolla. Zidane la elegancia. Ronaldo el talento puro. Messi la perseverancia.

Hoy abundan las estrellas, pero escasean los héroes. Podríamos nombrar a Lamine Yamal o Michael Olise. Sin embargo, ni siquiera las grandes promesas parecen capaces de construir una narrativa universal que despierte adhesiones masivas más allá de su talento deportivo. Lo de afuera de la cancha es superficial, y hasta falso. No existe ninguna narrativa ni relato que acompañe a este Mundial. 

Quizás porque vivimos una época particularmente hostil para la construcción de figuras heroicas. Las redes sociales nos permiten observar cada gesto, cada contradicción y cada miseria de las personas famosas. Los héroes necesitan cierta distancia. Necesitan misterio. Necesitan zonas desconocidas sobre las cuales proyectar nuestros sueños. 

5. Las selecciones ya no representan a su pueblo.

Franklin Foer, periodista estadounidense, observó algo que hoy resulta especialmente interesante: mientras muchos suponían que la globalización terminaría por borrar las identidades locales, el fútbol produjo el efecto contrario. El apego a los clubes permitió conservar formas de pertenencia que, en cierta medida, actuaron como un freno frente a los grandes relatos nacionalistas. 

Por eso el club conserva una ventaja imposible de igualar para cualquier selección nacional ya que forma parte de la vida cotidiana. La selección aparece en momentos excepcionales. El club acompaña la existencia entera. Está en la infancia, en los amigos, en la familia y en la memoria. Quizás por eso, para muchos, una alegría de su equipo todavía vale más que una conquista nacional.

Ahora bien, en nuestro país este fenómeno escaló más allá. El bajo nivel de nuestro fútbol local provocó que los niños y adolescentes prefirieran ver el fútbol europeo. Y en la lógica de aquel continente, lo que importa, es el rendimiento y la estadística por sobre cualquier entrega o pasión por la camiseta. 

Un dato que agrava esta cuestión es que 289 futbolistas, es decir el 23% del total de jugadores que participan en el certamen, vestirán una camiseta distinta al país donde nacieron. Curazao por ejemplo, solamente tiene un nativo. En nuestra selección, dos no nacieron en Argentina. 

Los equipo no encarnan una experiencia compartida con el pueblo. Eduardo Galeano dijo alguna vez que el fútbol y la patria están siempre atados; y con frecuencia los políticos y los dictadores especulan con esos vínculos de identidad. Desde una perspectiva como esta, el uso político del fútbol se basa en la creación de una identidad colectiva signada por los sentidos de patriotismo y nacionalismo, transformando a las selecciones nacionales en factores identitarios.

Lo llamativo es que esa identidad hoy parece construirse desde el silencio. En ese sentido, Ángel Cappa sostuvo que muchos futbolistas carecen de una comprensión acabada de la realidad social que los rodea. Según el ex entrenador, cuando alcanzan niveles extraordinarios de riqueza suelen creer que han abandonado definitivamente el mundo del que provienen. «Piensan que saltaron de clase social y ya pertenecen a otra, pero es un engaño. Entonces piensan como el opresor y se ponen de su lado».

¿Qué ocurre cuando los principales ídolos populares dejan de dialogar con los problemas, las preocupaciones y los símbolos de la comunidad que los convirtió en ídolos? Porque el silencio nunca es completamente neutral. No necesariamente implica adhesión. Tampoco rechazo. Pero sí supone una forma de presencia. Una elección sobre qué merece ser dicho y qué no.

Quizás por eso la distancia entre la Selección y parte de la sociedad no se explique por cuestiones deportivas. La explicación podría encontrarse en otro lado: en la sensación de que los campeones del mundo ya no participan del mismo universo simbólico que quienes los observan desde la tribuna. 

Argentina transita una época atravesada por tensiones económicas, culturales y hasta existenciales. Estamos fragmentados y desencantados. Nada nos motiva. Sin embargo, quienes representan el principal símbolo deportivo del país parecen habitar una dimensión paralela, cuidadosamente administrada por agentes de marketing y publicidad. La selección argentina es un producto a vender, no un equipo que representa.

Maradona, ya campeón del mundo, repudiaba a la misma gente que lo veía jugar cada fin de semana cuando silbaron nuestro himno. En la calle defendía a los jubilados. Mucha razón tenía Sartre cuando planteaba que la libertad era una condena, porque hasta el silencio supone elegir. Los nuestros eligieron estrechar manos con sectores que no representan al pueblo argentino.

A pesar de todo, creo que el problema somos nosotros. Los “hinchas”. No logramos disfrutar un fútbol sin futbolistas. Porque alrededor de los protagonistas se construye una historia que deseamos creer. Un relato que no existe. 

Seguramente este artículo envejezca. Ojalá que lo haga mal. Basta un gol agónico para cambiar el relato. El fútbol tiene esa capacidad extraordinaria de derribar cualquier tipo de análisis. Porque la lógica es lo único que no tiene este deporte. 

El Mundial llegará. Las redes sociales explotarán. Los estadios se llenarán. Los sponsors harán su trabajo. Pero la pregunta seguirá siendo la misma: si todavía somos capaces de compartir una historia común. Porque quizás el problema no sea el Mundial. Quizás lo que se ha debilitado es nuestra capacidad de detenernos frente a un acontecimiento y permitir que nos transforme. Todo pasa. Todo circula. Todo se consume. Incluso aquello que alguna vez fue capaz de detener al mundo.

últimas noticas

La paradoja de las instituciones

Por José Mariano. "Las instituciones se petrifican cuando dejan de ser interrogadas." — Cornelius Castoriadis Las instituciones...

Cuando la verdad deja de actuar

Por Fernando Crivelli Posse. “No basta que la justicia se haga; es necesario que se...

La costumbre del absurdo

Por Enrico Colombres.  "La tolerancia llegará a tal nivel que las personas inteligentes tendrán prohibido...

La legalidad del cinismo

Por Fernando Pérez. La arquitectura institucional suele ofrecer, a quien sabe mirar en sus pliegues,...

Más noticias

La paradoja de las instituciones

Por José Mariano. "Las instituciones se petrifican cuando dejan de ser interrogadas." — Cornelius Castoriadis Las instituciones...

Cuando la verdad deja de actuar

Por Fernando Crivelli Posse. “No basta que la justicia se haga; es necesario que se...

La costumbre del absurdo

Por Enrico Colombres.  "La tolerancia llegará a tal nivel que las personas inteligentes tendrán prohibido...